IX. Con Juan Carlos en el Liverpool (Fragmento de Saudade). Hugo Ruiz Campusano
Hugo Ruiz Campusano comparte un capitulo de su excelente novela Saudade, (Hipocampo Editores 2021) que uno lee con ojos de los que regresamos a las dinámicas familiares y a los bares queridos luego de una larga estadía en el norte; que ha dejado huella en la dicción y el espíritu esta tierna entrega
Estamos en el Liverpool porque a él no le gusta ese ambiente denso del Vivaldi allí al lado, en la misma avenida Ricardo Palma. Seguro que cuando salgamos de aquí, haremos una parada en Tubino por unas empanaditas de carne. La terraza está desierta a esta hora. Somos los únicos sentados a una mesa discreta con vista a la alameda. Juan Carlos no me lo dijo al principio, antes de venir. Pero aquí me dice que tiene que hacer unas “vainas”. No me consulta si me provoca un pisco sour porque sabe que no me voy a negar. Llama al mozo y le encarga dos dobles, semi secos. Luego de hacerlo me mira y se ríe como diciendo: “Ya está. No hay tiempo para reaccionar.” Sólo me queda una cosa: devolverle la sonrisa. Lo sabré más tarde, pero ahora ignoro que tiene dos fajos gruesos de billetes; dólares en el bolsillo derecho y soles en el izquierdo. Otro mozo se acerca con un plato lleno de quesos en cubitos. Lo deja y, lo mismo, sólo me queda coger un mondadientes y pinchar uno de esos trocitos, degustarlo, saborearlo en esa paz donde nadie te perturba. Juan Carlos, se brinca los modales, que gracias a su elegancia no necesita practicar, y toma con delicadeza entre sus dedos un pedazo de fontina, otro de gouda. Llegan los pisco sours a tiempo. Dos vasos grandes, bien helados, con poca espuma. Brindamos. El pisco sour es un trago fuerte. Siento el líquido entrar en mi cuerpo y sacudirlo con fuerza, esa fuerza del pisco que estremece. Siento una especie de bomba pasar rápido por mi garganta hacia mi estómago. ¡Wow! Es fuerte, rico, y hay que ser valiente para beberlo. Juan Carlos se dio el trabajo de enseñarme, muy temprano en mi vida, a beber pisco. Me enseñó a prepararlo y luego me llevó a cotejarlo con los del Bolívar, el Sheraton y el Country Club. Decía que el mío era buenísimo. No sé él, pero yo, luego de asimilar ese primer violento sorbo, he sentido todo mi cuerpo convulsionarse, reacomodarse, y volver en caída libre a una nueva normalidad donde estoy sereno, más animado, más lúcido, pero en un tiempo que no lo marcan los relojes. En todo ese trance no he podido percatarme que Juan Carlos ha atendido varias llamadas en su celular. Eso sí, veo a unos diez metros de nuestra mesa, al lado derecho de la entrada, la silueta de un hombre alto, mayor, de cabellos negros que mira en nuestra dirección. Es alguien que esperaba una señal de Juan Carlos, un ademán sutil de su mano para entrar y caminar, dirigirse a nosotros, saludar con cariño a Juan Carlos que, inmediatamente después de estrecharle la mano, le dice: “Tengo algo para ti. Espero que esto te sirva.” El dinero lo ha sacado del bolsillo derecho: cinco billetes de cien dólares. El hombre los recibe, los guarda y le agradece. Juan Carlos no lo invita a sentarse y le dice, a modo de disculpa, que tiene el tiempo hecho una mugre y que está a punto de marcharse. El hombre asume entender y educadamente se despide y se va. Luego Juan Carlos me dice, así de breve, que es un ingeniero que trabajó para él en no sé qué proyecto, pero que ahora está sin trabajo, pobre hombre.
Hemos bebido rápido ese primer vaso y ahora viene un segundo, doble también. Qué diablos, me digo. En fin, es víspera de Navidad. Navidad de 1995. El ambiente en la calle es festivo. Todos los negocios lucen guirnaldas, nacimientos, lucecitas de colores que parpadean, grandes letreros con ofertas; y la gente entra y sale de ellos sin parar, con bolsas en las manos. Todo el mundo va a estar alegre esta noche, y el que menos va a sacar de donde sea para comprar sus regalos y cumplir con todos, van a celebrar desde temprano con mucha cerveza, vino, pisco y en la cena pavo, lechón, panetón, chocolate. El que viene ahora, y que no podía faltar porque todo el día está detrás de Juan Carlos, es Manrique. El sabe muy bien donde ubicar al “doctor”. Con su paso entrabado por la cojera, esa cara entre convaleciente eterno y revivido, pasa por el Haití, La Pastelería Sueca, La Tiendecita Blanca y ¡zas! ¡Bingo! Aquí lo encuentra. Para él también hay, pero del bolsillo izquierdo. No hace falta que lo llame porque ya está aquí cerca de nosotros. Me saluda con familiaridad, incluso me da unas palmaditas en el hombro –cómo no, si lo veo con tanta frecuencia- y no se demora en agarrar el billete de cien soles que Juan Carlos le da, a pesar de que pudo hacerlo esta mañana y ahorrarle estos trotes cuando Manrique lo abordó saliendo del garaje en Pueblo Libre. En vez de eso, bajó la ventana y a la volada le dijo: “No tengo nada ahora. Búscame más tarde.” Pero, más tarde ¿dónde? se habría preguntado Manrique. Esa me la había hecho a mi cientos de veces. Pero para esto Manrique es más constante. Es un sabueso. Si hoy día le fallaba, mañana repetía todo el recorrido. Yo no. No sé ahora mismo qué me tocará a mí. No estoy lejos de ser otro más de aquellos que están desfilando hoy en esta jornada de caridad.
Manrique es un capítulo aparte. Creo que ni siquiera se apellida Manrique. No lo sabemos. Solo sabemos que un buen día apareció agazapado al lado del garaje de Juan Carlos, jugándose una lotería tal vez. Y la pegó porque Juan Carlos tenía un dinero para darle. Y no sólo para darle ese día, sino toda la vida. Han pasado muchos años desde el primer día y Manrique por un no sé qué ha resistido el tiempo y su propia indigencia para estar siempre puntual al lado de la puerta levadiza del garaje desde las seis de la mañana. A veces tenía suerte, otras no. Y a veces se quedaba el resto del día esperando que Juan Carlos regresara. Las empleadas llegaron a compadecerse de él al extremo de invitarle a hurtadillas un plato de comida que él solía engullirse allí mismo, de pie al lado de la puerta, no fuera a ser que el doctor llegara y se le escapara y su día quedara en blanco otra vez, sin un céntimo en el bolsillo. Muchas veces me pregunté si Manrique tenía familia y también para qué quería esa limosna. Cómo era capaz de esperar de esa manera.
Esta vez sí le sugerí a Juan Carlos, y él aceptó gustoso, apagar el fuego del pisco en el estómago con una cerveza bien helada. El, incluso, en el colmo de la exageración, pidió un vaso con hielo, y allí vertió su cerveza.
El que llegó después no me era ajeno. Era su propio cuñado, Guille, que asimismo era su vecino, pero que tal vez, como Manrique, no podía capturarlo a ninguna hora del día. Venia, ya se sabe, dispuesto a mandarse un rollo, como era su costumbre. Era la mar de fanfarrón, embustero, y a pesar de que Juan Carlos le pagaba un sueldo por cuidar a sus hijos echando mano de sus dotes de bravucón; nunca satisfecho se las ingeniaba para arrancarle muchos “extras’. Extra por haberlos esperado hasta tarde en la salida del cine; “extra” por haberles conseguido, a precio de reventa, esas entradas de occidente para el clásico U-Alianza; “extra” por conseguirle, a escondidas, unas cuantas triple-equis, y así. De manera que, igual, este era otro “extra” por Navidad y porque era padre de dos hijos, además de viudo y peloterazo como él solo, futbolero, de barrio. Un extra más que salía también del bolsillo del lado izquierdo, en soles, y, para que pareciera más, en seis billetes de cincuenta. Una vez que se fue, Juan Carlos me dijo: este es candelita de muladar. Aunque todo estuviera en calma, allí estaba ese tipo, saliendo de la nada, con una llamita pobre, pero persistente, capaz de provocar un incendio mayor en cualquier momento.
Juan Carlos no deja de aprovechar las pausas entre uno y otro visitante para también llamar a la Aurelia y encargar dos lechoncitos; uno para la casa de sus hijos donde él ya no vive más porque se cansó de su mujer y otro para un Juez que se portó de maravilla con él. Yo consumo a espaciados sorbos mi cerveza y recién me pongo a pensar que cuando ese desfile de damnificados se acabe el siguiente seré yo, porque, a pesar de estar con él allí, mirando con complicidad desde aquel balcón, formo parte de aquellos beneficiarios de la caridad de Juan Carlos. Me pregunto de qué bolsillo me tocara a mí. Sé que una vez que me de unos billetes me preguntará: ¿Te arreglas con esto?
Observas cómo él dispone sus gastos, hace sus pagos; con qué comodidad mueve distintas cantidades de dinero. Te cuenta que, al principio del año, en el mes de enero, realiza una serie de pagos anuales: las pensiones de los colegios, las membrecías en los clubes, las pólizas de seguro de los autos, las donaciones de caridad, las compras de los boletos de todos los viajes que realizará, las suscripciones a loterías en el extranjero. Para eso sirve el dinero. Una vez dispuesto ese dinero, sólo tiene que conseguir más. Invierte mucho en personas, en gente que, tarde o temprano, le traerá ganancias, le realizará gestiones importantes en el momento que el mas lo necesite. Por ahora no importa que sólo sean un gasto, un buen día rendirán sus frutos. Tampoco le importa ni practica aquello de las “buenas relaciones, las influencias”. Si él no conoce a alguien, paga para que le consigan una cita, y para ayer.
Fue el único de los hermanos que heredó la mayor virtud de mami: no quejarse de nada. Y le añadió una: la discreción. Jamás compartía cosas familiares, íntimas, con nadie.
Toma como si sus dedos fueran pinzas unos sanguchitos de miga menudos, tipo sample, que trajo el silencioso mozo. Se nota el leve brillo del esmalte en sus uñas. Algo que también me enseñó a disfrutar: la manicure, pero donde Elvira. El salón quedaba en los bajos de la oficina de Las Begonias, a dos pasos del Jacarandá. Desde que entrabas te hacían sentir importante, especial. Luego venia lo relajante: la manicure con Elvira. Chismosita ella, sabía cómo sacarte algo a cambio de darte alguna información. Para suavizar tus uñas te hacia remojar las manos en agua con jabón. Algo super divertido porque podías jugar con las canicas ahí sumergidas. Eso te transportaba a tu niñez y te sustraía de todo. Luego venía ella, te cogía una mano y la ponía sobre una almohadilla. Era tan sutil que ni te dabas cuenta cuando pasaba la tijera. Una vez terminado el corte, las pulía con la misma maestría y te aplicaba una crema que olía riquísimo y te dejaba la piel suavecita. Cuando Elvira terminaba te quedabas como hipnotizado, metido en un trance, esperando más. En toda esa operación ella te ponía al día de tantas cosas que ni por aquí te imaginabas.
Mientras él sigue pegado al teléfono y te hace señas para que pidas lo que quieras, le des una hojeada a Caretas, a El Comercio, de repente a Gente, que están a un lado de la mesa, te preguntas cómo es Juan Carlos de verdad. Te lo describes: Sonrisa fácil. Un tipo que casi siempre está alegre, contento, feliz. Tiene muy poco, casi nada pendiente. Lo quiere todo para ayer. No guarda negativos de fotos, no usa agendas o ayudamemorias, solo unas diminutas hojas tipo serpiente donde anota con letra minúscula los números de teléfono que considera importantes, los números de los cheques que gira, los saldos de sus cuentas. No es su propósito, pero viste con elegancia. Huye del escándalo. No es nada pretensioso. Usa ropa de color entero suave y discreta. Desde que se sienta a tu lado a una mesa sientes que con él se instala una especie de brisa de tranquilidad. Cuando el ordena algo lo hace de tal forma que hasta el mozo lo disfruta. No usa para nada esos ademanes gerenciales y huachafos de nuevo rico ni un tono imperativo de capataz. Sus dedos tocan con delicadeza las cosas, tanto que parece un niño colocando una pieza en un rompecabezas. Su verdadero juguete es el dinero. El sabe tres cosas muy importantes: cómo conseguirlo en buenas cantidades, qué hacer con él, y cómo conservarlo. Una vez que pone las piezas en el lugar exacto, echa maicito, disfruta. Disfruta el aire, el paisaje, la luz del sol, lo que bebe, lo que come y con quién está. Eso es. Su vida transcurre, y eso también se percibe, transcurre, si, porque se siente que el avanza sin medida, siempre va hacia algo. No se desespera. Está convencido que, a su tiempo, todo llegará. Y así, mientras avanza va deleitándose con lo que le toca y con lo que él quiere que le toque.
Recuerdo bien una mañana parecida a esta, sentados en esta misma mesa, él diciéndome ya terminé de trabajar, qué te parece si nos vamos a la Granja Azul. Yo sorprendido y sin tiempo para responder, él tomando el teléfono y diciéndole a su mujer alcánzame allá, y a sus hijos vénganse a la Granja, si, ya mismo. Y luego todos sentados a una mesa rústica, grande, con un enorme vaso de Chicha Milagrosa en la mano, conversando huevadas animadamente, riendo, volviendo a beber mucha Chicha Milagrosa un lunes cualquiera por la mañana que ya se va haciendo tarde y ahí nomás los pollitos chiquitos y deliciosos con esa crema que no era ni mayonesa ni salsa blanca pero igual riquísima; una fórmula secreta, única, de la Granja Azul. Todos allí en Santa Eulalia: y tú lejos del acoso de tu mujer, de tus deudas, de tanta cosa pendiente por hacer para sobrevivir, de no sé qué será mi vida mañana sin trabajo y sin un puto sol, confundido allí dentro de un grupo que vive una vida ajena a esas preocupaciones.
Se acerca otro tipo que estoy seguro lo conozco de algún lado. ¿Te acuerdas de éste?, me pregunta Juan Carlos. El del Mater, dice –se refiere al colegio de los chicos-. Ah, ya, le digo. Si. Sé quién es, digo para mis adentros. Claro que lo recuerdo. Lo había visto varias veces conversando con Juan Carlos en la puerta del colegio. Trabajaba en un banco y, por mera casualidad, dos días atrás había visto su foto en las páginas policiales de El Comercio. Estaba acusado de estafa y, si mal no recuerdo porque no le tomé mucha importancia a la nota, tenía que ver con la cobranza de unos certificados de moneda extranjera vencidos. Todo indica que el negocio se le cayó y por eso está también aquí. Debe andar en apuros, el pobre. En este caso, Juan Carlos le hace una señal de stop para que no se acerque a la mesa. Es él quien va. Sale a un lado del restaurante que no entra en el ángulo de mi visión y luego de breves minutos regresa matándose de risa. Lo que son las cosas, exclama. Coge el vaso de cerveza con la intención de hacer un brindis, pero al percatarse que no está lo suficientemente helada llama al mozo y le pide un par más y, de paso, que traiga la cuenta. Paga en efectivo y le deja una buena propina. Al salir se aparecen el chico de las flores, el lava-carros, el vendedor de lotería y el canillita. Juan Carlos levanta la palma de la mano y les dice un momento. Mete la mano en el bolsillo izquierdo y reparte entre ellos todos los billetes que le quedan. Es allí donde me pregunta: ¿Con cuánto crees que te arreglas?

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