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Sobre "MATERIAL INFLAMABLE PARA INTERPELAR AL DOLOR: HACIA UNA POÉTICA DE LA MEMORIA" de Juan Yufra. Paul Valenzuela Trujillo



 

Canto, que mal me sales

cuando tengo que cantar espanto.

(Víctor Jara, fragmento del poema “Somos cinco mil”)

 

Espacio de naturaleza muerta

 

La poesía también nos convoca al duelo, a la memoria de ese animal herido que se refugia en el ritual y la alegoría de las máscaras. Porque nos resistimos a olvidar y alargamos el mecanismo de la melancolía como señal de identidad. Porque seguimos siendo el mismo neandertal que se negó a abandonar los cuerpos a la intemperie y construyó toda una cultura funeraria para que la muerte sea el alimento indispensable de la existencia. 

Desde el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en Chile, Juan Yufra, poeta ileño afincado en Arequipa, nos conduce por salas y corredores donde lo que se respira es miedo, con todas sus letras. Entre fotografías y nombres enredados, se evidencia la vocación del artista por reportear lo que nos dejó la barbarie en la piel, en los huesos y en el alma (si es que aún la encontramos). Pero ese miedo tiene, en su naturaleza ontológica, la conciencia implícita de la culpa en cada uno de nuestros actos como parte del patrimonio criminal de la especie humana. 

Un poemario también es un ajuste de cuentas, y eso lo sabe bien el autor con varios años en el oficio. Empleo esa palabrita, aunque a muchos no les guste, no por considerar a la poesía como un trabajo propiamente dicho, sino porque requiere de un tiempo necesario de aprendizaje en el cultivo del lenguaje y la experiencia estética. No obstante, ¿qué tan poético puede ser un museo con todo su material de archivo y sus ambientes de exposición? Dejemos que la palabra del vate, docente e investigador universitario nos responda a partir de su última entrega: Apologética de las esquirlas, Arequipa, El Pasto Verde Records, 2025.

 

Métodos de tortura

 

Con buen tino, Yufra ha titulado los poemas del libro haciendo mención a las distintas formas de tortura que emplearon los militares pinochetistas para aterrorizar a la población civil. De más está señalar lo que en cifras significó la pérdida de vidas humanas durante los casi diecisiete años de violación sistemática de derechos y el velo de impunidad que cubrió a varios personajes de tan nefasto gobierno, principalmente al jefe de Estado; sin embargo, la justicia no alcanzada en tribunales nunca eliminó el deseo de un pueblo por mantener viva la memoria de todo lo acontecido. En ese contexto, cada poema constituye una astilla o un trozo de verdad enunciado desde la ausencia y el dolor.

Desnudar un cuerpo a la fuerza u obligar a alguien a hacerlo contra su voluntad es una vejación, un atentado, un despojo. Ese nivel de violencia sexual no solo busca humillar a una persona (la víctima), también pretende ejercer control sobre ella. Esta práctica degradante, tan común en los regímenes totalitarios, pone al límite nuestros niveles de resistencia frente a la vulneración de libertades y autonomías. Frente a ello, las imágenes del primer poema, que abre la sección de las esquirlas, se asemejan a dardos lanzados con precisión hacia un cuerpo varado en el lenguaje: “Esta pierna Estas costillas colgantes/ Esta columna (dorsales, lumbares)/ y su mundo gris de curvaturas”. “Camino hacia la pared y trazo mi nombre/ en esa superficie marina oscura profunda”. “Mi cabeza oscurece/ Con esas manos tocan el cuerpo y dejan la muerte”.

Al desnudamiento forzado, le siguen muchas otras perversiones en un registro cada vez más simbólico y sintomático del deterioro de la condición humana: “El espejo muestra/ Una dimensión —atada a los cuerpos—/ De pájaros que se diluyen/ en las orillas del retrato: Es Manuel/ (Camisa oscura y pantalón guinda — Correa H/ Mocasines negros)/ Bigotes — algunas llagas/ Hematomas de siempre/ Cosa común el dolor de rodillas” (del poema Presenciar torturas de otras personas). “A veces entraba al cuerpo un crujido/ tal vez los gusanos — ojalá el vuelo de las mariposas/ Agarrados mezclados para no perderse/ a ciegas en el dolor” (del poema Aplicación de corriente eléctrica). “Se les puso en el muro/ en dirección norte a las agujas de marear/ Y eran muchachos — viejos flamingos/ Acostados en el suelo simulaban haber muerto/ atravesados por circunstancias” (del poema Simulacro de fusilamiento). 

Es en medio del espanto y la brutalidad, recreados por el poeta a partir de un proceso de interiorización verbal, que se logra expresar el deseo de evasión y la esperanza por superar el terrible escollo que representó una de las dictaduras más largas y criminales en Latinoamérica. Teniendo presente el último mensaje de Allende, donde se aludía a las grandes alamedas como metáfora del restableciendo de la democracia, es que se anuncia una suerte de conjuro y vaticinio desde las voces de las propias víctimas: “Si fuera tan solo un zapato sin hileras/ Una amapola un minuto de silencio/ Esto que se apoya en un poste y no cesa de llorar” (del poema Agresiones y violencia sexual). “No caí en la fosa ni perdí los dientes/ No escribí en el muro el nombre de los infames/ No sueño con naufragios ni con barcas llenas de pescados” (del poema Golpizas reiteradas). “Joaquín tiene la espalda rota/ No camina/ Está en un canto — doblado/ Llora — maldice su tiempo/ Este mundo/ esta hora/ esta pesadilla/ Y solo espera una garúa densa/ Esa palabra que retorna convertida en cicatriz” (del poema Lesiones corporales deliberadas).

 

Suma de privaciones deliberadas

 

“No llores, mamá, por tu hijo muerto”, es el verso inicial del poema —a mi juicio— más sentido y desgarrador de todo el conjunto. Un eco fantasmagórico proyecta su voz para darle consuelo a los sobrevivientes del horror y la pérdida, representados en la figura de la madre: “No permitas que tu hijo recuerde la tristeza/ que deja su ausencia”. Cómo reponerse a una catástrofe personal, familiar y social, cómo continuar con la vorágine de lo cotidiano sin un propósito que nos posicione en la ruta del activismo por verdad, justicia y memoria: “Tal vez cuando crezcas en ese mundo/ Puedas arrullar su llanto Cargar su sombra por lo menos/ Ojalá acabes recogiendo flores de ese árbol/ en donde enterraste/ Tu sangre (amada)”.

Vivimos tiempos difíciles, con guerras desatadas y políticas neocoloniales que buscan borrar la agenda de los derechos humanos y la soberanía de las naciones en el mundo. Han pasado más de cinco décadas desde que en Chile y Argentina, dos de los países con el mayor número de desaparecidos en América del Sur, se implementaran planes militares represivos para eliminar opositores en toda la región. El terrorismo de Estado, ese lastre que aún no podemos vencer en nuestras imperfectas democracias latinoamericanas, solo se podrá superar estableciendo un diálogo liberador y crítico con el pasado; para ello, la lectura de un buen libro de poesía resulta indispensable cuando nos interpela, convirtiendo el dolor colectivo en testimonio perdurable, y creando comunidad al transformar las palabras en un acto de compromiso y resistencia.

 

Paul A. Valenzuela Trujillo

Abancay, 24 de marzo de 2026

 

 

 

 

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