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BOSTON ANGELS (Oh Hada Ontológica!)/ Pedro Granados

 Pedro Granados comparte una crónica Bostoniana, que publicamos en diálogo con las andanzas de Lee Cronbach y sus historias de musica y pobreza: Broke! Broke down in the basement / Broke up in the hill


Anna H. Brown

Oh Hada Ontológica!
En el apartamento 1206 del predio donde se levanta la Swedenborgian Church, a un paso del Commonwealth, entre el cruce de siglos y bajo la sombra de la Universidad de Boston, ocurrió una de las experiencias de nivelación más radicales de mi trayectoria. "Boston Angels" no es solo el recuerdo de mis años de doctorado; es la crónica de un ecosistema donde la jerarquía académica se disuelve en el refectorio vespertino de las iglesias locales. Allí, entre estudiantes de postgrado y los homeless de la ciudad, se gestó una forma de convivencia que hoy reconozco como la base de mi pensamiento: la colación como un acto de justicia ontológica.
La figura central de este mapa es Anna H. Brown. Anna no habitaba la ciudad como una residente más, sino como una "oficina ambulante de control ontológico". Su obsesión por el surname del desconocido no era un gesto de alcurnia, sino una búsqueda de la raíz profunda en un paisaje de seres invisibilizados. Anna, con su cocina "zombie" —donde el microondas detenía el tiempo frente a un brócoli gigante—, practicaba una forma de contemplación de la materia que desafiaba la utilidad del mundo moderno. En su apartamento, la cena era un ritual de horas que a menudo terminaba en el desecho, confirmando que lo sagrado residía en el proceso y no en el consumo.
La narrativa nos conduce a los comedores comunitarios, los "loussergarden" donde personajes como Ben —ataviado únicamente con botas de cazador, hot pants y una gruesa chalina sobre los hombros— sintonizaban con el recio frío bostoniano. En esas mesas, la abundancia de mantequilla convivía con la inminencia del estallido; era un equilibrio de fuego atizado por voluntarios y habitado por alfas de la calle.
Al asistir a estas cenas, mi cotidianidad se acopló a la de aquellos que el sistema denomina marginales. No había distinción entre el investigador que buscaba un PhD en Boston University y la señora "venida a menos" que evocaba a Georgette de Vallejo. Todos bebíamos de una misma fuente.
El texto se interrumpe con la poesía que emerge del "culo sucio" y del desayuno tomado a tiempo. Es una respuesta directa a cualquier intento de trascendentalismo etéreo: para hablar con Dios, hay que estar activado en la carne, en el hambre y en el residuo. La poesía en Boston no era lo que faltaba, sino lo que rebalsaba de una vida agobiada por la muerte de los hermanos y la falta de dinero.
Anna Brown, la tacaña exquisita, la acumuladora de lomos de salmón intactos y diarios antiguos, fue quien reconoció la simetría al llamarme -"ángel". Su necesidad de guardar —esos diecisiete lockers que contenían los restos de una vida— es la metáfora perfecta de la memoria que no se resigna al olvido.
Boston Angels es, en última instancia, el testimonio de que la verdad no se encuentra en las bibliotecas de BU o de Harvard, sino en la "aureola espesa" del ojo morado de Anna, en el silencio de una cena incompleta y en la capacidad de encontrar una aurora entre cualquier papelería. Es la crónica de un hombre que, mientras intentaba descifrar a Vallejo en la academia, terminó por vivirlo en la calle, compartiendo el pan y el ruido antiguo con los ángeles más rotos de Boston.

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