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Sobre el voto rutal y el voto Castillista. Katherin Mamani Contreras

 Katherin Mamani Contreras, egresada  de la UBAMBA de Abancay, es una pensadora que vale la pena escuchar, sobre todo cuando se refiere a la necesidad de ver las agencias  humanas mas allá de la abstracción del :voto rural". Aqui dos notas  tomadas de su FB


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El voto rural hoy adquiere una relevancia decisiva, en tanto tiene la capacidad de definir escenarios políticos y abrir o cerrar posibilidades de poder. Esto nos lleva a preguntarnos qué significa, qué es lo que disputa y por qué existe como una categoría diferenciada. Nombrar el voto rural implica también personificarlo y reconocer que no es una abstracción estadística, sino más bien un conjunto de sujetos concretos. Somos nosotros, los pueblos indígenas, las comunidades campesinas y quienes habitamos territorios rurales; quienes vivimos en espacios históricamente sustraídos y, aun así, hemos decidido resistir y sostener formas propias de organización. Así, cuando hablemos del voto rural, no pensemos únicamente en porcentajes o tendencias electorales, más bien en personas con trayectorias, memorias y disputas propias, en sujetos políticos que no solo eligen, también interpelan, negocian y redefinen el sentido mismo de la democracia.


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Cuando se vota pensando en Castillo, e interpretan que es porque es del campo, porque “se parece” o porque usa sombrero, se cae en una lectura reduccionista del fenómeno electoral. Esa interpretación simplifica el voto y lo limita a rasgos visibles o simbólicos, sin considerar las trayectorias de exclusión, las memorias de desigualdad y las demandas acumuladas que orientan las decisiones políticas en los mundos rurales.

La representación suele entenderse como una relación entre representados y representantes basada en la autorización electoral, la rendición de cuentas y, en algunos enfoques, la correspondencia descriptiva o sustantiva. Es decir, se espera que el representante actúe según los intereses de quienes lo eligen o comparta rasgos que faciliten la identificación política. Sin embargo, este marco no logra captar las dimensiones simbólicas, afectivas y situadas que atraviesan la representación en contextos concretos.
La representación no se reduce a la similitud social ni a la delegación formal. Por tal, se configura como una identificación política que emerge de experiencias compartidas de desigualdad y de prácticas de organización y acción colectiva. No se trata de un reconocimiento inmediato; así, la representación puede entenderse como un proceso interpretativo en el que los sujetos leen la figura política desde sus propias trayectorias y sentidos. Esa identificación es situada y adquiere densidad política al articular memorias, expectativas y demandas históricas de reconocimiento.
El respaldo a determinadas figuras debe interpretarse desde lo político, como una reconfiguración de las formas de identificación, representación y disputa del poder. No es un apoyo coyuntural ni una reacción atribuible a características personales; por tal, responde a un proceso más amplio donde sectores históricamente marginados proyectan sus horizontes de cambio. En este marco, la figura de Castillo se convierte en una forma de representación cargada de sentido, donde se condensan aspiraciones colectivas y la posibilidad de irrupción de sectores subalternizados en el espacio estatal.
Esta construcción no implica una equivalencia directa entre representante y representados. Así, se sostiene como una investidura política que se activa en contextos de disputa. La figura política adquiere sentido en la medida en que es interpretada por quienes la respaldan, proyectando no solo intereses inmediatos, también memorias de exclusión y expectativas de reconocimiento. Por tal, la representación incorpora dimensiones históricas, afectivas y culturales que desbordan la lógica institucional.
Lo que está en juego no depende únicamente de quién representa; así, se vincula también con la manera en que la representación se produce y con las formas de mundo político que emergen a partir de ella. La representación deja de operar como un mecanismo estable y se manifiesta como un campo de disputa política y simbólica, donde la legitimidad se apoya tanto en las reglas formales como en la capacidad de activar memorias colectivas y articular demandas dispersas frente a estructuras persistentes de desigualdad.
Cuando se vota pensando en Castillo, lo que aparece no es una anomalía del sistema político ni una explicación cultural simplificada. Por tal, se trata de la expresión de tensiones propias de las democracias atravesadas por desigualdades históricas. Ese acto electoral revela la presencia de sujetos políticos que disputan los marcos desde los cuales se define la representación, la legitimidad y la pertenencia al orden político.

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