lunes, 26 de abril de 2010

Kichwa kwintukuna patsaatsinan* / S Hernan Aguilar

En este memorable texto encontrado gracias a la mirada atenta del wayki Carlitos Olazabal, S. Hernan Aguilar desarrolla lo que tal vez es el primer texto analitico y metalinguistico en quechua (ancashino), otro intento se ha hecho en el libro de Numa Armacanqui que remata una historia oral y familiar con la explicacion fonolofica en quechua. Hinaspa, conversando con Gonzalo Espino Reluce, tengo entendido que en San Marcos hay un esfuerzo por desarrollar categorias analiticas en quechua. "Kichwa kwintukuna patsaatsinan" amplia el repertorio de la escritura quechua fuera y dentro del internet. Un espacio que en las canciones, los comentarios y cartas esporadicas entre quechuablantes hermanados requiere de una mirada critica alentadora. Esperamos conocer y compartir con el sr Aguilar a la brevedad posible y agredecermos a quien nos ponga en contacto con el.

Nota: Los que no leen quechua pueden encontrar una traduccion del autor al final del original


Aqui el texto tomado de Amerindia #25 2000

Los amigos le cantan al amigo

viernes, 23 de abril de 2010

El fujimorismo y las esterilizaciones masivas

El fujimorismo y las esterilizaciones masivas* /Nelson Manrique

Nelson Manrique

Una tesis recientemente presentada en la Universidad Católica nos recuerda lo que representó el fujimorismo en el poder. Se trata de un agudo análisis del desarrollo de las políticas estatales de esterilización masiva durante el régimen de Alberto Fujimori, dirigidas a los sectores sociales más excluidos de la sociedad peruana y que menos podían defenderse, las mujeres pobres (Adrián Lerner Patrón, Las polémicas mediáticas en las campañas de esterilizaciones masivas en el Perú, Tesis de Licenciatura en Historia, PUCP, 2010).

Estas campañas, y la resistencia ante ellas, involucraron a diversos sectores sociales e institucionales: el Estado, la Iglesia, los medios de comunicación, instituciones de la sociedad civil como las ONGs, los colectivos feministas, el Colegio Médico, la Defensoría del Pueblo, etc. Fue un caso de violación de los derechos fundamentales de la población cometida por un gobierno formalmente democrático. Lerner señala que en la ejecución de esta campaña se violaron los derechos a la vida, a la libertad y seguridad personales, a la educación, a una vida libre de discriminación por razones de género, a una vida libre de violencia y a la salud reproductiva y al servicio de salud.

A mediados de la década del 90 el gobierno fujimorista emprendió su campaña de control de la población basado en la esterilización definitiva invocando las tesis de Thomas Malthus, de que la población crecía por encima de lo que crecían los recursos. Se trató de una campaña ejecutada deliberada y planificadamente, que involucró a varias agencias gubernamentales y que produjo un daño permanente a sus víctimas: “Está documentado que se privilegió, en contra de la legislación vigente (y) del propio objetivo manifiesto de la campaña (…), un solo método de planificación familiar por sobre los demás. En segundo lugar, lo que resulta más grave aún, el método privilegiado fue el único entre todos los posibles que era irreversible para las pacientes: la esterilización quirúrgica” (Lerner, Op. cit.).

Lerner se resiste a utilizar el calificativo de “esterilizaciones forzadas” y prefiere hablar de “esterilizaciones masivas” y “esterilizaciones inducidas”, porque en muchos casos lo que se hizo fue empujar a las mujeres a ligarse las trompas sin tener una adecuada información: “En Áncash, por ejemplo, 89% de las historias clínicas no incluía el consentimiento informado”. Un informe del Ministerio de Salud señala que las actividades de “Anticoncepción Quirúrgica Voluntaria” se aplicaron en su mayoría a mujeres “cuyo denominador común era el desconocimiento de sus derechos”.

Esto no excluía el empleo de métodos coercitivos: “Algunas mujeres fueron inducidas a la intervención durante o inmediatamente después de un parto, lo cual hubiese sido ilegal incluso si la mujer hubiese firmado un consentimiento”. En otros casos las operaron amparándose exclusivamente en la autorización del marido, y no se excluyó el uso de la violencia: “Buena cantidad de testimonios da cuenta del uso de la fuerza física con escenas como portatropas que llevaban mujeres a ser esterilizadas y médicos que las anestesiaban antes de que pudiesen oponer resistencia. En otras ocasiones, el asunto quedaba en amenazas, como las de perjudicar a sus familias de diversas maneras si no accedían a ligarse”. Esto profundizó el abismo entre el Estado y los pobladores: “Un ejemplo particularmente revelador del modo en que el Estado recurrió a la mezcla de coerción y desinformación es el de una comunidad selvática en la que, tras explicarles en qué consistía la ‘ligadura gratuita’ que les ofrecían, remanentes de Sendero Luminoso terminaron aliados con los comuneros para echar a las brigadas del Ministerio de Salud que habían prometido construir un hospital en la aldea si los hombres permitían que se ‘amarrase’ a sus mujeres” (ídem).

Con el Programa en marcha, en 1996 el número de esterilizaciones quirúrgicas pasó de unas 25 mil al año a más de cien mil y al año siguiente se superó esta cifra. Pero cuando en 1998 la campaña tuvo que detenerse, debido al escándalo mediático, se volvió al nivel original.

Alguien me insinuó que la política de Fujimori tenía buena intención porque somos demasiados. Mi respuesta fue que si pensaría igual si las esterilizadas hubieran sido sus hermanas o hijas.

¿Qué tal si Keiko o Sachi?


Un comentario puntual a este articulo que denuncia el racismo de la dictadura se puede ver en el Gran Combo Club

*
Publicado en un diario local del cual este buen historiador deberia salirse. Es ya necesaria una mejor prensa en el Peru.

jueves, 22 de abril de 2010

Para transitar la poesia de Róger Santiváñez




Articulo publicado en la gran revista virtual Ciberayllu de Domingo Martinez Castilla.


Para transitar la poesia de Róger Santiváñez

Fredy Roncalla

Soy de los que leen poco, poquísimo de poesía. Me sucede al igual que con la música: suelo remplazarla con silencio y ruidos ambientales. Pero cuando vuelvo a oír una canción, ésta abre universos prístinos y renovados, llenos de significados, símbolos, quiebres y sugerencias como los vistos en la poesía de Róger Santiváñez, la cual da muestra de todo un sistema poético construido a lo largo de varios años y registrado en Dolores Morales de Santibáñez, selección de su poesía publicada por el buen Teófilo Gutiérrez. Conozco a Róger desde antes que fuéramos vecinos en el Jirón Bellavista del purito Rímac, al lado del primer paradero del Büssing 59, simbólico lugar de inicio de un largo viaje en la escritura que al cabo del tiempo nos tiene de vecinos en Nueva Jersey. Luego de una reciente visita, donde por fin pude conocer las famosas orillas del río Cooper, y escuchar a Róger y a Ulises Juan Zevallos hablar largamente de la poesía peruana desde los setenta hasta la fecha, voy a hacer unos comentarios a Dolores Morales de Santiváñez, tarea que emprendo con gusto, y con temor, porque de crítica literaria ya no sé nada y lo que sigue son mas bien apuntes de un llaqta lector a punto de caminar en un frondoso bosque de imágenes donde la brújula fluctúa entre varios nortes igualmente magnéticos. Para ello es necesario poner en la alforja unos cuantos hilos conductores que permitan no sólo ver la vegetación total como un conjunto armónico y bello sino también señalar cuales podrían ser las líneas generales de su particular sistema poético.

Anoto estos pocos hilos de una forma aleatoria, dejando para el final el asunto del arte poética y la poesía de ruptura que, según creo, explican gran parte de la poesía de Róger a partir del parafraseo de unos versos de Oquendo y Amat: “no tuvo miedo / y regresó de la locura”. Porque a su vuelta de territorios ignotos los títulos de imaginería cristiana de sus últimos libros simbolizan más bien una síntesis del erotismo y poesía mas allá del no menos invitante pubis dentado de la violencia.

Poesía de los orígenes. De Piura, tierra de escritores. De un barrio de clase media desde donde los primeros amores salen a pasearse por los versos al igual que los amigos, pero dejando paso a la casa familiar con el padre y la madre, cuya ausencia es siempre presente. Fuente de poemas que conmueven como aquel de las tumbas de los padres en medio de las cuales hay un lugar para él. O el del serrano que se colgó del algarrobo para que el joven poeta escribiera su muerte años más tarde. Orígenes y vasos comunicantes con Matienzo, en el centro de Lima, donde la lata china de la madre aún perdura en un estante. Lugar de retorno desde donde se vuelve a salir movido por el erotismo y la poesía, quizás en búsqueda de aquella muchacha que se fue del barrio sin que nadie/nada se la agarrara. Piura, Santa Isabel. El desierto. Los jóvenes amigos en tiempos de rock y muchachas. Espacio fértil de los poemas (y narrativa) en prosa, a partir de El chico que se declaraba con la mirada, que tiene un aire a Adán de la Casa de Cartón, pero mucho, muchísimo más putañero.

Poesía de poetas. Alusiones a poetas de la poesía y a aquellos que se acercan a la otra orilla del lenguaje. Mostrando a partir de ellos el panteón de héroes, no solo de Róger sino también de un buen sector de poetas peruanos, creo. Martín Adán, Ezra Pound, Luchito Hernández, El Che, Allen Ginsberg, Vallejo, para decir que no es él, y Heraud, para decir que es Hinostroziano frente a la historia. Blake también, y Dante. Acaso Rimbaud. Y Lezama Lima. Algunos poetas del siglo de oro español y otros que no recuerdo. De Martín Adán e Hinostroza, la perpetua arte poética de su obra. De Pound el gusto por los varios lenguajes. Quiebres lingüísticos al latinchayoq, al inglés y algo del quechua. Sobre todo al español peruano que en Symbol llega a tal densidad poética que, junto a sus últimos libros, sería materia de estudios aparte. Aquí me pregunto con qué recursos poundianos habría descrito Róger la experiencia de ver a Kate Pound, nieta del fabro, bañarse qala siki en un riachuelo que bajaba del Bread and Loaf de Robert Frost. Un ardor de veintidós ciclos solares sobre las aguas. Diurno de Vermont. De Allen Ginsberg no sólo la fascinación de su paso por el Perú, pero la gran huella de la poesía beatnik en los poetas de varias generaciones peruanas, empezando por el íntimo parentesco entre Howl y En los extramuros del mundo, de Verástegui. Acaso de ahí los súbitos remates en inglés, que también podrían venir del rock. Poeta de poetas. Paso de Róger por la generación de los setenta, Hora Zero, Kloaka (ya en los ochenta) y otros grupos de ruptura, pero manteniendo --un gran logro-- una voz personal y distintiva, por lo menos en relación a la poesía de los setenta, que en Róger deja huella en su entrega al arte y a la vida, pero no rastros estilísticos ni temáticos.

Poeta de varios registros. Tomada en su conjunto, desde su primer libro hasta Santa María y los poemas no recogidos en libros, la poesía de Róger se enmarca en una interesante tensión entre un lenguaje cercano a lo coloquial, fácilmente aprehensible, que deja huellas desde la primera lectura --una muchacha meciendo la responsabilidad de su belleza al arreglarse el cabello, los sonidos de una fiesta al fondo de una noche-- a registros densos, extremos y experimentales que dentro de ciertos límites estilísticos trazados por el poeta, invitan a varias relecturas: lo que seduce en ellos nos lleva a hurgar repetidamente en varias capas de significados. Me refiero a Symbol y Cor Cordium como casos de lenguajes extremos, que en mi modesta opinión son muestra de gran poesía. Lo interesante es que esta escritura extrema, que en momentos recuerda a Hugo Sotíl en el fútbol y a Vallejo y Juan Ramírez Ruiz en la poesía, no está ahí solita nomás. Se apoya en las poéticas coloquiales que hay entre título y título, y a veces dentro de los mismos textos extremos. En medio de esta tensión creativa están los textos en prosa y, al final, como resolución, los textos de Eucaristía que trabajan lo coloquial, lo familiar y erótico amoroso pero con la mano de quien ha ido y regresado de los extremos del lenguaje.

Poesía erótica. Arte poética a partir del erotismo. Desde sus primeros poemas, Róger ha mostrado un particular interés por la poesía erótica. La lectura de todos sus libros nos da cuenta de varios de sus amores, que serían un capítulo resaltante en la historia de amores literarios del Perú. Una nota pintoresca es que he tenido que esperar hasta leer Santísima Trinidad para enterarme quién fue el afortunado que por fin pudo con Mili, quien tenía locos a los maqtas del Wony. Al margen de ello, lo importante es señalar que para Róger el asunto no sólo es poesía erótica. Poesía erótica de por sí es común y recodo casi obligado de la escritura. Lo novedoso es que aquí el erotismo es a la vez arte poética y los actos de desnudamiento, penetración, clímax y cachería momentos fundantes en la repetida y siempre insatisfecha búsqueda del poeta por lo bello y lo poético. Es un erotismo de arte poética al borde del abismo, atraído por la arrechura del otro lado, que en Cor Cordium me ayuda a entender por qué dentro de los títulos cristianos de sus últimos libros, los polvos carnales y de palabras están aún presentes: mientras más puta la poesía, más sagrada. Esto se muestra en toda su obra, pero el final de Cor Cordium es clave. No suelo citar versos sueltos para no sacarlos de la musicalidad que los integra al conjunto de una obra, pero creo que aquí sí vale la pena la excepción: “ya llega pues / a Caylloma / y / sé / la puta más cochina / de Lima / y sin embargo pura la rosa / que este documento expone / virgen / de / Fátima / en tu santo”. Desde Adán la Rosa es poesía y desde Róger ambas son coito sagrado.

Y poeta de arte poética. Se podría escribir volúmenes sobre el destino y los límites de las posturas vanguardistas y de rupturas en el universo escritural peruano de fin e inicios del milenio, pero vale la pena esbozar un elemento en boga a mediados de los setenta, que es cuando Róger llega a Lima dispuesto a entregarse de lleno a la poesía en un proceso que lo lleva de vuelta de Insane Asylum (1989). La poesía debía acercarse a la vida y ser de ruptura: Ir más allá del vigente sistema escritural y por ende social. Era un acto de vanguardia. Huellas de los románticos, de Artaud y Rimbaud. Huellas de la contracultura del norte, de los beatniks y el rock, hasta los hippies y Lennon. Pero también una gran presencia de Javier Heraud, del marxismo, del partido y de sus comisarios facho stalinistas que más parecían curas extirpadores. Momentos en los cuales se admiraba a El consejero del lobo. Pero su generación debía ser repudiada y superada. Legado fundacional de Un par de vueltas por la realidad del tayta Juan Ramírez Ruiz. Universo hirviente rumbo a los extramuros. Hojas de ruta que se discutían en movimientos, plenarias, comisiones y manifiestos. La gran presencia de los tamputokos (palabra de Róger) utópicos a la vuelta de la esquina, que se irían a conquistar tras la derrota de Morales Bermúdez. Desde ese escenario salen en la poesía de Róger los temas de la amistad, la solidaridad, la noche, la bohemia de Lima desde el Palermo y el Wony hasta los diversos momentos del Jirón Quilca. Él es uno de muchos escritores heroicos que se quedó en el centro para ver no sólo la debacle de la interpretación de la ruptura social por la vía armada y dogmática sino también la de las izquierdas oficiales, que al cabo del tiempo se refugian en ONGs y en verdades sistémicas, mientras negocian varios intentos de ser --y esto es valioso-- la reserva moral de un país de muchos más dolores morales que los que se hallan en las páginas de Róger. Dicho en otras palabras, la historia que tenía más imaginación que la imaginación, puso a prueba los supuestos de ruptura vigentes y planteó a la poesía, a la política y al quehacer cultural desafíos radicales no respondidos como se esperaba. Róger tuvo el valor de enfrentar esto a partir del arte poética sin caer en la poesía política, pero en un proceso que en un momento lo lleva a declarar que frente a la historia es hinostroziano, pero a un costo desgarrador: “me fui huyendo como dijo Heraud / aunque él sí murió por nosotros / soy hinostroziano no creo / en las guerras no creo en nadie soy / un lumpen maldita la hora en que hablé / con un lumpen no soy un lumpen soy”. Un texto aparecido en 2004 (Eucaristía) que tiene la valentía de aún decir “soy” frente a los estragos de la guerra y la retrechera chingana de la vanguardia y el rupturismo. Sabemos que Róger fue impulsor de varios movimientos artísticos entre los que se destacan Kloaka y las bandas de rock underground. No conozco mucho sobre estos movimientos y no sé de su huella en la poesía de Róger, pero, como repite mi cuate Pedro Granados, solitarios son los actos del poeta como el amor y la muerte. Al final tuvo que enfrentar sapachallan urpi5 su ingreso en un sanatorio para salir no sólo con un testimonio sino con una declaración que me parece fundamental para reflexionar sobre los límites del rupturismo en el arte: “yo que he estado, que he vivido un tiempo --el suficiente, el necesario-- en un hospital para enfermos mentales; reinvindico no sólo la famosa frase de Martín Adan ‘allí adentro se está mejor que afuera’ sino el amor con que uno aprende a vivir luego de esa experiencia. Amor que quiere decir muchacha, amor que quiere decir ‘ni matar ni morir’ como me dijo una tarde de amistad y poesía Rodolfo Hinostroza” (nota al final de Insane Asylum). Más acá de los requerimientos sacrificiales tanto del sistema como de la ruptura. Y de la banalidad de la locura como fetiche. Al escribir esto, a mí que tengo mi bobo, se me mueve el piso. Y veo que en el arte, cual enigma Zen, las verdades más sencillas y profundas están muy cerca. Pero para llegar a ellas hay que caminar largo y con riesgos. Lo importante es regresar enteros, vivitos y coleando, sin que al final el corazón sea un botón más de la camisa de fuerza, sino el camino a una síntesis espiritual y creativa más avanzada. Algo a lo que me parece Róger apunta mientras escribe desde el río Cooper.

Dados estos hilos conductores, y aunque para mí son todavía un misterio los títulos cristianos de sus últimos libros, dan ganas de meterme en un Büssing imaginario y seguir releyendo la poesía de Róger, mientras a la vuelta de Villacampa veo a las muchachas del María Parado de Bellido saliendo del colegio.

Gracias por el viaje, amigo Róger. Abraxas.

El major cafe especial del mundo en Sandia Puno

Razon para seguir pensando que la agricultura es una muy buena inversion social y economica. Felicitaciones a los cafetaleros de Sandia. Noticia tomada de SER.

lunes, 19 de abril de 2010

Humberto Campodonico sobre Tia Maria

Un buen articulista de un diario local -que ya fue y de otro modo ya esta deslegitimando el derecho humano al agua y el medio ambiente- pone los puntos sobre las ieas sobre los prioritarios derechos de los pobladores de Islay. Seria deseable que este y otros articulistas serios fueran parte de una diario mas desmarcado. Aqui el articulo de Humberto Campodonico

viernes, 16 de abril de 2010

Informe de Bagua en minoria

Acaba de salir el informe de Bagua en minoria, que da una imagen mas cercana a la realidad que el informe oficial, que como fuente es poco creible en esta y en otras instancias asi la apoyen las opiniones descarriadas de periodistas e intelectuales contractors.

Unos comentarios interesantes se pueden ver en lo que dice Servindi al respecto

Aunque lo que verdaderamente ocurio nunca se sabra, por que en estos tiempos el periodismo y las comisiones son fabricas de enganhos verosimiles

Por otro lado Hawansuyo lamenta que via E mail Ideele haya presentado la noticia como que pario PARIÓ PAULA (Bagua...) eso lleva al IDL a los mismos niveles de banalidad que el gobierno

aqui el informe

INFORME MINORÍA CAPITULOS

miércoles, 14 de abril de 2010

Literatura y derechos humanos

Literatura y Derechos Humanos



20, 21 y 22 de abril

Centro Cultural de España

Ingreso libre



El Centro Cultural de España como entidad promotora de formación intelectual y crítica organiza el ciclo de charlas “Literatura y Derechos Humanos”. Actividad que se realizará los días 20, 21 y 22 en el marco de la exposición del mes de abril, Vidas minadas: diez años, conmovedoras e impactantes imágenes del fotógrafo español Gervasio Sánchez.



Escritores e investigadores se darán cita para tratar temas como la “Quema y censura de libros y autores(as) en el Perú”, “El cuerpo como campo de batalla y botín de guerra” y “Las brechas invisibles: inclusión en el espacio social”. Participan Ricardo González Vigil (escritor, crítico literario e investigador), Gaby Cevasco (escritora e investigadora – CMP Flora Tristán), Rocío Silva Santisteban (escritora e investigadora), Giancarlo Cornejo (sociólogo e investigador), José Güich (escritor y profesor universitario) y Maggie Pimentel (Foro Salud)



Los invitamos a nuestro local ubicado en Natalio Sánchez 181, Santa Beatriz a partir de las 7:30 p.m. y ser parte del debate, la crítica y la reflexión.



Agradecemos su difusión



Prensa CC de España

3300412





Programación



Martes 20 de abril (7:30 p.m.)

“Quema y censura de libros y autores(as) en el Perú”

Ponentes: Ricardo González Vigil (escritor, crítico literario e investigador) y Gaby Cevasco (escritora e investigadora – CMP Flora Tristán)



Miércoles 21 de abril (7:30 p.m.)

“El cuerpo como campo de batalla y botín de guerra”

Ponentes: Rocío Silva Santisteban (escritora e investigadora) y Giancarlo Cornejo (sociólogo e investigador)



Jueves 22 de abril (7:30 p.m.)

“Las brechas invisibles: inclusión en el espacio social”

Ponentes: José Güich (escritor y profesor universitario) y Maggie Pimentel (Foro Salud)





Augusto Carhuayo Valenzuela
Asistente de Prensa
AECID. Centro Cultural de España en Lima
Natalio Sánchez 181, Sta. Beatriz, Lima
Embajada de España en Perú
TEL. (+51-1) 330 0412.Anexo 29 - Fax. (+51-1) 330 0413
prensa1.cce@aecid.pe http://www.ccelima.org

lunes, 12 de abril de 2010

El placer de comprar en el mercado / Lilian Nieto Fernandez



El placer de comprar en el mercado

EL PLACER DE COMPRAR EN EL MERCADO

Lilian Nieto Fernández


Recuerdo que de niña, cuando acompañaba a mi madre a hacer las compras de la

semana en el mercado, buscar los mejores productos a los más bajos precios, era

un acontecimiento importante. El regateo, la oferta y la demanda, la caserita o el

caserito, que te trataba como si fueras la mejor de sus clientas, hacía que terminaras

comprando más cosas de las que habías programado. El mercado era punto de encuentro

de personas que muchas veces ni se conocían y allí entablaban conversaciones

amistosas y algunos chismes sabrosos, con la libertad que solo el mercado te

permitía, y que era compartida entre clientes y vendedores de los puestos del

mercado. Si alguien de la familia estaba enfermo, allí estaba el yerbero y la opinión de

algunos compradores que aconsejaban las mejores recetas.


Mi madre se llevaba algunas yerbas adicionales, por si sufríamos otras dolencias.

Recuerdo haber tomado – po si acaso- aguas con sabores horripilantes para prevenir

alguna enfermedad o fortalecer algún órgano. ¡Era extraordinario sentir el aroma

de las verduras y las frutas frescas! Y escuchar el pregonar de cada

puesto ¡caserita compre las ricas manzanas rojas y sabrositas, pregunte nomás sin

compromiso, pruebe caserita, aquí le regalamos la fruta, venga, venga, los precios

más baratos los tiene Juanita! Era maravilloso sentir la cercanía de la gente y ver

el intercambio social y cultural; encontrar personas de diferentes lugares del Perú;

escuchar los diferentes acentos, el descontento o la algarabía, la mezcla de sabores,

olores y colores.

Han pasado un poco más de tres décadas de aquello, y hoy casi han desaparecido

estos lugares de encuentro. Casi todos acudimos a los súper, donde los

productos están organizados bajo un sistema marketero y crean ofertas ficticias, de

tal manera que terminas comprando hasta lo que no necesitas. Están dispuestos para que

te atiendas, sin necesariamente intercambiar opinión con nadie. El proceso es impersonal

pero práctico.


Pero aún existen algunos mercados al aire libre. Con gran alegría descubrí uno

relativamente cerca de mi casa. El huachi de la esquina me dijo que yendo hacia Villa el

Salvador quedaba el mercado de SAN JUAN DE DIOS, uno de los más grandes del Perú,

donde se encuentra de todo.


Como todas las mañanas llegó Carmencita (la señora que trabaja en casa desde hace

casi 14 años y se ha convertido en un miembro más de mi familia). Le conté sobre

mi maravilloso descubrimiento, y se le iluminó la cara. Me di cuenta que ella también

disfrutaba de las visitas al mercado. Tomamos un microbús que nos dejó muy cerca del

mercado. Cuando llegamos me quedé impresionada de lo grande que era, y como se

conservaban algunas costumbres. Estaban las tiendas mayoristas y los minoristas, las

piñaterías, los puestos de abarrotes, las tiendas de ropa, lanas, enseres, plásticos, frutas,

verduras, pasamanería, carnes de todo tipo; y, en las afueras lo mismo. De todo a precios

cómodos, al costado de las tiendas, están instalados los verduleros y fruteros a manera de

feria, ofreciéndote lo mismo pero a precios más bajos.

Fue extraordinario encontrarme nuevamente con aquello que viví de chica con mi madre.

Encontré a muchos de mis paisanos apurimeños, que no han perdido la dulzura y el trato

cordial, sobre todo cuando saben que tienes sus mismas raíces. Volví a sentirme acogida

y libre de comprar lo que yo quiera y a quien quiera.


Llegando me encontré con un festejante pícaro apurimeño que me vendió unas

papas Yungay nativas (deliciosas), con yapa incluida por ser mi paisano, y la esposa

complaciente y encantadora, se aprovechó para venderme todo lo que podía. Seguro

que esa técnica les da resultado, allí dejaba todo lo que iba comprando. Encontré

la misma diversidad de gente, algunos menos amables y otros absolutamente

encantadores, y con la mitad de lo que gasto normalmente, compré casi el doble de

lo que acostumbro.

Disfruté de la fragancia del perejil, la hierbabuena, las frutas y hortalizas que me

transportaron a la tierra de mi bisabuela y mis raíces.




Lilian Nieto Fernandez es una actriz y cantante chalhuanquina tuytuq mote.


Fotos: Fredy Roncalla

Bagua un anho despues comentario a un articulo de Martin Tanaka / Nila Vigil

Aqui un importante esclarecimiento al chorro de hanllaquerias, que como buen intelectual funcional o contractor nos tiene acostumbrado un conocido articulista de un diario local. Nila Vigil continua con su importante labor de esclareciento de temas urgentes y relativos a la Amazonia, el racismo y las varias formas de discriminacion. Ver el articulo.

Tomado del Instituto Linguistico de Invierno

Ethovisions / Etnovisiones de Wilton Martinez


El antroplogo visual, documentarista, psicologo y gran compadre Wilton Martinez acabade publicar su esperado Web Page, Ethnovisions donde podremos ver su vasta y variada obra.

jueves, 8 de abril de 2010

Julio Noriega sobre la poesia Quechua de Ugo Carrillo en Quehacer



Muy buena la caratula, pero se olvidaron de poner un enlace al articulo del wayki Julio Noriega. Que lo hacemos noqayku. Hinapas kachun.



Poder y Sociedad
Ollanta es el caudillo más normal que conozco. Entrevista a Sinesio López / SANCHEZ LEON, Abelardo; PAREDES OPORTO, Martín 7
Por una izquierda civilizada (o la balada del gol perdido) / FERNÁNDEZ MALDONADO, Enrique 16
La candidatura de Bayly puede ser lo mejor que le ha pasado al Perú / UBILLUZ, Juan Carlos 22
Suena a sarcasmo hablar de fraternidad entre los apristas. Entrevista Luis Alberto Salgado / SANCHEZ LEON, Abelardo 30
Orden e izquierda / TOCHE MEDRANO, Eduardo 40
Seguridad ciudadana y derecho a la ciudad / ZOLEZZI, Mario 46

Universidades Bambas
La universidad en el Perú o el matrimonio del cinismo y el autismo / VELÁSQUEZ CASTRO, Marcel 52
Universidades por regiones / Quehacer 58

La estrella solitaria
Chile: el fin de un ciclo político / VELASCO, Patricio 66
Chile: ¿cambia, todo cambia? / ESCOBAR LA CRUZ, ramiro 72
Sebastián Piñera, nuevo presidente de Chile. ¿Y ahora qué? / VIDARTE ARÉVALO, OScar 78

Tierra adentro
El perro glotón y su misterioso capital / CHIRIF, Alberto 86
La poética bilingüe de Ugo Carrillo Cavero / NORIEGA BERNUY, julio E. 94
Democracia y proyectos inconclusos en el sur / TORO, Oscar; MUÑOZ, Arturo 102

Cultura
Los hechos de la vida / MARTINEZ, Tomás Eloy 112
La conexión perversa: la violencia familiar y la violencia animal / TRINIDAD, Rocío E. 122

Nota de prensa

En medio de un ambiente electoral la revista abre con una larga entrevista al sociólogo Sinesio López sobre su adhesión, junto a otros intelectuales de izquierda, a la candidatura presidencial de Ollanta Humala y su apuesta por un gobierno humalista. Que la izquierda peruana necesita un nuevo discurso atractivo es una necesidad a gritos. Enrique Fernández Maldonado indaga cómo podría ser una “izquierda civilizada” local, ¿o estamos hablando de una balada del gol perdido? En los últimos meses, Jaime Bayly ha entrado en la arena política con una peculiar candidatura presidencial de la manera más estridente y controvertida. ¿A quién representa Bayly? El crítico cultural Juan Carlos Ubilluz analiza el fenómeno mediático Bayly y sus repercusiones en el sistema político nacional. Se dice que el Apra es el partido más organizado que existe. Pero cuando se trata de elecciones, no creen en nadie y la histórica fraternidad aprista se deja de lado. Eso es algo que pasó en el último congreso aprista y sobre lo que pasa en el interior del llamado partido del pueblo nos habla Luis Alberto Salgado, aprista crítico de la actual cúpula en el gobierno. ¿El concepto de orden ha sido apropiado por la derecha? ¿Por qué el orden no es un concepto trabajado por la izquierda, más vinculada a subvertir el orden? ¿Es el orden una idea conservadora, represiva, autoritaria? Sobre este tema escriben Eduardo Toche y Mario Zolezzi, investigadores de desco.

Qué pasa en el sur del país? ¿Quiénes se perfilan para las presidencias regionales y municipales de Arequipa, Cusco o Tacna? Óscar Toro, vicepresidente de desco, y Arturo Muñoz, analizan la coyuntura político-electoral en esa disputada zona del país. El destacado antropólogo Alberto Chirif vuelve a revisar la propiedad comunal indígena después de la colaboración entre el gobierno y Hernando de Soto, propulsor de la propiedad individual en el medio rural. El sistema universitario en el Perú ha colapsado y se ha convertido en una inmensa fábrica de títulos a nombre de la Nación. El caso de la Universidad Alas Peruanas revela que algo se pudre detrás de sus locales. Marcel Velásquez escribe sobre la crisis por la que atraviesa la universidad peruana. La reciente toma de mando del presidente de Chile, Sebastián Piñera, sucede en el peor de los momentos para ese país después del terremoto que destrozó el sur chileno. ¿Qué puede hacer Piñera? Escriben los analistas Ramiro Escobar, Patricio Velasco y Óscar Vidarte. A comienzos de año falleció el destacado periodista y escritor argentino Tomás Eloy Martínez, famoso por sus crónicas y por su novela Santa Evita. Lo recordamos a través de un artículo suyo donde explica su pasión por el periodismo y que constituye hoy un testamento para las nuevas generaciones de periodistas.

Lima, 31 de marzo de 2010

martes, 6 de abril de 2010

Peru Fest en NYU



PERUFEST es un festival de cine que presentará las más recientes producciones cinematográficas del Perú. En este festival serán presentados largos, medio y cortometrajes de la nueva generación de jóvenes directores peruanos. PERUFEST es un festival pionero en New York University, pues es la primera vez que se presenta un evento dedicado exclusivamente al cine peruano.

Las películas, cuidadosamente seleccionadas, permitirán mostrar la gran variedad de estilos y técnicas, así como los diversos temas abordados por los jóvenes directores peruanos: conflictos sociales, relaciones familiares, violencia política, reflexiones y críticas sobre el propio quehacer artístico, etc. Muchos de estos jóvenes directores han sido premiados en festivales internacionales como: Berlín, Cannes, San Sebastián, Biarritz, entre otros.

Los directores incluidos en esta edición de PERUFEST son: Cady Abarca, Rossana Alalú, Silvana Aguirre, Juan Manuel Calderón, Omar Forero, Rosario García-Montero, Melina León, Claudia Llosa, Josué Mendez, Fernando Montenegro, Enrica Perez, Antolín Prieto, Valeria Ruiz, Aldo Salvini, Claudia Sparrow, Marianela Vega y Gabriela Yepes.

Se presentarán 5 largometrajes, 2 mediometrajes y 10 cortos. De las películas incluidas en el programa destacan los largometrajes

Dioses (2008) de Josué Mendez y Madeinusa (2006) de Claudia Llosa.

Todas las películas y cortos tienen subtítulos en inglés. La entrada a todos los eventos es gratuita. Habrá sesiones de conversación entre el público asistente y los directores: Melina León, Juan Manuel Calderón y Cady Abarca.
Festival de cine en NYU

contacto:

Claudia Salazar
perufest2010@gmail.com

Se puede ver el programa en el web del festival

http://perufest.wordpress.com

Sobre la coca y el simbolismo de lo blanco / escritos mitimes capitulo 5

favor golpear en full scrren para leer el texto

Sobre la coca y elsimbolismo de lo blanco

Pero todo esto lo explica mejor Sonia Yasmina

lunes, 5 de abril de 2010

The Color of the Sublime is White / Jeffrey Downard

Un material que va permitir la relectura tanto de Flores Galindo como del Taki Onqoy / Qampeq Taki en el sentido que la guerra interna y el Taki Onqoy / Qampeq Taki significa(ron) los cuestionamientos mas radicales a la carga colonial de la razon hegemonica (en formacion- taki onqoy / en crisis -guerra interna) de sus respectivos momentos. Aumento que se hace necesario un analisis de lo sublime sin pasar por Kant, que era, y sigue siendo, insoportable. Seria posible, por ejemplo, cimentar una teoria de lo sublime a partir del Qampeq Taki? Y que podriamos encontrar al respecto en la interesante, y poco estudiada en la llaqta, produccion teorica de los indios americanos? O es que el camino esta en las poeticas verbales, musicales y pictoricas andinas, de las cuales la estridencia neoliberal no debe cegarnos de los nawin pukyos. Tiempo ya de salir del atavico provincialismo de la griega su mitologia.

The Color of the Sublime is White

Jeffrey Downard

ABSTRACT

In this paper, I examine Melville's discussion in Moby Dick of the whiteness of the whale from the perspective of a Kantian account of the sublime. My aim, in the first instance, is to see if the comparison helps to shed light on Melville's puzzling discussion of the color white and why this color serves to heighten the feeling of being overwhelmed by terror when confronted with something extremely large or powerful. In turn, I intend to use Melville's discussion of whiteness to put pressure on some of the philosophical assumptions behind a Kantian analysis of the sublime. In particular, I hope to show that Melville's account of the war between Captain Ahab and the great white whale can serve as an aesthetic counterexample to the Kantian claim that both generals and war are sublime-but only if the general possesses civic virtue and the war is conducted in a just manner. I will attempt to use this counterexample to challenge the philosophical assumption that the power of reason is the basis of our nobility in the experience of the sublime, for this assumption is behind those contemporary accounts of the sublime that have been motivated by the Kantian analysis. As a result, the argument of this paper is an attempt to offer philosophical support to the efforts of those contemporary artists who, like Robert Motherwell, draw inspiration from Melville's discussion of the color white.

KEY WORDS

aesthetics, sublime, beauty, reason, imagination, Moby Dick, Melville, Kant, morality, humanity

1. Introduction

In a 1952 essay on the American Action Painters, Harold Rosenberg claims that "the American vanguard painter took to the white expanse of the canvas as Melville's Ishmael took to the sea."[1] One of the reasons Moby Dick was important for this generation of artists is that the novel engages in an ongoing debate between artists and philosophers concerning the proper understanding of the aesthetics of those things that seem to make us feel small and powerless. Melville's Moby Dick is rife with symbolism designed to evoke the experience of the sublime.[2] For example, there is the endless globe-circling of the whaling voyages, the imperturbable depths of the ocean, and the enormous power of the great white whale. In a central chapter entitled "The Whiteness of the Whale," Ishmael, the narrator of the story, uses examples such as the whiteness of the polar bear, the artic albatross, and the great steed of the prairies to explain why it is the color of the whale that evokes in him feelings of terror. The aim of this paper is to compare Melville's literary discussion of the whiteness of the whale with a philosophical analysis of the sublime.

In making this comparison, I intend to draw on a Kantian account of the sublime, and I have a number of reasons for using this account as a framework for the discussion.[3] First, Kant's aesthetics was enormously influential both in philosophical circles and in literary circles during the period when Melville was working as a writer. Second, Melville makes a number of direct references to the Kantian philosophy-including his aesthetics--over the course of the novel. These facts lead me to believe that Melville's many examples of sublimity, and in particular his discussion of the color of the whale, might profitably be read in light of a Kantian account of the aesthetics of the sublime.

In addition to shedding some light on Melville's rather puzzling chapter, I have an additional motive for comparing the discussion of the whiteness of the whale to Kant's analysis of the sublime. I hope to show that certain features of Melville's discussion can be used to raise a philosophical objection to the Kantian account. In particular, Kant argues that it is our rational humanity that enables us to remain undaunted in the face of those things that threaten to overpower us. In Melville's discussion of the whiteness of the whale, it is the fact that the color white simultaneously stands for what is most noble and pure, and at the same time also stands for what is most deadly that is the source of the special terror that Ishmael claims to experience when confronted with Moby Dick. In this paper, I will attempt to show that Melville's account can be used to put pressure on some of the philosophical assumptions behind Kant's account. In turn, these same considerations should give us reason to rethink some of the terms of the contemporary debate about the aesthetics of the sublime-especially those parts of the contemporary debate that have been shaped by Kantian assumptions.[4]

2. The Whiteness of the Whale

Melville's chapter on the whiteness of the whale directly follows a chapter entitled "Moby Dick." In the earlier chapter, Melville tells the reader what the whale symbolizes to Ahab, the captain of the ship and the primary agent behind the hunt for the great white whale. In the latter chapter, Melville tells the reader what the whale symbolizes to Ishmael, a member of the crew who works before the mast and takes his orders from the captain. In order to understand why it is the whiteness of the whale that causes Ishmael such dread, we should start with a brief account of what the whale means to Ahab.

Captain Ahab tells his crew that he is no stranger to the great white whale. In fact, on a previous voyage, they met in deadly combat, the direct result of which was the loss of his leg. Having suffered such a terrible physical loss, Ahab lay for many weeks in delirium as the ship rounded the Horn and headed for home. The narrator of the story tells us that, as Captain Ahab lay in his bed, his "torn body and gashed soul bled into one another; and so interfusing, made him mad."[5] In time, Ahab's madness became concentrated upon the whale. The result was that Ahab now had a "thousand fold more potency" than before.

One might, like Starbuck, the first mate, think that it is more than just madness to seek revenge against a dumb animal such as a whale. After all, it seems preposterous to suppose that Moby Dick acted out of anything other than blind instinct. In his attempt to bind the crew to his end, Ahab explains his purpose in hunting the whale. On Ahab's view, the whale is more than just a dumb brute. On the contrary, all visible things are "pasteboard masks" from behind which some "unknown but still reasoning thing puts forth his features. . . . " If a man is to land a blow against that unknown thing, he must "strike through the mask." Ahab admits that, at times, he thinks there might not be anything behind the mask. Nevertheless, for Ahab, the great white whale stands for "outrageous strength, with an inscrutable malice sinewing it." And this forms the basis of the pact between Ahab and the rest of the crew. Starbuck thinks it is blasphemy to seek vengeance against one of God's creations. But Ahab could care less about such concerns:

Talk not to me of blasphemy, man; I'd strike the sun if it insulted me. For could the sun do that, then could I do the other; since there is a sort of fair play herein, jealousy presiding over all creation. But not my master, man, is even that fair play. Who's over me? Truth hath no confines. (ch. 36)

Such is the basis of Ahab's madness. Melville reminds us that there is a fine line between the kind of madness that manifests itself as insanity, and madness that exhibits the special powers of genius. For example, in the Phaedrus, Plato draws an analogy between the special form of madness that is exhibited in augury and prophecy, and the inspiration that a poet exhibits when giving a beautiful speech.[6] Melville appears to have a similar idea in mind when he explicitly refers to Plato and then draws an analogy between Ahab's madness and his special genius. Ahab's attempt to seek revenge against the supernatural powers that lie behind the mask is analogous to Prometheus's attempt to seek revenge against Zeus. In defiance of Zeus' command not aid human beings, Prometheus has given human beings fire and many other gifts. In turn, Zeus has decided to punish Prometheus by chaining him to a rock and commanding Moira to peck at his liver-despite the fact that Zeus and the other Olympians were able to overthrow the Titans only with the help of Prometheus' foresight.[7]

What Moby Dick means to Ahab is the personification of the impersonal powers in nature. The purpose in seeking revenge against these unjust powers is to take the case of man to bar. Insofar as Ishmael has, like the rest of the crew, formed a pact with Ahab, he too is committed to the pursuit of the white whale. But what the whale means to Ishmael is something different from what it means to Ahab. In order to explain why it is the whiteness of the whale that he finds so appalling, he begins with a list of examples of the more noble things that white has come to symbolize. Generally speaking, whiteness tends to enhance the beauty of natural objects. For example, the beauty of pearls, marble and japonica is, in each case, enhanced by their white color.

In many different cultures, at many different times, white has been emblematic of nobility. For example, in the sixteenth century the kings in the capital of Burma used the title "Lord of the White Elephants" as a symbol of their royalty, and the modern kings of Siam employed the same animal as their symbol. The flag of the Hanoverian kingdom bears the figure of a snow-white horse, and white was the imperial color of the Austrian empire. It is the color of the innocence of the virgin bride, a symbol of joy for the Romans, of honor for the American natives, and of justice in the legal systems of Europe. The white forked flame was held to be holiest by the Persian fire worshippers, in Greek mythology Jove was made incarnate in the form of a snow-white bull and, in Catholic ritual white robes are worn by priests and given to those who are redeemed.

What Ishmael finds puzzling is that the very same color that evokes such feelings of joy, innocence, holiness, and justice, also serves to heighten the feelings of terror when conjoined with something terrible. Once again, Ishmael starts with a list of examples, including the whiteness of the polar bear and the great white shark. Why, asks Ishmael, does the color of these animals serve to heighten the terror we experience when we imagine confronting such dangerous creatures? There is something about the ghastly color of the bear and the shark that makes them seem more terrible than other dangerous creatures, such as the Bengal tiger. Consider the arctic albatross, made famous in Coleridge's "Rhyme of the Ancient Mariner," or the white steed of the prairies. The former stands to the seafaring man as the latter stands to the plains Indians. For both, they are the object of the highest reverence and awe. In the case of the white steed, the feeling of awe cannot be separated from the fact that the horse appeared to the Indian as a divine creature.

Even in cases where there does not appear to be any sense in which the object is divine, there is something about the color white that heightens the experience of terror. For example, the appearance of an albino man is shocking to the eye. What is more, it is the pallor of the skin of a dead person that we find especially appalling. This feeling of dread is something we attribute to all of our ghosts and phantoms-witness the pale color of the horse that the figure of Death rides in the Apocalypse.

Ishmael asks how we are to account for the fact that the color white serves to intensify the feeling of terror in the experience of those things we find most terrible. Why, he asks, does the passing of a white friar or white nun evoke such dread on the part of an unsophisticated Protestant? Why does the white tower of London affect the imagination more strongly than the Byward tower or even the Bloody tower? Why do the White Mountains of New Hampshire affect our imaginations more strongly than the Blue Ridge Mountains of Virginia? Ishmael concedes that it may not be possible to analyze the cause of these heightened feelings of terror and dread. Nevertheless, he insists that there is something about the color white that serves to heighten these feelings.

Regardless of the fact that Ishmael thinks it is difficult to provide an analysis of such experiences, I propose to examine his comments about the whiteness of the whale from the perspective of Kant's aesthetics of the sublime. My aim in this next section is to focus on those parts of Kant's analysis that might help to shed light on Melville's discussion of whiteness. After we have managed to put enough of Kant's account on the table before us, I propose to put the Kantian account to work and attempt to see what might be beneath the surface of Melville's discussion of the whiteness of the whale.

3. Kant's Aesthetics of the Sublime

In the Critique of Judgment, Kant separates the discussion of the sublime into two parts. In the first part, he gives an account of what he calls the mathematically sublime, and in the second part he gives an account of what he calls the dynamically sublime. The former deals with the type of experience that is occasioned by things that appear to be absolutely large, such as mountains, oceans, and the starry skies. The latter deals with the type of experience that is occasioned by those things that appear to be absolutely powerful, such as large overhanging rocks, lightning and tornados.

The first point Kant makes is that the experience of the sublime is initially painful.[8] Later, he tells us that the basis of the feeling of pain is due to a failure on our part. When we have an aesthetic experience of something that is extremely large, such as the ocean, or very powerful, such as a storm, in which our imagination is under a constraint to bring the manifold of the experience into totality. Reason imposes the demand for totality, but it is up to the imagination to meet that demand in an aesthetic judgment. The problem is that the imagination isn't up to the task. When the imagination attempts to bring the manifold of the presentation of an object, such as the ocean, into totality, it finds that it is unable to meet the demand. The ocean is just too large, and the storm is just too powerful for the imagination to bring the manifold of experience together into unity. In a sense, the ocean appears to be infinitely large, and the storm appears to be infinitely powerful.

Kant maintains that, strictly speaking, it is not the object that is sublime. (pp. 107-113) In the first place, it would be a mistake to say that many of the objects that give rise to an experience of the sublime are infinite in size or power. For example, we can experience the pyramids of ancient Egypt as sublime even though the pyramids are finite in height. In order to experience such an object as sublime, we must view the object from the proper perspective. If we stand too close to the pyramids, we can see only a small part of a single block. If we stand too far away, the pyramids as a whole seem quite small on the horizon. However, when we view them from the proper perspective, the sheer size of the pyramids seems to overwhelm our powers of apprehension.

Objects that appear to be absolutely large, such as the oceans and mountains, make us feel insignificantly small in comparison. As such, the feeling of pain that we experience when we are unable, using our imagination, to take it all in, gives rise to a feeling of insignificance, or despair. Objects that appear to be absolutely powerful, such as a storm or a flash of lightning, make us feel powerless in comparison. It is in the experience of the dynamically sublime that we most often feel fear. In the face of the overwhelming power of the storm, we experience the fear that there is nothing we can do to achieve our human goals. In effect, we seem powerless to accomplish our aims.

Kant is careful to point out that in cases where we are overwhelmed with real fear, such as when we find ourselves caught in the middle of a life threatening storm, it is difficult to experience the storm as sublime. (pp. 119-123) The reason is that our judgment of the power of the storm is made in relation to our real efforts to accomplish our goals, such as the aim of keeping ourselves out of harm's way. In order to preserve the aesthetic effect of such experiences, we must view them from the proper distance. In such cases, we can aesthetically imagine the threat of the powerful storm, but we are not overwhelmed by real fear for life and limb.

If this aspect of the experience were all there was to the sublime, it would be more than just a little puzzling as to why we find ourselves drawn to such aesthetic experiences. Kant's answer is that there is more to such an aesthetic judgment than just a feeling of dissatisfaction with the powers of the imagination. The inability of the imagination to bring the manifold of appearance into totality serves as a reminder that there is something in us that is not overwhelmed. The basis of our ability to remain undaunted in the face of something that appears absolutely large is our own power of theoretical reason and its idea of infinity. Along similar lines, the basis of our ability to remain undaunted in the face of something that appears absolutely powerful is our power of practical reason and the idea of our moral humanity. According to Kant, the idea of the infinite and the idea of our moral humanity are ideas that have their origins in our powers of reasoning. (pp 124-6) In the first case, the idea of the infinite is something that we are able to grasp in virtue of our capacity to construct a mathematical series for which there is no limit. Or, to take the other case, the idea of the infinite worth of our moral humanity is something that we are able to grasp in virtue of our capacity to impose moral principles on our own conduct.

The primary reason we find the experience of the sublime so attractive is that the initial feelings of repulsion lead us to reflect on the infinite character of our own powers of reasoning. As a result, the initial feelings of pain are converted into feelings of pleasure. The pain we feel when we realize that our imagination is unable to bring the experience into totality leads to a feeling of satisfaction in our power of reason. Upon reflection, the imagination seems limited in its powers, but reason has its own aspect of infinitude. As such, we take pleasure in reflecting upon this comparison between imagination and reason. The finitude of the imagination is counterbalanced by the infinitude of our reason. We are aware that this is the proper relation between the two powers because it is our reason, and not the power of the imagination, that is the basis of our true vocation as moral agents.

For Kant, the differences between the experience of beauty and the experience of the sublime leads us to think of nature in very different terms. In the experience of natural beauty, we take pleasure directly in the object. We have a sense that the natural object seems to possess an underlying beauty that is well proportioned to our power of imagination. It sets our imagination into free play. The unity of the natural object is reflected in the harmony between imagination and reason. The experience of the natural beauty leads us to assume that nature as a whole is well suited for us. In effect, we are led to assume that nature is on our side in our attempt to realize our vocation as moral agents.

In the experience of the sublime, the objects of nature initially lead us to feel pain. We have a sense that the natural object is contra-purposive for our power of imagination. Because the object seems to be absolutely large or powerful and our power of imagination is unable to bring the presentation of the object into totality, we initially have a sense that nature threatens to overwhelm us. The finitude of the imagination in the experience of the sublime leads us to reflect on the powers of reason. Because we are aware that reason has its own ideas of the infinite, including the idea of our moral humanity, the experience of the sublime offers a very different moral education. In the experience of the sublime, we are led to assume that nature is not well suited for us but, morally speaking, we are superior to its power. Despite nature's ability to frustrate our attempt to realize any contingent end that we might pursue, the freedom of our will is not diminished.

4. The Transition from Simple Fear to Terror

Ishmael's discussion of whiteness clearly includes examples that fall within Kant's classification of both the mathematically and the dynamically sublime. The central example of the book--that of the great white whale-is an example that fits within both categories of the sublime. The whale is the largest the whaling men of the Pequod have ever seen. What is more, the whale has a reputation as the most powerful beast that any whaler has ever dared to fight.

If we examine Ishmael's discussion of whiteness from the perspective of Kant's aesthetics of the sublime, a number of points come to the fore. The most striking point is that the whiteness of the polar bear, the snow capped mountains, and the combers on the ocean serve, in each case, to transform the natural feelings of fear into an overwhelming feeling of terror. In Melville's own words, the whiteness is the "intensifying agent" in those terrible things that makes them seem infinitely large and infinitely powerful.[9] This aspect of the experience is precisely what is needed, on Kant's account, to transform the feelings of fear into an aesthetic experience of the sublime. The reason is that something gives rise to an experience of the sublime only if we are capable of seeing it as infinitely large or infinitely powerful.

Like Kant, Melville is careful to point out that this is largely a matter of perspective. For some people, especially those who seem to be relatively immune to an active imagination, the white-capped mountains of the Andes are fearful but they are not terrifying. For example, the native Indians of Peru, who happen to live at the base of those very mountains, may acknowledge the fearful character of the inhuman solitude of those peaks but they do not experience dread at the sight of those mountains. Similarly, a sailor who is approaching land might experience fear at the sight of white breakers. Yet the result of that fear is not a feeling of dread but vigilance in sounding the bottom to make sure that the ship does not end up on those rocks. In both cases, the native Indians and the sailors have a healthy fear of those things that might cause them harm but they do not experience terror.

This is very different from the experience of the sailor who is out at sea, far from any shore, who sees a midnight sea of milky whiteness. In such a case, the sailor does experience terror. But it is not clear why the sailor feels such dread. Ishmael's explanation is that the whiteness of the deep sea at night is like a "shrouded phantom" that is as "horrible to him as a real ghost." (ch. 42) Ishmael's contention is that there is something about the whiteness of such objects that transforms our experience into a feeling of terror. My suggestion is that the whiteness of the object activates our imagination and makes it seem as if the object were infinite. Consequently, there is something about the whiteness of the artic albatross, and the whiteness of great steed of the prairies, and the whiteness of Moby Dick that makes them seem infinite and beyond the abilities of our imagination to comprehend.

This is precisely the point the Ishmael makes at the end of the chapter when he tries to answer the question of why the color white serves to intensify such experiences. His initial suggestion is that the indefiniteness of the color serves to shadow forth "the heartless voids and immensities of the universe" (ch. 42). Besides that fact that the Milky Way is white, what is it about the color white that might serve to heighten the feeling of infinity in an experience?

Ishmael considers three possibilities. First, the infinity of the universe is a reminder of our own finitude. As such, it is a constant reminder that, at some point in the future, each and every one of us will suffer annihilation. Second, the color white is, at one and the same time, both the lack of all color and the concrete manifestation of all colors. As a consequence, the color white seems to be a "dumb blankness, full of meaning." Third, he asks us to consider the theory of the natural philosophers, such as Locke and Kant, that all colors are merely secondary properties that do not inhere in substances themselves. On this view, all colors are merely properties that are laid onto the objects of our experience as they appear to us in perception. Consequently, all colors are but "deceits" and "all deified Nature absolutely paints like the harlot." (ch. 42)

Taking these three points together, they make the universe as a whole appear palsied like a leper. We can help to draw out the significance of Ishmael's conclusion if we consider one of the central differences between the beautiful and the sublime. In the experience of the beautiful, it is the underlying unity of the appearance of the object that draws our attention. The beauty of the rose consists in the relation among all of its parts-its petals, stem, leaves, and odor-such that all of the parts come together to form a whole. In an aesthetic evaluation of the beauty of the rose, each of the parts seems to us to be just the way it ought to be in relation to the large whole. The same is true of works of fine art, such as the beauty of a poem or a novel.

The experience of the sublime, on the other hand, is markedly different. In the experience of the overwhelming size of the mountains, or the overwhelming power of a storm, it is not the underlying unity of the objects that comes to mind. Rather, we experience the sublime especially in those things that seem to exhibit a lack of order. According to a Kantian account of the sublime, it is the chaos of the experience that makes it seem like an abyss for our power of imagination. These are the same features that Ishmael tries to focus our attention upon in the conclusion of the chapter. The color white seems to remind us that, despite the beautiful appearances on the outside, there is an underlying lack of order beneath the surface.

5. An Objection to the Kantian Account

In this section, my aim is to use points from Melville's discussion of the whiteness of the whale as a basis for making an objection to the Kantian analysis of the sublime. In order to explain the point of the objection, let us consider two observations that Kant makes about the experience of the sublime. According to Kant, a judgment of sublimity should lead us to attribute a higher rank to the general over the statesman. Unlike the statesman, who stands for the pursuit of political interests and the art of making compromises, the general stands for courage and strength. In a similar fashion, Kant also maintains that a judgment of sublimity should lead us to attribute a higher rank to war than peace. The reason is that war brings out what is most noble in human beings. It forces us to rise up above our personal interests and to fight for a higher cause. Peace, on the other hand, tends to enhance a merely commercial spirit.

It seems clear that Melville's discussion of Captain Ahab is designed to highlight a similar point. Captain Ahab is the general of the ship who is leading his troops into battle against the army of the sperm whale. This army of whales is led by the most powerful of all sperm whales--Moby Dick. Unlike the leaders of commerce back in New Bedford who are primarily concerned about making money, Ahab is committed to a higher purpose. In seeking revenge against the great white whale, his aim is to take the case of man to the bar.

Those who stay on land and those who run from the sea to port seek safety and comfort. But Ishmael maintains that the port is pitiful (ch. 23). Those who retreat to the shore from the howling storm crawl, like worms, back to safety of land. Only those who head out to the open sea are in a position to seek the highest truth, because Ishmael maintains that "all deep earnest thinking is but the intrepid effort of the soul to keep open the independence of her sea, while the wildest winds of heaven and earth conspire to cast her on the treacherous, slavish shore." Ahab exemplifies the difference between these two attitudes when he tells the first mate that he does not care for the riches to be had from a successful whaling voyage. The only thing aim that matters on his voyage is waging war against Moby Dick.

Up to this point, Kant and Melville seem to agree that an evaluation of the sublimity of each case should lead us to rank the general over the statesman and war over peace. At this point, however, the agreements end, because Kant adds two qualifications to his assessment of the general and war. On Kant's account, we can only hold the general in high esteem if he is courageous in battle, and also capable of being civil when in society. The general must constrain his actions by the laws of the land and respect the rights of the people. In a similar vein, Kant maintains that we can only hold war in high esteem if it governed by a just cause. (p. 122)

The qualifications in Kant's estimation of the sublimity of both generals and wars are grounded in philosophical commitments in his underlying analysis. As we have seen, Kant maintains that the basis of our nobility in the face of things that would appear to overwhelm us is our power of reason. In the case of the dynamically sublime, he insists it is our moral humanity that is the root of our nobility. When the whalers of the Pequod go to war against the Moby Dick, they face an enemy that possesses a power that appears to be limitless. In comparison to the power of the whale, the strength of single human being, or even the combined strength of the entire crew, seems miniscule.

According to Ishmael, it is the whiteness of the whale that gives rise to special feelings of terror. More terrible than the size of the whale, and more terrible than its apparent strength, the whiteness of the whale infuses it with aspects of infinitude. Instead of confronting a merely mortal whale, they go to battle against a spiritual power that symbolizes the abyss of death and annihilation. What inspires them to pursue such a formidable enemy is Ahab. As the captain of the ship, it was his intention to pursue the whale, and he was the agent who inspired the members of the crew to form a pact and head into battle.

On the one hand, the commitment of whalers to follow their general into war seems to fit the terms of Kant's analysis quite nicely. After all, they are following a general and not a statesman, and they are leaving the peace and security of land and deliberately choosing to head onto the open sea and to engage in war with Moby Dick. In general terms, the war against the whale clearly symbolizes a presumption that man faces a hostile nature. In this case, the crew of the Pequod is inspired to challenge nature's mastery over us. By engaging the whale in battle, they assert their independence from nature. On the other hand, Ahab is not a model of civic virtue, and the war does not appear to be a model of a just fight. As Starbuck maintains, the decision to purse Moby out of a desire for revenge cannot be justified. When Ahab and Moby Dick engaged in battle some years earlier, the whale took Ahab's leg. However, the whale is nothing more than a dumb brute that acted from natural instincts. It was not a vengeful creature acting from a capricious impulse to harm Ahab. As such, it is blasphemy against nature itself to seek revenge against the whale for the loss of Ahab's leg.

Ahab does not accept Starbuck's argument. What Moby Dick means to Ahab is the personification of the impersonal powers in nature. The purpose in seeking revenge against these unjust powers is to take the case of man to bar. In taking the case of man to the bar, Ahab represents the queenly powers of the individual personality:

No fearless fool now fronts thee. I own thy speechless, placeless power; but to the last gasp of my earthquake life will dispute its unconditional, unintegral mastery in me. In the midst of the personified impersonal, a personality stands here. Though but a point at best; whencesoe'er I came, wheresoe'er I go; yet while I earthly live, the queenly personality lives in me, and feels her royal rights. But war is pain and hate is woe.[10]

Ahab is driven by a desire for revenge. But the battle against the whale is a battle against the destructive forces of nature. The point of the battle is that Ahab refuses to be overwhelmed by the apparent magnitude of such forces. The strength of will necessary to challenge the whale is symbolic of the strength necessary to assert the nobility of human beings in the face of the impersonal and destructive powers of nature.

I would like to point out that, according to the narrator, Ahab was shaped by his first encounter with the whale. When Ahab lunged at Moby Dick from his whaling boat with nothing more than a knife in his hand, and the whale tore his leg from his body, it was as if Ahab had been struck by lightning. The marks of this transformation are the shock of white hair that was left on Ahab's head and the white peg leg that was carved from the bone of the whale. The first battle with the whale and the loss of Ahab's leg was an event that transformed Ahab from a mere captain of a whaling ship into a general ready to lead his troops in a prolonged war against Moby Dick. The result is that Ahab himself comes to personify the nobility of human beings in the face of the destructive forces of nature. In effect, he stands for the very thing that, in Melville's opinion, is necessary for us to maintain our strength in the face of what appears sublime.

What is necessary is not moral virtue. That is illustrated by Starbuck's loss of virtue at the end of the novel. As the first mate of the ship, he felt a moral obligation to save the crew from the blasphemy of the captain. At one point, Starbuck had the opportunity to avert disaster by taking a gun from Ahab's quarters and seizing control of the ship. But, in the end, Ahab's will proved to be too strong for Starbuck's virtuous character. Ishmael cautions us against judging Starbuck too harshly for his failure of virtue. Despite the fact that Starbuck is put forward as the very model of virtue and prudence, we should never have expected the moral character of a person such as Starbuck to withstand the strength of will of a person such as Ahab.

One might accept this point and insist--contrary to the reading I am attempting to develop--that I am judging Ahab too harshly when I point to the amorality of his character and actions. It is clear that Ahab challenges the type of Christian morality that for which Starbuck stands as a model. But one might suggest it is quite possible that Ahab stands for a different type of moral commitment.[11] The reason that I reject such a reading is that Ahab himself maintains that his pursuit of the whale is beyond the requirements of morality. For instance, he agrees that "there is a sort of fair play that governs all of creation," but in the same passage he insists that no even that fair play stands over him.

Despite the fact that Ahab is not a model of civic virtue, and despite the fact that his war against the whale is not a model of a just war, I believe that Ahab's and the war both exemplify the experience of the sublime.

What argument do I have against the Kantian assumption? The main argument I have to offer is the following: By the terms of Kant's own analysis, the main proof in such a dispute about the aesthetics of the sublime is the very aesthetic judgments that we make. When I evaluate Captain Ahab and the war against Moby Dick in aesthetic terms, I find them to be sublime-despite Kant's reservations. In turn, I suggest that you judge them for yourself.

6. Melville and Contemporary Art

In this final section, I would like to examine one lesson that we might draw from Melville's account of the whiteness of the whale for contemporary discussions of art. Some contemporary discussions of Melville's literary art reveal a bias towards the Kantian assumptions. For instance, a number of interpreters assume that the figure of Ahab should be used primarily to make a political point. In their eyes, Ahab is an immoral leader who issues commands as a political despot.[12] He is a dictator who rules his ship with an iron fist, never giving a thought to the safety of the crew or even the financial interests of the owner's of the ship. On a Kantian analysis of the sublime, Ahab fails to represent the nobility of human beings because, as a leader, he fails to exhibit the proper civic virtues.

The primary suggestion I want to make for the contemporary discussion of the sublime is that it is a mistake to unduly constrain our aesthetic evaluations by moral or political concerns. The suggestion I am making has implications for the larger debate about the proper relationship between art, on the one hand, and moral and political interests, on the other. Many assume that art fails to serve its proper function if it does not make the proper moral or political point. I believe that such an attitude is grounded on a mistake. Like Kant, I believe that an appreciation of the beauty of both nature and fine art requires that we set aside any interests-including and moral or political interests--that might unduly bias our judgments.

Where I disagree with the Kantian account is in the analysis of the sublime. It is a mistake, I believe, to place undue moral constraints on the experience of the sublime. Like nature, art can give rise to an experience of the sublime even if it represents powers that are wholly destructive and threaten our very existence. Despite what Kant claims, it is not necessary for a work of art, such as a literary depiction of a whaling captain, to portray the characters as having civic virtue in order for us to find the art sublime.

Robert Motherwell, who explicitly cites Moby Dick as a major inspiration for his own painting, states that, like Melville, the painters of his generation express an attitude that is "rebellious, individualistic, unconventional, sensitive, irritable . . . . This attitude arose from a feeling of being ill at ease in the universe. . . . Nothing as drastic an innovation as abstract art could have come into existence, save as consequence of a most profound, relentless, unquenchable need." This feeling is similar to the "damp drizzly November in his soul" that Ishmael describes at the outset of the voyage. In an introduction to a 1950 exhibition, Motherwell describes his art in the following terms.

The chemistry of pigments is interesting: ivory black, like bone black, is made from charred bones or horns, carbon black is the result of burnt gas, and the most common whites . . . are made from lead, and are extremely poisonous on contact with the body. Sometimes I wonder, laying in a great black stripe on the canvas, what animal bones (or horns) are making the qualities as no painter could except in his medium. . . . The black grows deeper and deeper, darker and darker before me. It menaces me like a black gullet. . . . Only love-for painting, in this instance-is able to cover the fearful void. A fresh white canvas is the void, as is the poet's sheet of blank white paper. But look for yourselves, I want to get back to my white washed studio. If the amounts of black and white are right, they will have condensed into quality, into feeling.[13]

The point Motherwell is making is directly analogous to the point Melville makes in his discussion of the whiteness of the whale. The color white serves to heighten the feelings of terror we experience in the face of something that is large and threatening. The color transforms ordinary feelings of fear into the terror that is indicative of the sublime. My suggestion is that, in judging the sublimity of such works of art, we should hesitate before imposing any undue moral or political constraints on our evaluation. After all, the ability of art to help us confront the "fearful void" may depend upon its independence from just such constraints.

Endnotes

[1] Elizabeth Schultz, Unpainted to the Last: Moby-Dick and Twentieth-Century American Art (Lawrence, Kansas: University Press of Kansas, c1995).

[2] Herman Melville, Moby Dick; or, The Whale (Oxford: Oxford University Press, 1988).

[3] Parenthetical references to Kant's third Critique are to the academy pagination. Immanuel Kant, Critique of Judgment, trans. Werner Pluhar (Indianapolis, Indiana: Hackett Pub. Co., 1987).

[4] See, for example, Jean François Lyotard, Lessons on the Analytic of the sublime: Kant's Critique of Judgment, [sections] 23-29 (Stanford, Calif. : Stanford University Press, 1994) and Paul Guyer, Kant and the Experience of Freedom : essays on aesthetics and morality (Cambridge: Cambridge University Press, 1993).

[5] Melville, Moby Dick, ch. 41.

[6] Plato, The Symposium and the Phaedrus (New York, NY: State University of New York Press, 1993), pp. 85-139.

[7] Melville, Moby Dick, ch. 42.

[8] Kant, Critique of Judgment, pp. 114-119.

[9] Melville, Moby Dick, ch. 42.

[10] Melville, Moby Dick, ch. 119.

[11] I would like to thank two referees for pressing the objection that is considered in this paragraph.

[12] See, for example, Christoper Stern, Sounding the Whale (Kent, Ohio: Kent State University Press, 1996), and Julian Markels, Melville and the Politics of Identity (Urbana, Illinois: University of Illinois, 1993).

[13] See the helpful discussion of Melville's influence on Motherwell's art in Elizabeth Schultz, Unpainted to the last, 129-160.

Jeffrey Downard




Reprinting by permission of creative commns

El oro negro / Porfirio Mamani Macedo


A proposito del hilo comun entre los problemas amazonicos y las protestas mineras en la poesia de Porfirio Mamani Macedo , tomado de su blog.

Paro minero en imagenes / comentario sobre la informalidad de Wilfredo Ardito




Continua el impune monologo de las balas y la muerte. Cuando incluso ser un mototaxista te condena a una pena fatal sin tribunales ni abogados y sin ningun tipo de derecho solo por el afan sacrifical de los inquilinos del estado. Condenable. Solidariad con los deudos y apoyo a una politica minera equitativa en beneficio del pais de los cuales los mineros y el mototaxista tambien son parte. Ver video tomado de un diario local que hace tiempo tiro su conciencia al tacho. Para un informe mas detallado ver articulo de La Primera. Tambien se puede encontrar informacion y analisis locales en Noticias SER.

Respecto al tema de la informalidad, que es muy amplio, valen los comentarios de Wilfredo ardito, en sus reflexiones peruanas

jueves, 1 de abril de 2010

La glorificacion del trabajo infantil/ Jorge Yashayahu Conzalez Lara

Aqui un importante articulo sobre este muy cotidiano y vergonzoso aspecto de la cultura peruana, tomado de la Diaspora Peruana de Jorge Yeshayahu Gonzales Lara