Representación y subalternidad en el Boletín Titikaka (1926-1930) .Ulises Juan Zevallos Aguilar

Ulises Juan Zevallos  comparte la charla leida en el reciente JALLA de Arequipa, e invita a la reflexión s



 Se ha acumulado una abundante bibliografía  sobre el Boletín Titikaka. Tengo conocimiento de por lo menos tres libros dedicados exclusivamente a su análisis. Hay un sin número de artículos académicos, gacetillas, y capítulos de libros que lo estudian. Asimismo, se ha publicado dos ediciones facsimilares y una edición intervenida donde se le ha añadido todo color. La mayoría de textos que lo estudian o las reediciones responden a un espíritu celebratorio. Coinciden en festejar su modernidad periférica. Una minoría ha intentado hacer una lectura crítica, enfocando sus contradicciones y aporías en un contexto de desarrollo de una fase del capitalismo en el Perú. En contadas ocasiones las tendencias celebratoria y crítica debaten.

Mi libro Indigenismo y nación. Los retos a la representación de la subalternidad aymara y quechua (2002) generó una mini polémica, modulada por la falsa dicotomía estética y política, que tuvo lugar en el suplemento Identidades del diario El peruano.  El debate se inició con una reseña de Dorian Espezúa Salmón, catedrático de las universidades de San Marcos y Villarreal por entonces,  en su artículo “Aportes y equívocos de la crítica. A propósito del Boletín Titikaka” Identidades 58 Lima, 5 de abril de 2004, pp. 2-5. Continuó con los comentarios del crítico suizo Marco Thomas Bosshard, educado en la Universidad Libre de Berlín, en su nota “Los estudios subalternos aplicados al Perú” Identidades 59, Lima, lunes 19 de abril de 2004, pp. 14. El editor de Identidades, Enrique Cortez, me dio la oportunidad de responder a los dos comentaristas de mi libro.  Mis respuestas fueron difundidas en la nota titulada “Indigenismo: estética y política” Identidades 61, Lima, lunes, 17 de mayo de 2004. Consideré que las opiniones de mis colegas sobre mi libro reflejaban desplazamientos y cambios disciplinarios e institucionales que se daban en las humanidades y las ciencias sociales de principios del siglo XX.

Para mí, las dos lecturas confirmaban los lugares de enunciación en los que se situaban los críticos. Aunque muchos especialistas en literatura, luego de oponerse a la propagación de los estudios culturales, se han inscrito dentro de él, no dejan de lado su formación de origen. Esto se hace patente en la lectura de mi libro que hacen los literatos (estudiosos de la literatura). Los pocos que hicieron pública su opinión en comentarios y reseñas coincidían en señalar mi descuido del estudio de lo literario. Carlos García Bedoya en su reseña a mi libro, publicada en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana 56 (2002), pp. 285-287, hizo un llamado de atención a esta ausencia. Espezúa continuó esta línea crítica. Contesté que Espezúa, con cierto prurito filológico, se había ofendido por el cambio de nombre de la mayor figura del parnaso lacustre y por el equívoco de decir que fueron publicados treintaicinco números en vez de treintaicuatro. En efecto, Alejandro Peralta fue llamado Antonio Peralta en dos oportunidades en mi libro. La primera etapa del Boletín Titikaka llega a veinticinco números que no fueron numerados. Por extraña razón, la segunda etapa se inicia con el XXV en números romanos, creando confusión. Era comprensible su indignación por el cambio del nombre de un poeta que apuntala el orgullo regional y el equívoco en el conteo, pero es inaceptable que hizo cuestión de estado con dos hechos circunstanciales, poco significativos. La intención oculta de sus comentarios tenía el propósito de disminuir sus méritos como trabajo de investigación. El señalamiento de errores y limitaciones al principio de su reseña era una estrategia retórica para desmerecer los argumentos de mi libro. 

Al contrario, la lectura de Marco T. Bosshard, filósofo de formación que hace su carrera en Alemania, siguió la buena recepción que ha tenido mi libro en las ciencias sociales. A pesar de que son muy exigentes con las evidencias empíricas, no se fijaron los detalles que preocupaban a Dorian Espezúa y elogiaron los aportes teóricos y metodológicos de mi investigación. Recuerdo que el politólogo Carlos Franco y el historiador Nelson Manrique recomendaron con cartas de apoyo la publicación del manuscrito al Fondo Editorial del Banco Central de Reserva. Ambos coincidieron en señalar que el mayor mérito de mi monografía radicaba en que se llevaba a cabo una novedosa relectura del indigenismo desde los estudios subalternos y la antropología postmoderna. Por esta misma razón, el Instituto Francés de Estudios Andinos, centro de investigación de científicos sociales de primera línea, aceptó coeditarlo sin mayores trámites. Más tarde, la introducción y los capítulos 4, 5 y 6 fueron utilizados en el taller interactivo: Prácticas y Representaciones de la Nación, Estado y Ciudadanía en el Perú del Proyecto Cholonautas del Instituto de Estudios Peruanos. Según los testimonios de científicos sociales varios capítulos son lecturas obligatorias en sus cursos.

Poner mayor atención al aspecto literario del Boletín Titikaka era pedir peras al olmo. Por un lado, en el título y en la introducción de mi libro expresé con claridad meridiana que iba a dejar de lado el espíritu celebratorio sobre la propuesta estética del Boletín Titikaka llamada “vanguardismo indigenismo” que se basa en el análisis de la poesía de Alejandro Peralta. Muchos estudios que precedieron a Indigenismo y nación evidencian este ánimo. A principios del siglo XXI, Cynthia Vich sostenía con inteligencia este espíritu en su libro Indigenismo de vanguardia en el Perú: un estudio sobre el Boletín Titikaka (2000). Elizabeth Monasterios Pérez en su libro La vanguardia plebeya del Titikaka: Gamaliel Churata y otras beligerancias estéticas en los Andes (2015) lo continúa. Por último, Begoña Pulido Herraéz, en El boletín titikaka y la vanguardia andina (2017), cierra la ovación del vanguardismo de la publicación puneña. Por otro lado, señalé que iba a enfocar mi trabajo en el estudio de las ambigüedades y contradicciones del discurso indigenista del Grupo Orkopata. Para conseguir mis propósitos puse énfasis en el estudio de los ensayos y cuentos cortos (dos géneros literarios) que contiene el Boletín Titikaka. Por último, me interesaba indagar cuáles eran las relaciones entre discursos literarios y políticos indigenistas y para quiénes escribían los indigenistas. Efraín Kristal en The Andes viewed from the city: literary and political discourse on the Indian in Peru, 1848-1930  (1987) fue el primero en demostrar que ambos discursos estaban estrechamente vinculados y los indigenistas del periodo histórico que Kristal escogió, escribieron, principalmente,  para lectores urbanos preocupados por lo que ocurría en el campo.  Una vez identificada la audiencia me sirvió mucho el análisis semiótico que Danuta Teresa Mozejko de Costa  realiza en su libro La manipulación en el relato indigenista (1994). Según Mozejko, con la utilización de una diversidad de dispositivos retóricos, los escritores indigenistas convencen a sus lectores para que se identifiquen y apoyen a los movimientos indígenas.

El cambio de enfoque en mi estudio me planteó desafíos metodológicos y teóricos. Las metodologías y teorías de la crítica literaria tradicional no me servían de mucho para el tipo de análisis que decidí emprender. Junto a esta constatación, era evidente que la modernización que llevaron a cabo los Orkopata no sólo se desplegó en el ámbito de la literatura y el arte con la adopción de la estética vanguardista. También los Orkopata modernizaron su manera de aprehender y entender la realidad andina y continental con el marxismo, el psicoanálisis y la etnografía. Por eso utilicé herramientas metodológicas y categorías de los estudios subalternos (la lectura a contrapelo, el subalterno habla en otras formas culturales) y la antropología postmoderna (las etnografías a pesar de ser escritas en tercera persona para conseguir la objetividad poseen un componente ficcional). Estas novedades de los años noventa me ayudaron a analizar situaciones y asuntos poco atendidos por la crítica literaria convencional. 

De otra parte, inicié mi investigación sobre el grupo Orkopata determinado por un imperativo ético que exigía enfocar las ambigüedades y contradicciones del indigenismo que se hacían más patentes debido al fortalecimiento de la gestión de organizaciones aymaras y quechuas en las postrimerías del siglo veinte. Por esa razón otro de mis propósitos, con el análisis del discurso indigenista, era deconstruir las buenas intenciones de los indigenistas de todos los tiempos que se consideran una avanzada esclarecida. Frente al liderazgo autoimpuesto de los indigenistas proponía una relación más horizontal entre artistas e intelectuales y movimientos aymaras y quechuas contemporáneos. Generalmente, se olvida que el indigenismo se caracteriza por ser un discurso de representación de seres humanos vivos que han sido y son las mayores víctimas de las contradicciones de una sociedad tan desigual como la peruana. Si bien los aymaras y quechuas han ganado ciertos beneficios gracias a su gestión y sus defensores, los que han sacado mayor provecho siempre han sido los indigenistas.

Por último, consideraba que la celebración del “vanguardismo indigenismo” se había constituido en una cortina de humo que ocultaba la dimensión sociopolítica del indigenismo y de algún modo justificaba el orden existente. Me explico. El reconocimiento del “vanguardismo indigenismo” como el máximo logro del grupo Orkopata estaba aceptando como suficiente la modernización estética (“modernidad compensatoria”,  O. Paz dixit)) o una “modernidad que atrasa” (N. García Canclini dixit) y olvidaba que el proyecto moderno también tiene una dimensión política y social. Y si es posible se necesita emprender modernidades alternativas que produzcan un cambio positivo de otras dimensiones de la realidad andina peruana. Las recientes manifestaciones de violencia ocurridas en el altiplano puneño son una prueba contundente de que hay problemas que no son entendidos y tampoco quieren ser resueltos por los grupos de poder. Además, el aislamiento de lo literario y/o estético traiciona el proyecto de vida de Gamaliel Churata. El autor de El pez de oro no solamente se consideraba un artista vanguardista. Junto a los demás miembros del grupo Orkopata, también estaba seguro de formar parte de la vanguardia política de su época. Si bien no se tiene noticia de su militancia partidaria, su cercanía ideológica a José Carlos Mariátegui y al primer Haya de la Torre hizo que las dictaduras de Sánchez Cerro y Benavides lo persiguieran y lo condenaran al exilio boliviano por 38 años. En Bolivia, Churata trabajó como asesor de políticas indigenistas del gobierno boliviano y como periodista que las promovía. De modo, que así como a mí se me acusaba de olvidar la dimensión literaria de la propuesta del Grupo, hecho que no es cierto, puesto que analicé ensayos y cuentos (dos géneros literarios), de escritores que publicaron en el Boletín Titikaka,yo diría que los estudios que hacen una aproximación meramente estética soslayan con negligencia la dimensión política del indigenismo a la que tanta importancia le daba Churata.
Coda. La gestión cultural de Churata estaba ligada a una línea de análisis del discurso literario indigenista que inició  José Carlos Mariátegui en los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928). Mariátegui fue el primer crítico que hizo la distinción entre literatura indigenista y literatura indígena. En diversos escritos, él celebraba la emergencia de la literatura indigenista de los años veinte y vaticinó el advenimiento de una literatura indígena. De alguna manera estableció los cimientos para distinguir los discursos incanista, indianista e indigenista. Antonio Cornejo Polar, seguidor del pensamiento de Mariátegui, definió a estos discursos, que se entrelazan, en La formación de la tradición literaria en el Perú (1989). Según Cornejo Polar el discurso incanista evoca el glorioso pasado incaico como un modelo a seguir para la construcción de las naciones andinas; el discurso indianista representa a los indios de una manera exotista y, finalmente; el discurso indigenista ha representado en los planos artístico y político a los indígenas. 

Desde los años veinte siempre estuvo presente un punto de tensión que reaparece en la crítica e historiografía literaria peruana con cierta frecuencia. Mariátegui, como buen lector de Karl Marx, en su definición de indigenismo consideraba la representación estética realista y la representación política. Para él, en suma, el escritor indigenista tenía que ser realista y debía abogar por causas indígenas. En los años 20 los escritores indigenistas debían representar el mundo indígena y defender sus derechos como ciudadanos de las repúblicas andinas constituidas en el siglo XIX. En otras palabras, un buen escritor tenía dos compromisos. Escribir una excelente literatura y ser un activista en la defensa de las reivindicaciones indígenas. En las primeras décadas del siglo XX los indígenas estaban abocados a la defensa de sus derechos ciudadanos: titulación de sus tierras, acceso a la educación y al sistema de salud públicos. De allí su admiración de la obra literaria y trayectoria de César Vallejo, Gamaliel Churata y los grupos Orkopata de Puno y Resurgimiento de Cuzco, entre otros.

El énfasis puesto en la representación estética o en la representación política ha generado polémicas. Creo que en la polémica del indigenismo en la que participó Mariátegui, los detractores del indigenismo, como Luis Alberto Sánchez, lo atacaban subrayando su dimensión política y disminuyendo su calidad estética como imitación de corrientes literarias europeas (Aquézolo La polémica del indigenismo). Esta posición ha continuado en las siguientes décadas. El intento de demolición de la obra literaria de José María Arguedas emprendida por Mario Vargas Llosa en La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo (1996) sigue la misma posición de los críticos del indigenismo de los años veinte. Sobre todo, la representación de la realidad indígena le hacía erizar los pelos y sostenía la mala calidad de las obras en una época que prosperaba el experimentalismo literario. El realismo le parecía obsoleto frente a la experimentación e innovación vanguardista del boom literario latinoamericano. Algo parecido ha ocurrido con la crítica de la pentalogía de la guerra silenciosa de Manuel Scorza recopilada por Tomás Escajadillo y el debate entre narradores andinos y criollos en el encuentro de narradores peruanos que tuvo lugar en Madrid, en 2005. En suma, se repitieron, a su turno, los mismos argumentos contra la literatura indigenista, regionalista y andina. Según sus detractores, estas tres corrientes literarias no tienen calidad por tratar temas locales, siguen modas estéticas foráneas y no son sofisticadas estéticamente hablando. Estos comentarios tienen el propósito de descalificar las gestiones indigenista, regionalista y andinista de los escritores. 

En el caso de la obra narrativa de José María Arguedas críticos literarios, como Martín Lienhard, han demostrado que una temprana novela como Agua (1935) ya era vanguardista y ni que decir de El zorro de arriba y el zorro de abajo (1969). Así muchas novelas que fueron denigradas por ser primitivas como Agua por estar enfocada demasiado en lo local o por carencia de una estructura sólida, como la novela publicada después del suicidio de Arguedas, gracias a estudios serios, han pasado a formar parte de la vanguardia artística y del boom literario latinoamericano.
 
Ulises Juan Zevallos Aguilar
Ohio State University

 

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