Articulo tomado de Bookish&co con el permiso de los autores. Felicitaciones a Raul y Roger por el libro y la reseña Desmontando la idea de vernos como otros, gracias
Como puede verse, el componente racial es esencial para esta manera de pensar, lo cual implica una indudable discriminación por el color de la piel y las características fisonómicas de la persona. A esto se suma la situación del individuo en la pirámide social, entrañando así los diversos grados de segregación realmente existente y —obviamente— el nivel económico que —en general— representa los matices de la explotación de unas clases sobre otras. Todo esto, configura la dimensión de ser cholo en el Perú o ser considerado como tal. Por supuesto que la movilidad social —de amplio registro en nuestro país— hace posible la existencia de innumerables variantes en este panorama: desde el cholo que se blanquea por enriquecimiento económico, por ejemplo, siendo aceptado por las capas dominantes hasta el pituco que se cholea usualmente por razones de bancarrota, denigración personal, o por mezclarse con los cholos: casarse con una chola, por ejemplo.
Frente a este panorama sucintamente descrito aparece el libro de Raúl Soto. Cuando uno lee el título NosOtros, los cholos tiene la primera impresión de que se trata de un autorreconocimiento y una defensa de la condición chola. Y esto parece corroborarse cuando empezamos a leer las memorias y testimonios narrativos, principiando con los del propio autor y luego con los de diversos personajes que han conformado su familia. Veamos. El primer recuerdo que se nos ofrece es de 1958 cuando nuestro autor tiene tres años y está subiendo a Castrovirreyna, puna de Huancavelica, habiendo nacido en Capillas, también en Huancavelica. Sus padres María Elena Mertino Oré y Tomás Raúl Soto Zevallos eran maestros rurales de primaria, normalistas. Ellos se habían conocido en Capillas. El abuelo paterno Manuel Soto Enciso poseía el fundo La Mejorada cerca de allí. En 1960 la familia se establece en Ica, es decir, bajan a la costa. Soto escribe: “siguieron diferentes rutas del desplazamiento geográfico, como ha precisado Aníbal Quijano acerca del deambular de los cholos por el Perú”. Su madre —Elena— creció en Huaytará hasta los ocho años, era bilingüe, pero vivió y estudió en Lima por lo cual hablaba como limeña “sin arrastrar las erres y sin motes” apunta Soto, importante señalización ya que esta era (o es) una característica de los migrantes andinos en la costa, razón por la que era sujetos de discriminación: cita por ejemplo el testimonio de Arguedas en el Primer Encuentro de Narradores Peruanos (Arequipa, 1965) donde da cuenta de dicha discriminación por ser serrano, situación por la que él mismo Soto pasaría —según testimonia— cuando su familia bajó de Castrovirreyna a Ica en 1960. Incluso cita irónicamente una anécdota al interior de su familia, cuando relata que a su padre le gustaba cantar, cuenta que su madre le decía en broma: “prefiero que cantes a que hables porque se te salen los motes”.
En la ciudad de Ica la familia va a prosperar notablemente y al ritmo de la modernidad general de los años sesenta. En 1967 levantan una casa de material noble en la urbanización San Isidro con todas las comodidades, distintos negocios emprendidos coadyuban a ello. Soto llega a decir: “En esta casa amplísima viví como un típico pequeño burgués” . Y también: “Mis hermanos y yo coincidimos en que esa fue la mejor etapa de nuestras vidas”, aunque igualmente afirma: “Los vecinos nos recibieron amablemente, pero eran diferentes a los de nuestro barrio antiguo, además nos manteníamos a la expectativa por nuestra condición de serranos”. Esto es clave. Ya en la secundaria, nuestro autor descubre la emergente clase media del gobierno de Odría y más allá de que “La dinámica social en clase era fluida como en la ciudad de Ica” recuerda “dos incidentes de intolerancia debido a mi procedencia serrana”. Un profesor de Educación Física, a pesar de ser mulato (lo cual agrega más condimento a la salsa racista del Perú) en la pista de atletismo le increpaba: “más rápido, lagartija de sierra”. Y otro de un compañero de salón chino-peruano que lo llamaba “queso porque de vez en cuando se me salía el mote”. Lo interesante es que cuando ambos se dan cuenta que la mamá del compañero era de Huaytará, igual que Elena, madre de Soto, se hacen grandes amigos. Es decir, hubo una identificación geográfico-andina sentimental, hecho que —sin duda— muchas veces rompe las barreras en el Perú.
El libro prosigue con el monólogo de Marcelina Oré —abuela materna de Raúl Soto—, quien nos da su testimonio empezando con una frase que recrea el famoso verso de María Emilia Cornejo: “Yo soy la chica mala de la historia” y así nos vamos enterando las distintas etapa de su vida, donde queda claro todo el proceso de la migración andina a la ciudad de Lima desde fines de los 1920s y principios de los 1930s. Marcelina cae —digámoslo así— en brazos de Carlos Merino y sale embarazada de María Elena, madre de nuestro autor; con el escándalo producido en el pequeño pueblo de Huaytará (Merino era casado), el padre de Marcelina —Balvín Oré Ruiz, hacendado de Pámpano y potentado del lugar— decide enviarla a Lima con la recién nacida. Un dato interesante para lo que venimos desarrollando es la siguiente confesión de Marcelina respecto a Carlos Merino: “Me gustaba escucharlo hablar muy bonito el castellano sin pronunciarlo como serrano como yo arrastrando las erres ni tenía que comerse los motes”. Manejado con hábil aplicación de vargasllosiana técnica, el monólogo va dando cuenta de la peripecia vital de esta mujer andina cuando llega a la costa: “El sábado sin neblina fue un día perfecto para conocer el mar para caminar por la playa sin zapatos en la arena tibia”. Y la leyenda de la capital: “Por fin entramos a Lima por una avenida ancha adornada de árboles hasta el Parque Universitario todo iluminado con jóvenes enternados deambulando justo a las seis cuando el reloj de la Torre Alemana empezaba talán, talán, talán”. Tras un breve regreso a Huaytará, Marcelina se halla otra vez en Lima: “En La Colmena sí que había más luces y nosotras caminando boquiabiertas hasta la plaza San Martín”. Posteriormente el testimonio avanza con su estadía en Lima, junto a su hija Elena, el impacto del terremoto de 1940, su vida en la quinta El Buque los Barrios Altos donde aprende a bailar marinera y goza de las jaranas criollas. A estas alturas ya tiene un puesto de venta de especias en el mercado y viven el cerro San Cristóbal, barrio de Leticia. Elena empieza a trabajar en Oechsle, pero luego su madre la manda a estudiar en la nueva Normal que se abre en Huancavelica. Finalmente se inscribe para un lugar en Piedra Liza porque según leemos: “nunca había perdido las esperanzas de vivir en una casita modesta con luz y agua y un wáter”.
Viene ahora el monólogo testimonial del padre de nuestro autor, Tomás Raúl, quien empieza recordando —a su vez— a su padre, es decir el abuelo del escritor del libro que comentamos: Manuel Soto Enciso, del que nos enteramos por voz de Tomás Raúl que “era un ganadero próspero, pero a veces si apenas nos alcanzaba para comer bien”. ¿La razón? “el rocambor, ese juego estratégico de naipes españoles, que una vez vi jugar a mi padre durante toda la noche, y perder varios soles de plata, en una habitación llena de humo y de botellas de aguardiente iqueño” —nos dice Tomás Raúl—. El abuelo de éste, o sea, el bisabuelo de Raúl Soto fue un español llamado Pedro José Soto, llegado de joven al Perú quien compró un fundo en Molinos y se hizo ganadero; negocio de la familia al que Tomás Raúl no se aficionó, interesado más bien en la lectura y el estudio. Algo importante que testimonia esta parte es que la educación secundaria gratuita se establece en el país bajo la presidencia de José Luis Bustamante y Rivero en 1945. Antes de esto, los padres de familia debían pagar por la instrucción de sus hijos. Y no todos podían hacerlo. Un punto importante es cuando Tomás Raúl se refiere a su hermano mayor Alejandro, quien “era alto, más alto que yo, medio rubio y de ojos azules. Eso no lo ayudó en nada porque hablaba un castellano castizo, con el mote típico de los serranos”. Este tic en el modo de articular será una explícita forma de discriminar a los andinos —cholos de procedencia serrana— que Raúl Soto puntualiza cada cierto tramo de su libro, transparentando la violenta realidad de la situación. Su propio padre, es decir Tomás Raúl, también lo sufrió cuando ya era profesor del colegio San Luis Gonzaga de Ica, un colega lo llamaba “gringo cholo o lagartija de sierra” hasta que un día en una reunión dicho colega “empezó a hacer chistes porque era serrano y fue ahí cuando lo saqué al fresco y le di su lección. Santo remedio”. Con todo esto, queda clara la opresión psicológica de origen social y racial, que ha tenido que sufrir (y sigue sufriendo) el ser andino y/o cholo en el Perú.
Tomás Raúl vivirá un periplo que lo lleva a Huamanga donde termina la primaria acogido por su hermana mayor y su esposo Falconí, pero en 1934 debido a la revolución aprista deben escapar al fundo familiar en Ayuta, donde permanece hasta que se desplaza a Huancayo para estudiar la secundaria en el colegio Santa Isabel, pero no lo aceptan y entonces debe trasladarse a Huancavelica. Aquí puede notarse el intenso movimiento migratorio ocurrido en los Andes y -otra vez- un tema central de este libro: el problema suscitado por la dificultad de expresarse correctamente en nuestro idioma y su consecuente marginalidad: la esposa de quien lo acoge en Huancavelica “hablaba el castellano con un mote pronunciado y prefería contestarme en quechua” —dice Tomás Raúl—. En 1943 se funda la Escuela Normal Rural de mujeres en Huancavelica y conoce a Carmen Rosa Alarco Merino —de familia de hacendados— y a través de ella a su prima María Elena Merino Oré, “lindísima, alta, delgada y morocha” y —de nuevo la señalización— “Hablaba un castellano sin el dejo andino” —en este caso—. Con ella se casaría tiempo después, siendo María Elena, madre de nuestro autor. En 1946 empieza su carrera docente en Santiago de Chocorvos, al año siguiente está otra vez en Huancavelica y en 1948 trabajando en Capillas inicia el idilio con María Elena, quien es la profesora de la recién fundada escuela de mujeres; sobre ella recuerda Tomás Raúl: “si bien era serrana quechuahablante, no tenía el dejo andino al hablar el castellano. Bromeaba conmigo cuando se me salían los motes y cuando arrastraba las erres. Cholito ayacuchano, me decía”. Por fin, a principios de 1949 llegan a Lima al nuevo barrio de Piedra Liza, donde vivía Marcelina Oré Criales, su futura suegra.
La historia de María Elena, madre de Raúl Soto nos es contada también mediante un monólogo de ella, pero esta vez dirigido al autor. Se nos ilustra sobre el trabajo de la abuela Marcelina en el entonces Mercado de Abastos (luego Mercado Central) de Lima donde Elena pasó parte de su infancia y para la que ella tiene bellas y emocionales frases: “A pesar de su grisura, siempre me gustó vivir en Lima. Me encanta todo el centro y el jirón de la Unión, con sus luces y vitrinas decoradas”. Afirma luego: “Después del terremoto del 40 las cosas cambiaron”. Pasó a morar en la calle Mapiri donde “fue la primera vez que viví en una casa con un cuarto de baño con wáter y ducha”. La quinta de El Buque será su siguiente domicilio en los Barrios Altos, donde tendrá nuevos amigos “que a veces se burlaban de nosotros, los serranos”. Por estrechez económica se mudan a Leticia, “a una choza improvisada en el cerro San Cristóbal”. Ya con 18 años Elena consigue un trabajo en Oechsle, pero en marzo de 1945 viaja a Huancavelica para estudiar en la Normal de mujeres y ser maestra. En su primer año de clases conoce a Tomás Raúl Soto Zevallos con quien habría de casarse y concebir seis hijos, uno de los cuales es el autor del libro que comentamos. En Capillas, cerca de Huaytará se abre una escuela para niñas, y allí es donde Elena es nombrada como profesora “Tu tierra natal” le dice a su hijo —nuestro escritor— y agrega, cerrando el monólogo: “adonde fui arrastrada a mi destino con tu padre. Cuántas veces te he contado lo que sigue y ya debes saberlo de memoria”. Efectívamente así ha sido: la prueba está en el libro que tenemos entre manos: La historia de su familia nuclear, texto en el que se transparenta no solo el largo y difícil proceso de la migración interna, desde los Andes a la costa y Lima, la transformación social y el progreso económico ocurridos en dicha migración, sino también los avatares de la discriminación sufridos por su condición de serranos, graficada —a lo largo de los testimonios— en el desprecio por ser motosos, es decir no pronunciar correctamente la lengua castellana.
Esta condición general que podríamos llamar la choledad —de algún modo tratada de sintetizar en los primeros párrafos de esta nota— es ampliamente discutida en el ensayo final con que culmina esta obra de Raúl Soto. En efecto, se nos presenta primeramente la explicación del título, que no es solo, como podría parecer a simple vista, una defensa chola (que sí lo es de hecho) sino (y esto es muy importante) un enriquecimiento filosófico y semántico de dicha condición. Se trata de un contenido dialéctico que representa “el yo colectivo de una comunidad —sea local, nacional o global— y Otros la diversidad de quienes la conforman”. Es decir, “la categoría NosOtros vendría a ser los otros en nosotros” Aquí Soto cita a Tommaso Sgarro: “la unidad de una multitud dentro de una dimensión histórica” y a Ricardo Espinoza Lolas: “el otro constitutivo y una unidad en la distinción” apropiándose del concepto y aclara: “Cada uno y todos representamos al otro gracias a la diversidad de nosotros, los cholos”. Y con más rotundidad: “nuestra identidad en construcción se afirma a través de la diferencia. Por ello se hace necesario repensar el concepto de lo cholo”.
Y eso es lo que hace Raúl Soto en su muy estimulante ensayo final. Realiza una exhaustiva revisión de distintos conceptos vertidos sobre el tema en la historia intelectual del Perú, empezando por criticar el supuesto “primer mestizo integral” considerado así el Inca Garcilaso de la Vega por la tradición hispanista, pensando en un mestizaje racial y cultural homogéneos, situación inexistente, según apunta nuestro autor y más sosteniendo que tal “mestizaje racial, no tiene ninguna base real ni científica. “las razas no existen” afirma Soto y en su apoyo plantea: “las diferencias del color de la piel y los rasgos fisionómicos entre un africano y un caucasiano, por ejemplo, solo llegan a un 0.005 % del genoma humano, compuesto por 25 000 genes”. Se trae por tierra la idea de la existencia de razas “concepto biologicista inventado por la ciencia decimonónica y refrendada por el darwinismo y el positivismo” aunque reconoce “Su uso sigue vigente en todo el mundo al igual que el concepto de racismo”. Esto es lo que conlleva la discriminación y exclusión de los cholos por parte de la raza blanca considerada superior (noción acuñada en el siglo XIX aún existente) e incluso un racismo basado en las diferencias culturales: por ejemplo, el hablar motoso del andino de origen quechuahablante cuando pronuncia el castellano.
Luego viene el concepto de “cholo integral” planteado por Aníbal Quijano, a partir del cual Soto sostiene que “Lo cholo como sector o estrato social está conformado por diferentes grupos étnicos, resultante de la interacción entre indígenas, iberos, africanos, chinos y japoneses, principalmente”. Sería el “cholo étnico”, mayoritario en la población peruana: “la barca de NosOtros, los cholos” sin embargo “la pertenencia a determinado estrato económico complica la situación, es decir, la cuestión de clase”. Y aquí el punto clave: “La economía peruana sigue dominada por una jerarquía de poder cuyo origen étnico es indoeuropeo, conformando una casta cerrada, exclusiva y excluyente”. Por otro lado “La identificación étnica entre los cholos es conflictiva y, como señaló Quijano, todavía no tenemos una plena conciencia de grupo para navegar en la barca del NosOtros”. Por eso Soto sagazmente apunta a una más factible posibilidad de “alcanzar una identificación nacional chola gracias a los productos culturales en proceso de emergencia y producción”. En este sentido se inclina por el pensamiento de Quijano, quien “identifica lo cholo como una estructura distinta, cuyo cimiento sería la cultura andina y el elemento accesorio la cultura occidental o criolla” y luego afirma: “La diversidad de una cultura chola emergente es el embrión de la futura nación peruana”. De modo que nuestro autor sostiene que una preclara muestra de aquello es “la eclosión de la cumbia peruana primigenia y sus variantes actuales”. Y agrega: “ Esta fusión de melodías andinas, tropicales y del rock se origina en las postrimerías de la década de 1960”. Profundizando el tema escribe: “La versión peruana de la cumbia precede a la música chicha, impulsada esta por los migrantes andinos cholificados. Y algunos críticos han llegado a proponer la hipótesis de que el arte chicha es dominante en nuestra realidad actual”. Todo esto sería el resultado de la creatividad inherente del proceso de cholificación.
Gracias a dicho proceso —según Quijano— se está desarrollando cierta conciencia grupal. Una personalidad chola, esa Choledad cuyas características serían: la movilidad geográfica del sujeto migrante, su marginalidad social y su propensión a arriesgarse y a afrontar desafíos. “La migración interna marcó las vidas de mis padres” afirma Raúl Soto y las otras dos características las hemos visto testimoniadas en la historia de su familia, a lo largo de este importante libro, sobre la conciencia de ser cholo, es decir, la Cholitud en un proceso —citando a Ángel Rama— de ”pérdida, transformación y resistencia” . Al final de su ensayo el autor sostiene que “La cholificación cultural de la sociedad peruana es parte de un proceso de transculturación vigente” . Y aludiendo a nuestro gran tayta y amauta José María Arguedas, quien “tuvo la certeza de que nuestra pluralidad de culturas lograría cierta concordancia” cierra su obra con una gran esperanza: “ahora NosOtros, los cholos, a pesar de nuestra diversidad y contradicciones, nos encaminamos hacia ese ideal —o debo decir utopía— alcanzable”. ¿Quién sabe? La Historia lo dirá.

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