lunes, 11 de enero de 2010

Le debo entonces / Wilfredo Ardito

Continuando con su importante labior de critica micropolitica al muchas veces alienado compartamiento cotidiano, Wilfredo Ardito nos esntrga un articulo, tomado de Reflexiones Peruanas, que es tanbien un buen recurso para paliar el usual arrinconamiento del trasportista publico como chivo expiarorio.


-LE DEBO ENTONCES

Wilfredo Ardito Vega

Una tarde primaveral regresaba en una combi a mi oficina, después de almorzar, cuando, en el paradero de Tomás Guido, a la altura del centro comercial Risso, subieron dos mujeres. Bastaba ver sus facciones para darse cuenta que eran madre e hija, aunque acaso deseaban enfatizar la semejanza llevando el cabello teñido del mismo color.

Las dos avanzaron hasta sentarse al fondo, cerca de mi asiento, y continuaron una conversación bastante personal, sin preocuparles que las escucharan los demás pasajeros.

-Me critica porque gasto en sombras, maquillaje, tinte de pelo –decía la hija -, pero por mi trabajo yo tengo que lucir bien.

En silencio, intenté deducir quién podía ser el sujeto de la oración. Una amiga difícilmente haría críticas tan íntimas. De tratarse de una hermana o una prima, la madre ya conocería esos comentarios. Se me ocurrió que sólo una persona podría hacer esa crítica y sería probablemente el padre de un posible hijo de ambos.

Mis elucubraciones fueron interrumpidas por la llegada del cobrador, un señor canoso, de marcadas arrugas y piel oscura. En la avenida Arequipa, las combis suelen detenerse sólo en los paraderos y los cobradores aprovechan el tiempo para cobrar a los pasajeros que han subido.

Después de cobrarme a mí, avanzó hacia las dos mujeres.

-Al mercado de Jesús María –dijo la madre, entregando un sol.

-Señora, acá falta –indicó él.

-¿Ah, sí? -y entregó otra moneda.

-Un sol es por cada una –insistió el cobrador.

-Le debo entonces –declaró ella, con una media sonrisa.

Resulta curioso que, en una sociedad donde es tan importante la exhibición de consumo, subsistan conductas que podrían ser calificadas como desconsideradas o mezquinas hacia las personas cuyo trabajo es menospreciado, sea un cobrador de combi, un huachimán o una empleada del hogar.

No sólo existe una desvaloración de ciertas actividades, sino de quienes las ejercen: por ejemplo, muchas personas consideran que, por motivos raciales, de sexo, edad u origen, las trabajadoras del hogar son indignas de recibir una remuneración adecuada.

Un caso extremo, muy extendido, se produce en el Cusco y otras ciudades andinas, donde muchas familias tienen en casa a un niño o una muchacha de menos de diez años a quien hacen trabajar desde que amanece hasta que anochece sin pagarle un sol por ello.

-Ellos no se sienten para nada culpables –me explica una abogada cusqueña -. Creen que están haciendo una obra de caridad porque les dan casa y colegio.

Normalmente, no se trata de un problema de recursos, sino de prioridades: algunas personas pueden gastar centenares de soles en asistir a un concierto, pero luego regatear con el taxista con la mayor tacañería.

La falta de consideración no sólo se da en lo económico, sino en las condiciones de trabajo. Un ejemplo recurrente se da en las combis más pequeñas, esas tan incómodas que no deberían circular: la mayoría de pasajeros, aunque haya otros lugares disponibles, ocupan el único asiento donde podría sentarse el cobrador, forzándolo a viajar encorvado durante diez o doce horas.

Quienes actúan de manera desconsiderada o abusiva tienen como argumento la ley de la oferta y la demanda, la persona sabe que encontrará otro taxista u otra empleada que acepte lo que está dispuesto a pagar. “En el Perú, lo justo es pagar por encima del mercado” dice un amigo economista.

Por eso, muchas veces me resisto a regatear a un taxista o un vendedor de artesanías o a pagar “china” por el pasaje y prefiero pagar lo que considero más justo. Si algún amigo, preocupado por mis finanzas, protesta, le digo simplemente:

-El señor necesita el dinero más que yo.

No todos piensan así, claro, como la señora que aparece al comenzar este relato, que ahora concluiré.

-¡Cómo me va a deber cincuenta céntimos! –exclamó el anciano cobrador, perplejo ante su frescura.

Se produjo un momento de tensión, que se rompió cuando decidí voltear y lanzar esa mirada reprobatoria que conocen bien los alumnos díscolos que conversan en clase o los asistentes a una charla que no han apagado su celular.

-Señora, yo me bajo antes que usted y he pagado un sol –dije con el tono más conminatorio que pude.

Si le hubiera dicho algo más agresivo, habría generado un nuevo conflicto. Era preferible hablar sobre mí, para que ella se diera cuenta que su conducta era incorrecta.

La mujer miró al cobrador, miró al pasajero entrometido de corbata celeste y sacó de su monedero las monedas que faltaban.

Cuando me bajé, el cobrador, como suele suceder después de una de estas intervenciones solidarias, me dio las gracias. Yo espero que las dos mujeres actualmente estén pagando la tarifa completa.

La Municipalidad de Lima ahora pretende que los ciudadanos denuncien a los choferes y cobradores prepotentes. Haría bien también en educar a algunos pasajeros para que se comporten mejor.