“Jean–Paul Sartre: un siglo de libertad” (177 pp. 2022) de Stéphane Vinolo. Manuel Cuipa Chancahuaña
Manuel Cuipa Chancahuaña, fino intelectual aymarino, cuya capacidad de resumen ayuda a entender plenamente viejas lecturas, comparte su reseña de Stephane Vinolo sobre Sartre. Contentísimo de saber, por fin que Sartre no suscribía el determinismo psicoanalítico y también de qué se trataba al fenomenología. Todo en función de la libertad. Gracias Manuel. No todos los aymarinos somos opas.
Este es un interesantísimo texto que urga, de manera crítica y didáctica, la obra del filósofo francés Jean-Paul Sartre (1905 - 1980). Sartre que fue la pareja de la filósofa feminista Simone de Beauvoir y el mismísimo que rechazó el Premio Nobel de Literatura en 1964 por considerar una ofensa contra su libertad. Autor de bibliografía universal imprescindibles: La náusea (1937), El ser y la nada (1943), Crítica de la razón dialéctica (1960). A continuación, los cinco capítulos importantes que nos entrega el maestro Vinolo:
1. Fenomenología y existencialismo. La fenomenología es la corriente filosófica que replantea otra manera de aprehender la filosofía, al menos distinto a la tradición griega. A la pregunta ¿qué es?, o a la dicotomía del "ser" o "no ser" se apela y cuestiona, porque ese tipo de abordajes son la búsqueda de las causas y esencias, pretender dar definiciones fijas y categorías esencialistas. La fenomenología lo que hace es cambiar la pregunta de, ¿qué es?, por el, ¿cómo es?. Es decir, el "ser" por el "aparecer". Ya que el "ser" está vinculado con cierto tipo de esencias, cuando el "existir" tiene que ver más bien con el "aparecer". Allí la conexión de la fenomenología y el existencialismo: "el existir antecede al ser". Ejemplo. Nadie sabe qué es el amor, nadie puede definir de manera objetiva, pero todos sabemos que existe el amor: el amor existe sin ser. Por lo tanto, el amor no es una esencia sino un fenómeno (un aparecer).
2. La libertad como (no)fundamento del sujeto.
No hay ninguna esencia del ser humano. No hay ninguna causa ni hechos que los determinen de manera concreta y mecánica. Para Sartre es nuestra libertad radical (absoluta) la que construye nuestra "esencia" o el "ser" del sujeto, y estos lo forjamos según nuestras acciones. Las acciones son las nihilizaciones que sobre ese algo que "es" lo que "no es" o algo que "todavía no es" proyectamos. No hay otras excusas o simplemente son la "mala fe". Por lo tanto, la libertad radical y absoluta, implica —en Sartre— la responsabilidad absoluta.
3. Mi pasado y el psicoanálisis.
Según Sigmund Freud, el problema del pasado nos determinan y por ende limita nuestra libertad. Sartre no estará de acuerdo, porque Freud sigue siendo un metafísico de las causas y sus efectos. Demasiado naturalista y positivista. Tampoco existe el "inconsciente" y la censura de este, porque toda censura es consciente, es decir, “conoce el deseo que quiere censurar”; por lo tanto, la censura viene de la libertad consciente o más bien de un proceso de la “mala fe” (que significa saber, pero fingir que no se sabe). En resumen, ni el inconsciente ni el pasado son límites a la libertad. Todos los obstáculos (pasado, lenguaje, espacio, entorno, los otros, etc.) no son categorías objetivas ni absolutas que nos determinan, sino todo va a depender a la luz de nuestro proyecto; por ende, nuestra libertad.
Sartre en relación con el psicoanálisis de Freud, va tomar dos posturas: el desacuerdo con la "teoría analítica" (significaciones estructurales y universales) y a favor de la "práctica analítica" (significaciones individuales a luz de nuestro proyecto).
4. “Mala fe”, identidad, autenticidad.
Con el caso de la identidad hay dos problemas, según Sartre: I) la violencia de la identidad, es cuando nos etiquetan una identidad fija y esencia objetivada. Y darnos identidad siempre sirve al otro para diferenciarnos, para negarnos o para hacernos daño: "es un judío", "es un indígena", "es un rojo"... Más ejemplos, en nuestro medio: "las mujeres charapas son ardientes", "los negros solo piensan hasta mediodía", "los hombres son unos perros", etcétera. Todas esas identidades son formas de esencializar a otros y la negación violenta a la diferencia, que bloquean su libertad de los otros, puesto que la libertad es siempre la posibilidad de cambiar constantemente. II) la violencia de la no identidad, esto es negar también las diferencias, para ponernos a todos los seres humanos dentro de un bloque indiferenciado. Ejemplo, las mujeres son idénticas al hombre, es decir, individuos generales sin alguna identidad. Como las mujeres indígenas de la Amazonia peruana son exactamente a las vecinas "pitucas" de Miraflores - Lima, o que los zapatistas de México son idénticos a los alemanes de Frankfurt. Esto es pensar únicamente en un hombre universal, abstracto y despojado de todas sus categorías que lo vinculan con cierto tipo de identidad. Esto es lo mismo que decir: "aceptamos la identidad del otro, si esta identidad se reduce a lo que nosotros somos". En síntesis, nuestra identidad más bien es la suma de toda nuestras acciones (a la luz de nuestro proyecto) mediante la libertad, porque no hay una identidad fija, absoluta y objetiva.
5. El otro como infierno.
Hasta ahora hemos visto que todo el "aparecer" del mundo es según "nuestro" proyecto y nuestro "ser" se forja sin ninguna determinación previa, sino según la elección en libertad y nuestras acciones, todo hasta allí se parece un "solipsismo de (en) la libertad" en Sartre. Sin embargo, el autor de "El ser y la nada" no se queda ahí y nos confirma que nuestro proyecto no se da sobre un mundo totalmente neutro, totalmente virgen o unilateral, porque ya existen significaciones y sentidos de "otros" que aparecen en el mundo. Por lo tanto, nuestro proyecto coexiste con otros proyectos que significan al mundo a su manera. No habitamos solos el mundo —no vale aquí el "soy el mundo" de Wittgenstein—, porque hay otros en el mundo (sujetos y miradas otros, significaciones y proyectos otros). Ejemplo. ¿Podemos hacer el amor bajo la mirada de un gato? Pero con otra pregunta la cosa cambia, ¿podemos hacer el amor bajo la mirada de un vecino? Si las cosas cambian es porque hay un fenómeno específico: el otro, en este caso el vecino. Entonces, la sola presencia de "otros" cambia todo el mundo (nuestra significación), su mirada del otro cambia nuestra relación con el mundo.
Finalmente. Sartre es vigente cuando nos afirma que no tenemos esencias, no hay determinaciones, no hay causas que nos asignaron ni los dioses, destino, clases, estructuras, sexo, raza, lengua o cualquier otro, incluso la muerte. Por eso paradójicamente el existencialismo es una filosofía de la vida (incluso alegre), porque todos los obstáculos va depender según "cómo aparece" a la luz de nuestros proyectos (en relación, convivencia y dialéctica con otros proyectos). Y la "esencia" o el "ser" de uno es simplemente la suma de sus acciones: el “ser es hacer” el resto son excusas y "mala fe" nos diría Sartre. Así como recalca el mismo maestro Stéphane Vinolo: todo el existencialismo de Sartre plantea, tal como toda gran filosofía, la necesidad de dejar de mentirnos. Toda gran filosofía debería comenzar diciendo una sola cosa: “dejen de mentirse”. Porque somos los únicos dueños de nuestras vidas, no de los hechos que suceden, pero sí de las fuentes de significaciones con las cuales totalizamos estos hechos para crear un mundo. La única pregunta interesante que debemos hacernos es: “¿qué es lo que realmente queremos?”. Siempre teniendo en cuenta que el deseo no es un estado mental, sino acción. Y lo otro que Sartre enfatiza, que dejemos de buscar sentido en la vida, porque la vida, de por sí, no lo tiene. La tarea que nos toca es más temible, pero, a la vez, más deleitable: tenemos que crear el sentido de nuestras vidas. “Kusapunim Sartre-pa hamut'akuyninqa!”, diríamos inquietos y "allinkusisqas" en quechua. 
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