jueves, 22 de octubre de 2009

La camara cruel y el linchamiento 'escritos mitimaes capitulo 7

LA CAMARA CRUEL Y EL LINCHAMIENTO


Que los programas de Cristina exploren zonas de vida y actuación marginales no para comprenderlos en su dinámica profunda sino para reforzar los valores de un centro cultural difuso, es algo que se tiene que señalar de entrada. Pero la intención de esta nota no es la de detenerse en la banalización televisiva, sino la de hacer un comentario a unas escenas de linchamiento, sacadas fuera de contexto de un país en guerra, que de hecho vive una intensa búsqueda chivos expiatorios, que son víctimas sacrificales de una compleja ritualización retórica de la violencia. Se trata del Perú. Los que vieron el programa de Cristina el lunes 30 de agosto de 1993, pueden corroborar los lineamientos generales de la historia. Hace un par de meses un técnico electricista fue a buscar una pieza a un barrio popular que no era el suyo. Esto coincidió con la violación de una niña de diez años, en un lugar en que este tipo de agresión contra la mujer y la delincuencia común son frecuentes. Los pobladores del lugar, cansados de este tipo de actos, y sabiendo que el aparato policial del estado no era eficiente, habían acordado un mes antes ajusticiar a la primera persona que cometiera un delito. Ante las quejas de la niña, la población identifica al electricista como culpable y lo empieza a golpear despiadadamente. Hay un creciente proceso de degradación física del hombre que poco a poco va siendo desnudado: la violencia trasciende el pudor que supuestamente debió evitar la violación. Para suerte de Juan Zavala, una periodista televisiva pasaba por ahí y, al ver un barullo descubre el evento y se pone a filmar por largo rato, dejando que la cámara se deje capturar por ese elemento fascinante de la violencia, por la irresistible estética del horror. Ya cuando la población ha tirado a Juan Zavala a un hoyo, lo ha cubierto de leña y no ha encontrado fuego para prenderle, es que Isabel Rengifo, la periodista en cuestión, recobra su humanidad y los valores de respeto a la vida que sustentan su nivel cotidiano, trasciende el círculo de la violencia, vence el miedo a enfrentarse a una multitud enardecida, y apoyándose en el poder y prestigio de la cámara y el status periodístico, decide oponerse a la ejecución de Juan Zavala. Siguen momentos tensos en que aparece un policía de civil que apoya a Isabel Rengifo y luego un grupo de policías de guardia se llevan a Juan Zavala a la comisaría y lo mantienen preso, suponiendo (sin prueba contundente), que el hombre es, en efecto, el violador. Una posterior declaración de la niña parece indicar como autor de la violación a otro chivo expiatorio por excelencia: un negro. Lo que sigue es ya típico de la absurda violencia que se vive en el país. Una vez más se enfrentan dos familias pobres -la de Zavala y la de la Niña- bajo la mediación de un estado débil y de una burocracia ineficiente, que en todo caso se convierte en un peso más para ellos. Ya disipado el fragor ritual del momento, los que participan en la paliza se niegan a declarar. En cierta forma todos pierden. ¿Pero es así realmente? Más alla del estado de perplejidad ante lo supuestamente “salvaje” o “irracional” sobre el cual se ha levantado el andamiaje del programa televisivo, es necesario reflexionar sobre el asunto por lo menos en tres niveles: a) el de la dinámica del sacrificio; b) el de los encuentros y desencuentros entre la justicia popular y la justicia formal en el Perú y; c) en el del voyerismo no sólo de la cámara sino del espectador general. Solo así podremos llegar a entender lenta y paulatinamente que el sacrificio, ese grado último de violencia que trasciende nuestros valores cotidianos y normales, parece ser una presencia recurrente de la condición humana. Mediante este el orden se refuerza al transgredirse. Lo que la población enardecida quiere es orden y paz, pero para ello tiene que llegar a un desorden límite: el linchamiento. El lenguaje de la civilidad del grupo requiere de su transgresión sacrifical, del caos. Es necesario un castigo, un escarmiento. El escarmiento requiere del chivo expiatorio. El chivo expiatorio permite proyectar las tensiones y agresiones del grupo que se va purificando mediante este acto de agresión, de la deshumanización de Juan Zavala a través de su desnudez y la deformación de su cuerpo. Por eso no es extraño que Juan Zavala no sea del lugar, como tampoco es extraño que nadie quiera testificar. Ya el escarmiento ha sido planteado claramente. Y la cámara ha sido aceptada como un recurso aleccionador del castigo. Además, hay una comunicación extraña entre Juan Zavala y sus victimarios: en medio de los golpes dice ser culpable, pero luego cambia de testimonio en la cárcel. Es el resultado de la tortura: la víctima es forzada a estar de acuerdo con la racionalidad del victimario. Este ya esta exento de toda culpa, su causa es justa, viene de un orden que se magnifica. Le toca entonces a una persona extraña al lugar romper la fascinación y salvar no sólo a Juan Zavala sino a todos los demás. Este tipo de actos se han sucedido a lo largo y ancho del mundo y en el Perú su recurrencia en los últimos años es cabalgante. Solo basta recordar que estamos en un país de un nivel de crisis y violencia muy agudos. Al margen del tradicional análisis puramente político de hechos como éste, es conveniente revisar los trabajos de Gonzalo Portocarrero y de Georges Bataille -sobre las mentalidades populares y la relación entre el erotismo y la muerte respectivamente - 1 para entender mejor nuestro rechazo y a la vez necesidad de la violencia. La crisis estructural, las pobreza, las privaciones de la vida cotidiana, han convertido al Perú en caldo de cultivo de este tipo de actos. Pero suponer que ellos suceden simplemente como consecuencia de los juicios populares, del vigilantismo de los ronderos, del aumento de la delincuencia y una general degradación de la mujer y de la sexualidad, sería un error de enfoque. Los linchamientos y las hogueras tienen precedentes en todas partes. No son zonas de comportamiento “socialmente desviado”, exclusivas del Perú o de un país en “desarrollo”. Para darse cuenta de esto basta recordar cómo el orden sacrifica al antiorden mediante el fuego en Waco, Texas. No están muy lejos las épocas en que se quemaba a la gente por tener conocimiento, por ser mujer, o por no seguir una que otra ortodoxia. La historia está llena de órdenes religiosos, políticos y culturales, que se han erigido a través del sacrificio del “otro”, para luego ser trascendidos por el tiempo, porque los pistacos no duran siempre, así se vistan de hadas madrinas. Pero no sólo vemos el sacrificio en los órdenes mundanos: los niveles religiosos también requieren de sacrificios y ofrendas. Podríamos decir que la ofrenda representa el lado diáfano de lo que le toca a los humanos en su juego de reciprocidades con los dioses. Lo poco que sabemos de las tradiciones de la llaqta es que una serie bien estructurada -por medio de mitos y ritos- de ofrendas permitía que los dioses aseguraran el equilibrio social, cósmico, espiritual y corporal de los humanos. El orden y la armonía eran una preocupación suprema. Pero ese orden requería que en ciertas ocasiones las ofrendas se tornaran en sacrificios y apelaba además a los castigos más crueles en situaciones de adulterio o delincuencia. Es posible, entonces, que dentro de la comunidad, el ajusticiamiento popular sea una larga tradición. En la misma tradición cristiana, hay un hilo de continuidad entre la ofrenda y los sacrificios; pues estos están presentes ya sea en la liturgia, en la negación del cuerpo por parte de los santos, en la negación de la sexualidad, en el sacerdocio o, en la eliminación o reducción del cuerpo del otro, en casos en que los seres humanos cayeran en los confines de la metáfora del diablo. No hemos inventado los linchamientos. Pero lo que no me queda claro es, ¿a qué tipo de orden sirven esas ritualizaciones periódicas de la violencia en el país? ¿Es que hay una serie de órdenes paralelos que requieren de sus víctimas sacrificales para perpetuarse: el del partido, el del barrio, el de la ronda, el del aparato militar, el de la región, etc.? Y si es así, ¿cuál es el elemento cohesivo de todos estos niveles?, ¿se trata del estado?. Me atrevo a pensar que cuando la “normalidad” que debe ser reforzada contiene demasiados elementos de desorden y polución, éstos le quitan la capacidad regeneradora a la violencia -y al caos- y la convierten en retórica. La ritualizan inútilmente. Y no importa la deshumanización de cientos o miles de personas. Tal vez ésta sea una de las más grandes tragedias del país: no saber a dónde nos llevan los sacrificios de estos años, e insistir en ellos. Pero volviendo a un plano menos vago; existe un claro desfase entre el castigo de la llamada justicia popular y el aparato judicial del estado. Son dos órdenes de legalidad y justicia yuxtapuestos y el primero se sujeta al segundo sólo por una cuestión de magnitud de poder, y no por una clara internacionalización de los valores legales del estado o de la constitución, valores que dicho sea de paso, son negados a cada rato: “para los pobres no hay justicia” dice la madre de la niña. Entonces, la pregunta central recae sobre los límites de esta justicia popular y sobre la forma en que el aparato estatal la subsume 2. Es decir, si Juan Zavala es culpable, ¿era justo que lo quemaran vivo?. Y, ¿qué diferencia hay entre un barrio que aplica la pena capital y el estado o el partido que hacen lo mismo?. La opinión superficial del abogado de Juan Zavala en el programa de Cristina sostiene que la razón que mueve a los pobladores al ajusticiamiento es su “ignorancia” y su frustración con el aparato estatal. Sostiene además, que estas cosas deben ser juzgadas por los canales pertinentes. ¿Quiere decir que la tradición legal peruana, heredera colonial del iluminismo europeo, es incuestionablemente superior al derecho consuetudinario popular?. Una violencia de negaciones media el desfase entre lo popular y lo estatal, entre sus racionalidades. Personalmente no estoy de acuerdo con ningún tipo de pena de muerte, y me preocupa este tipo de aseveración, habida cuenta que como van las cosas, no veo cómo la sociedad puede sentirse horrorizada por los ajusticiamientos y las masacres, y apoyar al mismo tiempo la pena de muerte. Tal vez en el fondo todos somos más violentos de lo que queremos aceptar, y más pacíficos que lo que la violencia permite. Pero toda esta complejidad apenas aludida en estas páginas, ha sido reducida al nivel del espectáculo en el programa televisivo. ¿Que sentido tiene para los familiares de las víctimas -la familia de la niña y la de Juan Zavala- venir hasta Miami para ser entrevistadas superficialmente por Cristina?. No creo que su situación haya mejorado al regresar, y en todo caso el suyo es un precio muy alto para estar presente en un programa famoso. Aquí se hace evidente el canibalismo de cierto tipo de periodismo, aquel que se nutre de las desgracias de la condición humana para venderlos unidimensionalmente a un público que se quiere unidimensional. Vemos entonces, a través de una serie de repeticiones, que el cuerpo es el objeto del deseo en la estética de la violencia. La degradación va en aumento a medida que se viola la niña, se intenta linchar a un hombre, y se empaca el linchamiento como una mercancía en el mercado del pasatiempo. Esta unidimensionalidad mercantil es terrible. Ahí los espectadores pueden ver el horror sin que los afecte directamente, con una distancia que no deja de ser cruel ya no por su presencia corporal sino precisamente por su ausencia, por su abstracción. La presencia corporal del integrante de la turba resulta ser más honesta que la del voyerista televisivo. Para este los humanos son datos, sus dramas son simples episodios de un programa que muy pronto pasará a tocar, como este viernes en la tarde, el tema del strip tease masculino, o la brujería, o cualquiera de los comportamientos marginales que bordean la “normalidad” transnacional de una cadena de televisión. El espectador ve el espectáculo banalizado de lo marginal, y en casos como éste, participa de una crueldad intrínseca, al igual que esta escritura cuya práctica reduce el drama humano a una simple linealidad, a una sintáxis limpia basada en la gramática de la civilidad, sin saber qué será de Juan Zavala, de la niña, de sus familiares, de los pobladores de aquel barrio divisado a lo lejos.

Harlem, 3 de septiembre de 1993

1 Pese a su origen francés, algunas de las ideas de George Bataille son útiles para entender la ritualización y estetización de la violencia y el sacrificio en el Perú. Reitero el cuidado que debe tenerse con las complacencias mentales de los franceses. A partir de la mutilación cartesiana, una serie de aparentes “rupturas” con los órdenes oficiales aseguran a los franceses un lugar privilegiado en la dinámica colonial de las ideas y las estéticas. Para los intelectuales colonizados este fascinamiento se convierte en una adicción que, precisamente por ubicar el centro de uno mismo, fuera de uno, en la metrópoli colonial, no permite sopesar cabalmente sus aportes. Demás está decir que este sopesamiento se plasma cuando uno supera la sujeción cognitiva a las supuestas vanguardias metropolitanas.

2 Recae también en la forma de superar la estética y la dialéctica del sacrificio en momentos en que su práctica lo convierte en una metáfora central y alienante.

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