viernes, 9 de octubre de 2015

VI Viernes, dia grande, tocara Daniel Kirwayo



(Diario de musica VI, Fredy Roncalla)

Viernes, dia grande. Tocará Daniel Kirwayo. Voy temprano y recalo en el parque al final de 28 de Julio. Todo enrejado. Unica forma que flores y árboles crezcan libres de la manía de arrancarle hojas y tallo a cuanto vegetal encuentran los Atilas urbanos. Niebla que cala en el alma no admite competencia. Atrás los tiempos de parejas detrás del museo italiano, de unos arbustos, a la mitad de una banca, en cualquier trozo de grama, alimentando el deseo hasta límites obsenos y fustrantes, mucho antes que aparecieran por todo lado hotelitos mataderos. Donde se oye un contrapunto de gemidos y el grito de algún cabrón ‘chico, una cerveza’. Tras varios alcaldes jardineros, hay kioscos de picarones y artesanías donde antes era tierra apisonada, periódicos viejos, bolsas de plástico y arbustos creciendo en una costra de polvo seco. Me llama un huayno en quenacho y salgo disparado del micro que ha tomado la cuarta parte de un vuelo a Newark para llegar al centro. Ensaya un grupo andino-latinoamericano, de esos que llevan carnet de modernidad en la llaqta y de tradicional afuera. La gente responde y acude sentada en el hemiciclo y parada en la baranda. El cantante empieza con un repertorio estándar de cumbias, tonadas bolivianas, sayas, y un par de huaynos y huaylas. Director y cantante animan al público batiéndose entre ellos. Una pareja mayor se manda un huaylas y más tarde una joven baila una saya. La muchacha le da duro al novio que siente el peso de los ojos espectadores. Quien inventó la saya lo hizo en homenaje a las piernas, que los Apus protejan su espíritu. Buen sonido a mediados del viernes por la tarde. Observo a una muchacha con camiseta de Quilmes y hermosos ojos, a otra con pantalones de boca ancha, pelo enrubiado y bolsa de plástico en mano, y a una anciana de bronce cañetano. Ganas de saber qué historias hay detrás tras ellas, pero la música es cada vez más esporádica, se pierde en concursos, propaganda de los kioscos, y larga presentación de canciones. Hora de salir caminado hacia Natalio Quiroga, perdón, Natalio Sanchez, donde está el local. Sabía de Kirwayo, pero recién escuché “Taki Onqoy” en casa de mi compadre, con quien también supe de Pedro Navaja. En la cola un viejito con una novela de Arguedas en la mano y un hombre de largas uñas conversan de presentaciones de libros y películas de cineclub con una señora y su hija que no, no está nadita mal. Adentro cuelga una exhibición de fotos con el artista que se presenta, víctima de homofobia, con la cara abollada. El dolor privado, complaciente y adictivo como espectáculo estético en un espacio público donde la provocación pretende caché. Pero la provocación, desde el surrealismo y su apropiación sistémica es, como la vanguardia, cosa del pasado, nostalgia solipsista. Ni a la clase media ni a la burguesía le sorprenden nada de esto, y el pueblo naca la pirinaca. Son más interesantes un rostro de Dalí pintado en la fachada del edificio y una banderola de Lorca a su lado. Kirwayo baja del taxi vestido impecablemente, con sombrero blanco y corbata. Mas tarde lo presentan como nacido en Lima y retornado tras larga estadía en Francia. Concentrado en lo que hace, entra al escenario con sombrero y guitarra en mano y nos explica ha dejado de asistir al entierro de un ser querido por estar con nosotros. Tras el minuto de silencio y unas explicaciones escuetas se presenta como músico indio. Para quienes han querido ser transportados a lo emocional y sublime sobre el pucho su música no es la esperada. Hay en la primera sección tonadas que se parecen al huayno, pero son estudios que van mas allá de sus patrones melódicos y rítmicos. Frente a esto el bobo se queda sin el quick fix de la euforia. Son melodías hermozas que apuntan a una música culta, exigente, conceptual, que obliga a pensar mas allá de lo folkórico. Algo que con un trabajo intenso con el ritmo y la extensión de los bordones -hasta hacerlos tan importantes como la línea melódica- viene haciendo Manuelcha Prado. En ambos músicos la renovación de la tradición va desde la exploración en profundidad de sus posibilidades interiores hasta su ligera ruptura tanto por inercia de su propia poética como por influencia de sonidos ajenos al sistema. Si el eje aun son los patrones tradicionales, la contraparte es el aspecto conceptual de las tonadas, que se inclinan a nuevas progresiones melódicas. Ello hace que por momento escucharlo sea difícil, sobre todo para un gordito de maletín james bond a mi lado derecho, que está nerviosón y descontento. El entrañamiento de escuchar melodías distintas a lo que hemos pensado como intangible zona de autenticidad, puro sentimiento, permite apreciar que alrededor del binarismo melódico del huayno existen, a un meta nivel y como soporte, una serie de componentes rítmicos y armónicos que si bien están presentes en la melodía, tienen su momento en los interludios, las introducciones y los finales. A parte de la forma en que ciertos guitarristas hacen hablar a la guitarra en el punteo melódico, ello explica la particular riqueza de la guitarra ayacuchana. En los esfuerzos de renovación asociados a la modernidad, el binarismo entre la base melódica y los arreglos e interludios refleja una tensión estética expresada en la tendencia por trabajar con libertad los arreglos intermedios en su duración, progresiones y estructura, pero volviendo a la base melódica, inclusive en los casos más extremos como el rock de Uchpa, que sólo tiene vestigios rítmicos del huayno, pero se apoya en patrones melódicos tradicionales. Como dice Fermín Rivera, cambia todo, menos la melodía. En la siguiente sección Daniel toca huaynos tradicionales en un estilo limpio, preciso, con economía emocional, sin exploraciones melódicas, la entrega al puro sentimiento, ama waqaspalla, o los meandros y cabalgatas de los interludios. El gordito está descontento. Pero Kirwayo impecable. Esta presentación es parte de un espectro más amplio. La música de Kirwayo incluye piezas para cine y video; la utilización de efectos electrónicos con computadora y sintetizadores; voces y sonidos de la Amazonía; fragmentos poéticos; y por lo menos una instancia narrativa, Pallankata, de Taki Onqoy, en donde una pareja va en busca de sus llamas y las encuentra por mediación de los Apus. Aquí la música electrónica ayuda a crear un ambiente ritual y sagrado que permite, en el clímax del encuentro de las llamas, la apreciación de unos hermosos fragmentos de huayno en guitarra. Cambia todo. Menos la melodía. A diferencia de la política, en el espacio del arte los Apus hablan. Y el legado de Juan Choqne tiene mayor continuidad en la música de Máximo Damián, Los Qalachakis, Luciano Quispe, Manuelcha Prado, Urbano Flores y Kirwayo que en la imaginación política, antropológica y sicohistórica, que fija la danza sagrada de Taki Onqoy en un momento estático de regresión, como si el cuerpo colonial de entonces fuera el objeto del deseo de su orden cognitivo colonizado. En Taki Onqoy, la canción que da título a la colección es una breve invocación poética. Y el espacio entre esta y Pallankata está lleno de sonidos electrónicos y voces de la Amazonía que transportan a un espacio sagrado sin caer en el canibalismo del New Age o los cansinos ribetes jazzeados. Si en la cumbia peruana, la chicha y la tecnocumbia ya teníamos un diálogo entre la Amazonía, los andes y la costa, ello se hacía sobre el silenciamiento de los sonidos de las naciones Amazónicas originarias. Lo nuevo en la propuesta de Kirwayo es darle a estas voces un espacio expresivo mas allá de su ambiente local y ritual como parte de un complejo sonoro más amplio. Su música rompe el manido esquema tradición/modernidad, trastoca el folklorismo, y da un lugar acertado a la hanaq dimensión, el espacio sagrado, sin subscribirse al supuesto mesianismo andino, un concepto ya atávico. En Taki Onqoy lo real es mostrar cómo cuatro Apus ayudan en algo tan concreto como el encuentro de unas llamas. En la comunidad la función de los Apus es la de cuidar el ganado. Pero la sordera de los discursos oficiales los usa canibalis en función del poder, el joder, y el panfleto. El peligro es que esta dimensión sagrada caiga en significante vacío, caricatura, folklorismo y superficialidad. Termina la función y salgo rápido. Lilian cantará en el café de un centro de artes. Se trata de unos cuplés. No tengo la mínima idea de lo que es un cuplé. Pero hace poco, bajando de Tarma a la Merced, junto a Ramiro, nos sorprendimos por tantos huaynos que sabíamos. Algunos completos, otros a medias. La cadencia de Ramiro no se escucha ni en los viejos, mucho menos en Sila o Julia Illanez, sus admiradas, unas chingonas del canto, que en mi altar ocupan un honroso segundo lugar después de Calandria del Sur, de Condemayta de Acomayo, que con voz simple, natural, te transporta a lugares ignotos y queridos. Tanto el estilo de Lilian como el mío es dispar, pero cantando recorremos cuesta abajo quebradas y abismos. A la vuelta, más arriba de la Oroya, paramos por una pachamanca al paso y se acerca un niño hambriento con los bronquios y la nariz tupida. Lilian lo recibe con su buen trozo de carne y sus papas. Pero duele saber que tratamos de ignorarlo para seguir comiendo, como si en un cooster y nos diera sueño cuando un mendigo ofrece algo. Han pasado la guerra y la dictadura por las puras. Más arriba, cerca de Ticlio, hemos escuchado a Picaflor de los Andes, y a Flor Pucarina, cantando con tal sentimiento como si acabara de ver al niño y se le revolviera el alma. A los meses Lilian ha trabajado unas canciones pícaras españolas y se presenta por primera vez. No ha tenido tiempo para calentar la voz, pero se manda un par de horas de canciones bien logradas con actuación picaresca. Maneja muy bien los momentos de inseguridad y no permite que la voz se le quiebre pese a no haber tenido mayor intermedio. Los primeros que asistimos somos familiares y amigos, pero su presentación de un mes en el centro de artes, llega a durar tres, contra viento y marea. Cierra el viernes de triplete con admirable entrega.

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