La poesía quechua de Isaac Soto Gamarra. Julio Noriega Bernuy

Imagen por Isaac Soto Gamarra en una waka de Sicuani


La poesía quechua en el Perú ha dejado de ser un pasatiempo reservado al ámbito íntimo de familiares y amigos. Tal vez esta sea una de sus diferencias más notables frente a la de tiempos pasados. Antes, los contados poetas quechuas escribían porque les daba la gana. Sus poemas respondían con frecuencia a hechos circunstanciales y no siempre se publicaban en libros ni se comercializaban como novedades literarias en librerías. Circulaban en páginas mimeografiadas, revistas de provincia, plaquetas, cartas y tarjetas postales. Eran, pues, homenajes, saludos, despedidas y otras curiosidades creativas que se obsequiaban en la intimidad. Los cientos de poemas bilingües que Porfirio Meneses escribió discretamente y que, por innumerables razones, permanecen inéditos en su mayoría son un claro ejemplo de esta manera informal, artesanal y modesta de hacer poesía quechua. El otro ejemplo clave, desde una óptica mucho más circunstancial e íntima, es el poema “Gabicha”, escrito por José María Arguedas sin pretensiones de publicación, sino más bien como testimonio de amistad, respaldo y solidaridad con su amiga Gabriela Heinecke, quien en esos momentos atravesaba una dura crisis emocional.
 
Hoy, los poetas quechuas son galardonados con premios que trascienden la jurisdicción aislada y limitada de las obsoletas academias de la lengua quechua. Participan activamente en recitales, viajan en representación oficial a ferias internacionales, firman autógrafos en presentaciones de libros y, con su reconocimiento, está en juego el prestigio del dialecto quechua en el que escriben. Además, entre los más jóvenes, cunde el manifiesto “mana tawnayuq” de Pablo Landeo, que proclama, con cierto aire anticolonialista, escribir y publicar exclusivamente en quechua, con la finalidad de erradicar en el lector la tentación de recurrir al español como ayuda para comprender mejor el quechua escrito. En virtud de tales incentivos, el sistema literario peruano se presenta como más diverso y menos canónico, ofreciendo sutilmente, a través de cupos de diversidad, lo justo y necesario para la inclusión de poetas quechuas y de sus publicaciones en sus programas de política cultural. No se trata de que ahora la gente lea y escriba en quechua, cuando en verdad tiene serias limitaciones incluso para hacerlo en español. Lo que se busca, en el fondo de lo académico, es estar a la moda y alinearse con lo último de la cultura woke. Pero la respuesta popular parece adquirir tintes de contracultura, ya que se ha multiplicado el número de poetas quechuas, tanto convencionales como espontáneos y performativos, cuyas obras inundan las redes sociales y los canales de publicación de todo tipo. Abundan compositores, cantantes y cantautores en géneros tradicionales andinos como el huayno, mano a mano con la sorpresiva aparición de jóvenes valores en la fusión de la música andina con el hip hop y el rap. Finalmente, también hay un incremento significativo de activistas y gestores culturales, no solo en quechua, sino también entre otras etnias y lenguas nativas. El beneficio de esta explosión cultural para el quechua es ingente, aunque ello implique correr riesgos inevitables. La esperanza en el futuro del quechua se agiganta aún más ante la posibilidad de unir esfuerzos entre cultores de música, poesía y canto en una sola agencia que no conozca fronteras geográficas ni disciplinas ni tecnologías que la separen. Es importante, en este sentido, que cada uno de nosotros se comprometa a mejorar la calidad artística, a mantener vivo el espíritu de nuestra identidad, a escapar del mercantilismo a ultranza y, sobre todo, a no caer en las trampas del oportunismo académico ni político.
 
Isaac Soto Gamarra y su trabajo representan una tendencia innovadora en la poesía quechua actual. Lo primero que llama la atención en Isaac es percibir, poco a poco, cuánto más se adentre uno en su forma de trabajar, que sus poemas quechuas están en él mismo, en sus vaivenes de migrante andino que ha sentido el Perú tanto fuera como dentro de su territorio. Es que Isaac vive su poesía hasta el punto de haber llegado, cual un yatiri letrado, a convertir el mundo que le rodea en poesía viva, espontánea e intuitiva. Para Isaac, la poesía no es producto de la abstracción ni de la inspiración, ni tampoco de un horario de trabajo aislado en alguna oficina, sentado ante un escritorio, sin más armas que el lápiz y el papel en la mano o las bondades paradisíacas de una computadora. Él, modestamente, como bien observa Fredy Roncalla, registra y graba sus versos en el teléfono móvil, tanto de forma oral como escrita, a cualquier hora y en cualquier lugar donde se encuentre, pero especialmente en forma de rituales mientras peregrina por centros ceremoniales, ríos, montañas y otros hitos andinos de carácter sagrado. Así, el teléfono móvil en sus manos ya no es solo un aparato cualquiera de comunicación y alienación a la vez, sino un poderoso tecnotexto de poesía quechua, un cuaderno, un libro, una huaca maravillosa o un oráculo milenario que, en su corazón de metal bruñido, sabe guardar, pero también transmitir la voz y la letra de una genuina producción poética.
 
Existe otra veta poética importante en la trayectoria literaria de Isaac: la publicación de sus poemarios P’atakiska (2022) y Sach’a (2024), ambos en formato de libro monolingüe en quechua. Esta veta no se separa de su particular forma de hacer y vivir la poesía, sino que, por el contrario, la refuerza mucho más al establecer un doble mecanismo de creación poética que se corresponde y se complementa. A nivel de producción, esta pasa de una primera versión, almacenada en el teléfono móvil (tecnotexto oral y escrito), a otra versión, revisada y final, en forma de libro (texto escrito). En cambio, a nivel de recepción, frente al libro que, como tecnología de la palabra, se limita a los fueros de la ciudad letrada, el tecnotexto móvil cuenta con una mayor cobertura y promete, recuperando su capacidad performativa y su naturaleza de arte verbal, tender puentes entre la ciudad letrada y las comunidades quechuas de tradición oral. El mismo Isaac se ha encargado de probar su propia medicina y de salir airosamente del fuego cruzado de ambas instancias de su proyecto. Así, a través de sus dos poemarios publicados, logró hacerse conocido en el pequeño mundo de escritores quechuas como el poeta apacible del paisaje, de las plantas y de la comida andina que, en versos cortos, pareados y rítmicos, crea “imágenes a contraluz”, en palabras de Julio Chalco. Pero este poeta modesto, con apenas un par de libros de tiraje muy reducido en su haber letrado, goza de un prestigio y una popularidad sencillamente increíbles. Lo conocen tanto en el Perú como en el extranjero. Mientras sus libros te llegan a la mano de manera directa, generalmente distribuidos por él mismo en recitales o en reuniones de amigos, como en otros tiempos de camaradería, la gente más variopinta de las provincias del sur andino, que no ha tenido la oportunidad de leerlo ni de conocerlo personalmente, dice haberlo visto y oído declamar sus poesías en YouTube o en redes sociales. La pregunta que surge de inmediato es por qué esta popularidad si Isaac no es el único que utiliza estos medios digitales para difundir su poesía. Y la posible respuesta estaría en la maestría con la cual Isaac ha sabido domesticar la tecnología para transmitir el arte verbal quechua sin desvirtuar la esencia de su espíritu, su “miski”, como bien dice Hugo Carrillo. Pues, entonces, no hay duda de que estamos ante un poeta cuyo nombre ha calado hondo en las entrañas de las comunidades quechuas que aún no forman parte del circuito literario, hasta instalarse adonde no ha podido llegar ni el más pintado, renombrado, premiado y halagado de los poetas quechuas de la actualidad. Tal vez sea Hugo Carrillo, en su calidad de poeta y, además, cantor al estilo indio, el único que haya gozado de una aceptación similar tanto en espacios letrados como en los no letrados del Perú de hoy.
 
La grata noticia de la publicación de Mach’aqway, el nuevo poemario de Isaac Soto, merece un comentario aparte porque, con este último libro, cuyo formato de producción y recepción sigue reproduciendo el modelo corroborado en los párrafos anteriores, se reafirma la contundencia del tecnotexto poético en quechua. Estoy seguro de que Mach’aqway e Isaac se moverán con mayor y mejor versatilidad entre distintos espacios culturales sin recurrir al español como lingua franca ni como muletilla de lectura, ya que apelan, mediante un proceso de integración tecnológica y modernización literaria en quechua, no solo a la lectura en particular, sino también a los medios digitales y audiovisuales en general. Sin embargo, desde la estilística como perspectiva o desde el enfoque de las múltiples teorías del discurso, el acierto más notable radica en la innovación que el autor viene experimentando en el propio lenguaje poético quechua a lo largo de todas sus obras. Fredy Roncalla es, según mi comunicación personal con él, quien comprende mejor que nadie la esencia de esta innovación discursiva. Para él, la poesía de Isaac no se agota en el uso y abuso de los versos en pares complementarios (“yanantin”) ni en el recurso a simples y odiosas repeticiones. Sería, más bien, una superación artística que va mucho más allá de estos experimentos y apuesta por la realización de toda una poética de repeticiones, cuyo origen remite al estilo compositivo del canto y suscita la sospecha de que el canto quechua, frente a la poesía de corte occidental, sería más anafórico que metafórico. Pero tal innovación adquiere una relevancia única en el poemario cuando su voz pertenece a un mismo sujeto poético que se dirige en segunda persona gramatical e interpela de manera consistente —y también se interpela a sí mismo— a distintos interlocutores sagrados, míticos y legendarios, para que, de una vez por todas, rompan el silencio opresivo y den todos en coro el grito liberador, total y definitivo en el mundo andino: el grito milenarista del “pachakuti”. El poemario completo es, en suma, una poética del grito, pero de un grito que recoge el clamor aglutinante e inclusivo de la naturaleza, de los dioses y de los hombres, y cuyo “genotexto” es justamente el poema “Qapariy”, centro poético alrededor del cual giran los otros poemas como satélites que gravitan alrededor del Sol y, en conjunto, forman un sistema planetario que viene a ser el poemario quechua.
 
 

 
 
 
QAPARIY
Manañan manañan
Upallalla qawaqchu
Manañan manañan
Ch’inlla kakuwaqchu
 
Qapariy qapariykuy
Unay unayñataq
K’iripacha ukhuykipi
Watan watañan saphichakushan
Nanachiq nanachiqkuna saphiykipi
 
Qapariy qapariykuy
Mat’isqa sonqoykimantapacha
Uyarichiy uyarichikuytaq
P’akisqa qhasqoykimantapacha
 
Pisqa pachak wataña
K’umuy k’umuy tiyanki
Pisqa pachak wataña
Q’aray q’aray kanki
 
Qaparikullayña
Qero iskay uyankupi
T’iktin senqankupi
 
Yachaysapaman tukuspa
Manan wanankuchun
Wanq’oman tukuspa
 
Manan uyarinkuchu
Qapariy qapariykuy
Q’asakuna thunipamunankama
Qapariy qapariykuy
Qochakuna phatapamunankama
 
Qapariy qapariykuy
Orqokuna uyarinankama
Wayrakuna ch’usaqyachinankuma
Unukunapas apanankama.
 
Julio Noriega Bernuy
Knox College, USA.
  

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