¿Una cachadita?
Riyna Aguilar Quispe
Oye, pasñita, ¿Una cachadita? ¿me aceptas una cachadita?
Muchachito juguetón.
Oye, pasñita, ¿me aceptas una cachadita?
Muchachito atrevido.
Sin admitir ni rechazar, solo con una sonrisa cómplice dibujada en los labios, me lo pedía entre las arpas y los violines que animaban el toril. Con su mirada pene-trante siguió cada uno de mis movimientos, mientras yo giraba y me enredaba en el baile: “muyu, muyurispa, kuti kutirispa”. Era imposible escapar de su mirada; me fue hechizando en cada “kimba” del toril, en cada balanceo de caderas. Trataba de ocultar mi sonrisa bajo la sombra de mi sombrero para no corresponderlo.
En el descanso de las arpas y violines, me volví para comprobar si aún tenía los ojos clavados en mí. Sí, aun los tenía tan pene-trante. Me miró y se mordió los labios con descaro.
Para bajar este tormento de miradas me salí del local. Me siguió. Me tomó del brazo, me quitó el sombrero, se lo puso él, se quitó el poncho, lo acomodó y me arrinconó contra ella.
Oye, pasñita, ¿vas a rechazar mi cachadita? Dímelo de una vez, porque se me enfría.
Lo miré fijamente y le respondí:
Acepto tu cachadita.
Entonces, lenta y suavemente, sin derramar ni una sola gota, con la precisión ceremonial de quien sabe que aquello es un rito de piel, puso sus manos sobre las mías para guiar el cacho hacia mi boca. Y mientras me sumergía en el destello líquido de su mirada, cachamos. Ese trago amargo de caña de pulkay, ardiente y profundo, servido en el cacho del toro, me atravesó como un relámpago. Esa cachadita me calentó; entonces, con la misma pausa, tomé el cacho de sus manos y le brindé a él, devolviéndole el mismo veneno, un solo gesto, sin soltarle la mirada ni un instante.

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