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LAS ELECCIONES EN EL PERÚ DE HOY Diferentes y desiguales en una misma escena. Hugo Carrillo Cavero

 El escritor, cantante, activista y científico social Hugo Carrillo, invita a reflexionar sobre las fracturas sociales en torno a la cultura y lo etnico en torno a varias y las recientes elecciones peruanas. Una vision que nos problematiza en varios aspectos. Si gustan  leer / bajar el texto



LAS ELECCIONES EN EL PERÚ DE HOY

 

Diferentes y desiguales en una misma escena: tú eliges pero yo escojo la

Terna

 

Cuando se habla de los asuntos políticos y aun de las guerras, la dimensión

étnica es muy importante en las relaciones que se establecen en el mundo,

sobre todo en los países donde subsisten nacionalidades distintas: la guerra

de Los Balcanes o la guerra entre Rusia y Ucrania o las largas guerras en

Medio Oriente son una muestra, pero el caso latinoamericano es también un

claro ejemplo, como «sin querer queriendo» propone Mario Vargas Llosa:

«El mestizaje, por fortuna, está muy extendido y tiene puentes, acerca y va

fundiendo a estos dos mundos. En algunos países, como en México, ha

integrado cultural y racialmente a la mayoría de la sociedad –es tal vez el

único logro de la revolución mexicana–, dejando convertidas en minorías a

aquellos dos extremos étnicos. Esta integración, por cierto, es mucho menos

dinámica en el resto del continente, pero continúa ocurriendo y, a la larga,

terminará por prevalecer, dando a América Latina el perfil distintivo de un

continente mestizo». Aunque cuidado, su otro yo, el amante del Perú de todaslas sangres, dijo: «existe una América Latina indígena, que, en países como México, Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia consta de muchos millones de personas, y que conserva instituciones, prácticas y creencias de raíz

prehispánica. Pero la América indígena no es homogénea, sino, a su vez, otro

archipiélago y experimenta distintos niveles de modernización. En tanto que

algunas lenguas y tradiciones son patrimonio de bastos conglomerados

sociales, como el quechua y el aymara…».

 

La América indígena no es pues homogénea, y como una de las partes

constitutivas más importantes, el Perú multiétnico, pluricultural y

multilingüe es un espacio privilegiado para el análisis. Pero, sobre todo, es

uno de esos aspectos fundamentales que no ha sido adecuadamente tratado, porque cuando se intenta comprender las relaciones políticas, sociales y económicas del país, desde la derecha, se mira con mucho desprecio aquello que forma parte del ámbito de lo étnico, y desde la «izquierda» tradicional se dice no entenderla por ser parte de la superestructura que será borrada con los nuevos vientos. Hay, sin duda, enormes desencuentros económicos y sociales, pero no debe soslayarse el hecho de que estos desencuentros están enraizados en los aspectos culturales, en aquello que denominamos lo étnico. Si analizamos los últimos acontecimientos ocurridos en el país (por ejemplo,2 el caso Ilave, en Puno o los asesinatos en Bagua, en Ayacucho, Cusco y Juliaca), estos difícilmente podrían comprenderse sin los componentes étnicos que han actuado en ellos. La polarización política ocurrida en 1990 entre Cambio 90 y FREDEMO, entre el Fujimorismo y Castillo, y en estos días entre Juntos por el Perú y Fuerza Popular, obviamente tiene ribetes de enfrentamiento cultural y étnico. Igualmente, sería infructuoso intentar comprender la matanza de miles de peruanos, ocurrida durante el periodo de violencia política, si dejamos de lado lo cultural.

 

Lo que ocurre es que el tema ha sido peyorativamente tratado por aquellos

que debían enfrentarlo buscando vías para la inclusión. No hemos discutido

en serio sobre si el Perú necesitaba «mestizarse» o sobre las reales

potencialidades de nuestras «diversas sangres». Lo que implica la frase

«todas las sangres» ha sido tratado con la peor de las intenciones, sin mayor

esfuerzo analítico y con evidente cálculo político. Allí reside una gran

incapacidad de parte nuestra, pues las ciencias sociales peruanas, salvo

notables excepciones, no han estado a la altura de los acontecimientos, y la

consecuencia es la poca capacidad que mostramos para analizar estos temas.

Hemos estado centrados en el determinismo economicista, creyendo que la

economía es la base sobre la que descansan las otras dimensiones de la

realidad social

 

Así, en la perspectiva de los marxistas peruanos y latinoamericanos, lo

cultural terminó siendo asumido como «la superestructura» y no hemos

tenido conocimiento de alguna propuesta firme que llame la atención sobre

la retroalimentación que podría estar generándose entre la base económica y la superestructura social, especialmente en los espacios comunales andinos.En ellos, al parecer, es donde este proceso se manifiesta de manera más nítida, porque se trata de ámbitos pertenecientes a sociedades en las que «el prestigio» aún mantiene una importancia crucial.

 

Las comunidades andinas son sociedades que contienen un conjunto de

complejas relaciones, no solo porque redistribuyen sus ingresos sino porque

la persona más prestigiosa es la que tiene mayor capacidad para activar este

mecanismo. El día más importante de la vida de un comunero andino es aquel en que ejerce la mayordomía de una fiesta (por ejemplo, la de la Mamacha Carmen, la de la Mamacha Cocharcas o la del Qoyllur Rit’y).

 

Sin embargo, las ciencias sociales peruanas han desatendido este tema desde hace mucho tiempo. Han estado diagnosticando los males de la sociedad cual médicos de la realidad social, pero, curiosamente, su análisis es básicamente «contometrista». Con este esquema, los profesionales de las ciencias sociales nos hemos dedicado, en nuestros diagnósticos, a detectar carencias, a buscar males o a escudriñar la «falta de…», cuando, en realidad, los problemas están constituidos, sociológicamente hablando, por la existencia de situaciones y fenómenos que impiden el avance hacia una situación objetivo, el mejoramiento requerido o el desarrollo que buscamos. Y así, por escudriñar en nuestras ausencias, nos hemos olvidado de nuestras tenencias, de nuestras ventajas, de nuestros poderes, de nuestras aptitudes, de nuestras potencialidades. Ellas son, en realidad, las que harán posible el desarrollo o los cambios deseados. ¿O es que acaso alguien se ha desarrollado sobre sus males? ¿Alguna región se ha desarrollado sobre sus carencias, sobre sus problemas? ¿Qué de nuestra condición pluricultural y multilingüe? ¿Qué de nuestra gran diversidad? Por otro lado, el Estado no formula sus políticas a partir de la existencia de la dimensión cultural y étnica. Pero, en contra- dicción con este estado de cosas, en la sociedad vemos una reproducción permanente del registro étnico. La manera como un peruano se relaciona con otro peruano es subrayando la referencia étnica, tanto para degradarlo como para sobredimensionarlo.

 

Las diferencias y las desigualdades

 

Lo cultural en el Perú está pleno de persistencias que, más allá de los

procesos modernizadores, siguen vigentes y no dan muestra veraz de estar

debilitándose. ¿Por qué sucede esto? Sospechamos que hay un complejo

cultural que seguimos arrastrando. Fuimos el principal bastión del sistema

colonial español y, por lo mismo, la jerarquización y los compartimentos

sociales que debieron imponerse para una debida administración de los

territorios coloniales tuvieron, en el Perú, un énfasis y una importancia que

no se vio en otros lugares del imperio colonial. Bajo este ambiente, ninguno

de los sectores sociales quiso ser el último eslabón, y ello generó lo que

podríamos llamar el desconocimiento de nuestra propia condicionalidad.

Este fenómeno puede resumirse en el hecho de que, en el exterior, el Perú es tipificado como un país andino, pero entre nosotros se le niega esta

condición. Nadie quiere ser andino. En nuestro concepto, el Perú es un país

andino y amazónico. Han golpeado tanto por más de cinco siglos a nuestro

yo, que muchas veces vejamos nuestra «mismidad»; negamos nuestro ADN

y nuestras cicatrices, aborrecemos el pellejo heredado por los abuelos; nadie

quiere ser lo que es. «Cholo de mierda» es la expresión más difundida en el

Perú, pero cuidado, ese mismo «choleador» llegará a casa y muy tierno dirá4

a su amada: «cholita linda». El «choleador» peruano quiere blanquearse a

toda costa, niega sus orígenes y se sobrecoge al recordar que sus padres

vienen de tierra adentro. Sin embargo; tal vez aguijado por sombras ajenas,

promete que él es de Lima, la gran capital avergonzada de acoger serranos;

ruega al alto cielo que la «otredad» termine pintándole rubios pelajes, odia

las miradas crudas que evalúan la historia de los sujetos. Esquizofrénico

acaso, al finalizar las fiestas exigirá un «waynito», o, en los cumpleaños de

los abuelos, cantará el peruanísimo «santuyuqmi nisuptiyki». Así pues,

muchas veces, nuestra «sospechosa» identidad nos interpela desde el canto

y el habla.

 

Hemos usurpado caretas chapetonas, sombras deshilachadas y hasta aljabas

ajenas por mucho tiempo. Desatemos los aparejos prestados, ya es tiempo de reconciliarnos con nuestras auténticas cepas para escuchar a nuestras almas. En el mismo tono de José María Arguedas, soy un convencido que nuestras almas bailarán, donde quiera que vayan y aún en los piececitos de nuestros nietos: wankas, waynos, carnavales, wayllachas, wakatakis, qachwas, ayla, pum-pin, valses, polcas, pasacalles, tonderos y marineras; y, por tanto,

debemos estar preparados.

 

La franja costera es importante, pero es un apéndice tanto geográfico como

cultural. Este esquema inicial se ha complejizado y ha incorporado otras

variables con el paso del tiempo. No solo hay diferencias raciales y

geográficas. Hay costeños, más o menos «quesos», cercanos a lo indio, vistos

despectivamente por los otros costeños; y selváticos, «chunchos», vistos

despectivamente por los serranos; y así, otras situaciones por el estilo. En

otras palabras, a las diferenciaciones generales hemos venido agregando

otras más específicas para denotar jerarquías. De esta manera, el cusqueño

termina distanciándose del puneño; el arequipeño y el limeño, de todo el

resto del país; o, dentro de una misma región, el huancaíno del jaujino, el

abanquino del andahuaylino o el ayacuchano del huantino (para no hablar

del sinnúmero de términos que usamos para referirnos a los vecinos

inmediatos). Más crudamente, Lourdes Aparición reproduce en una larga

apostilla de Facebook: «El racismo peruano ha logrado una de sus victoria

más perversas: convencer a miles de cholos/cholas de que tienen más en

común con quienes los desprecian que con quienes comparten su historia.

Por eso defienden intereses ajenos como si fueran propios, votan por quienes jamás defenderían los suyos y repiten discursos que por mucho tiempo son utilizados para excluir a gente como ellos… Sueñan con la blanquitud, con estar más cerca de Lima colonia que de sus propios pueblos… Cuando este país verdaderamente vuelva a mirarse con rostro cholo, andino y popular, lo que le va a doler no será la derrota política. Les va a doler descubrir que aquello que pasaron años despreciando, siempre estuvo en su propia cara, porque pueden renegar de su historia, de su tierra y de los suyo, pero hay una batalla que nunca van a ganar; la que libran cada mañana frente al espejo». Aunque el Congreso haya «enceguecido» para legislar a su favor, seguramente los resultados de los referendos han sido determinados, en parte, por esta variable; hemos observado, por lo menos, dos situaciones en las que la constitución de regiones, por ejemplo, colisiona con este antecedente: Junín con Huánuco, es decir, chupachos y huancas, enemigos históricos de los yarowilcas, juntos en una misma región; o andahuaylinos y chincherinos, descendientes chancas y quechuas cusqueños, respectivamente, en la misma región. No digo que esta sea la situación determinante, pero hay necesidad de analizar más profundamente estos elementos; el caso de la consulta para la constitución de un nuevo Senado es más grave, los legisladores, literalmente se cagaron en la noticia, porque necesitaban reelegirse.

 

Aun al interior de esas sociedades que propenden a distinguirse de las otras

aparecen diferenciaciones que, asumimos, pueden estar influenciadas por

procesos como el militarismo, que da forma a una especie de sentimiento de

casta. No sabemos si esta última categoría sea la precisa, pero la usamos en

el sentido de que designa algo que sirve para mejorar nuestra ubicación en

relación con las diferencias que marcamos. Así, los profesionales forman un

tipo de «casta», porque, por ejemplo, no se puede interpelar el conocimiento

semi-divino de los médicos, que manejan la vida de las otras personas en los

hospitales. En estas instituciones hay también espacios marcados de poder:

en principio, el médico jefe lo determina todo; luego, la capacidad de

decisión recae en el grupo de los médicos; atrás de ellos, en términos de

autoridad, se ubican las enfermeras —las que están más cerca de uno—; y,

en el último grado, los «barchilones», que en las noches son los verdaderos

todopoderosos en el espacio hospitalario. Otros grupos profesionales que

muestran esta condición son los abogados y los periodistas. Frente a un

problema, los primeros pueden invocar su condición de tales y amenazar con

ese poder. Puede no tenerse ningún problema con la justicia, pero su

«conocimiento» de las leyes, su «saber jurídico», puede implicar también

sacarle la vuelta a la norma y, con ello, comprometer a la víctima en

situaciones que nunca buscó y hacer que termine en la cárcel. Los segundos,

que incluso se autodenominan el «cuarto poder», pueden introducir una

cámara o una grabadora a cualquier lugar y sin permiso de nadie; y, más allá

de las culpabilidades o no de las personas que filman o graban, ciertamente

no son ellos los que deben llevar adelante el juicio y la sentencia de los actos

cometidos por terceros, porque al hacerlo confunden la formación de opinión pública con el acto judicial, algo que nadie les ha dele- gado. «No te metas conmigo; yo soy periodista y puedo ensuciarte en las páginas de mi

periódico» es el mensaje no tan implícito que está detrás de estas

intromisiones intolerables.

 

Entonces, ¿qué significa todo esto? ¿Por qué tendemos a diferenciarnos y

buscar espacios para ejercer poder sobre los otros? En el Perú se ha

privilegiado las diferencias sobre los espacios de encuentro. Si existe un

ámbito privilegiado en el que este proceso queda demostrado, es el del

quechua. Cuando en algún momento se intentó buscar un modelo de

construcción de un quechua estandarizado a partir de las maneras lingüísticas usadas por diez millones de quechuahablantes, tanto del Perú como de otros países, algunos grupos consideraban que el quechua que hablaban no era un idioma sino un dialecto, una variante del quechua verdadero, el cusqueño. Y en el Cusco creen efectivamente eso, que el quechua que hablan es el verdadero, el originario, el imperial. En ninguno de los casos se sabe que el quechua no se originó en el Cusco sino en zonas aledañas a Lima como Pachacamac.

 

En realidad, lo que existe son variantes dialectales, más bien giros regionales

como en cualquier idioma. Así, el español no es hablado de manera similar

en todas las regiones que componen España y tampoco en Latinoamérica. Si

se habla de transporte público, en Cuba se usará, por ejemplo, el término

«guagua»; y en el Perú, los términos «ómnibus» o «combi», y antes

«góndola», como en Bolivia hasta hace poco. Y nadie tiene ningún problema

con que existan esas diferencias.

 

Pero cuando se trata del quechua, somos incisivos en mar- car las diferencias.

Pongamos un ejemplo. Para designar el agua hay dos variantes en quechua:

«unu» en el Cusco y «yaku» en el resto de regiones donde se usa esta lengua.

Los que no hablan este idioma harán especial hincapié en esta diferencia, por

lo que se les debería plantear cuál sería el problema si en vez de decir «unu»

o «yaku» se dijera «yaku-unu». Por lo demás, las diferencias regionales en

el léxico quechua no deben superar el dos por ciento del total de palabras

usadas en esta lengua y, en relación con su variación fonética —fricativas

más, fricativos menos— estamos hablando del 5%. Resta un conjunto común

de entre el 95 y 98%. ¿Qué hay de eso? Ese es el espacio de unidad; y

curiosamente, quienes remarcan la pureza idiomática son personas que no

hablan quechua, que en la mañana son profundamente respetuosos de lo7

andino y rescatan su historia cercana a los incas, pero que en la tarde

empiezan a sesear, a hablar como españoles y a rememorar sus profundas

raíces hispánicas.

 

En todo esto se expresa una vergüenza tributaria de la vergüeña colonial y

de una especie de hipocresía. El sincretismo cultural que se forma en el Perú

entre fines del siglo XVI y principios del XVII, cuando ocurre el proceso de

extirpación de idolatrías, se mantiene incólume como mecanismo de

protección. Es obvio que mezclamos los sentidos, que encubrimos/descubrimos, sino preguntémonos qué significado tiene la fiesta de la Tunantada en Jauja, que aparece dedicada a Fabián y Sebastián, dos santos hispanos, pero que en sus sentidos más profundos revela una ofrenda a Pachacamac, la divinidad prehispánica de dos cabezas. Lo mismo ocurre con el Jalapato, que no es sino la actual expresión de la fiesta del Halcón que se llevaba a cabo en este mismo espacio de la sierra central; o veamos el Corpus Cristi en el Cusco: son los antiguos mallkis convertidos en santos y santas los que recorren las calles de la ciudad, para finalmente reunirse para chismear en la Catedral (ojo y son santos soldados, santos wawa sapas -con hijos- y hasta santas chicheras, como la Mamita Santa Ana), los que hoy nos congregan en la gran fiesta).

 

Por eso, el sincretismo muestra algo de hipocresía: «lago lo que tú crees; lo

que tú quieres», pero en el fondo se está dando otros sentidos a la conducta

aparente, a la manifestación evidente. En teoría, el sincretismo puede referir

a la combinación de dos partes culturales, pero cuando puntualizamos el uso

que le dan «los vencidos», estamos ante un mecanismo de defensa para

seguir haciendo lo que creen para evitar el castigo.

 

 

Pero, por otro lado, el sincretismo ha implicado que los peruanos

reconozcamos nuestra multiculturalidad. Sabemos y aceptamos que vivimos

en un país culturalmente diverso. Sin embargo, hay graves problemas cuando se trata de nuestras capacidades para la formación de un ambiente de interculturalidad. Estamos ante algo que se nos presenta fragmentado y con reducidas potencialidades para levantar desde allí una identidad en la que podamos reconocernos todos los peruanos. Dadas las cosas de esta manera, es evidente que estamos ante impedimentos para formular, en debida forma, acciones dirigidas a amenguar la pobreza, la marginación y la exclusión que experimentan amplios sectores de la población peruana.

 

A propósito de los debates sobre el mestizaje, el Estado-Nación, el

multilingüismo y la educación intercultural; yo agregaría otra pregunta

fundamental que circula por estos días en nuestros pueblos, pero sobre todo

en Lima, la capital andina de América: ¿En qué idioma pensamos los

peruanos? La respuesta parece escucharse en los cantos, en especial durante

los carnavales: «munankichu willanayta maymantachus kani chayta»…

 

Como hemos anotado en líneas precedentes, por mucho tiempo se ha

calificado de mezclada, mestiza y sincrética a la música y la danza peruanas.

El cultismo y los rituales invisibilizados por los científicos sociales centristas

tiene un propósito claro: mestizarlo todo para negar la existencia de los otros y, así, negar la lucha entre unas y otras visones del mundo; descubren ángeles

cuando ven alas o plumas, y en su afán de proteger una nación pendiente se

ponen anteojeras, mientras, «siguiendo las costumbres» —y casi en la

totalidad de celebraciones del carnaval— se realiza previamente la haywa y

el anqosay o ritual de agradecimiento a la tierra y a las montañas tutelares.

 

Así pues, creemos que la razón última es de naturaleza política; mestizando

a toda la población peruana invisibilizan, o, peor aún, niegan la existencia

misma de los pueblos quechuas, aymaras, amazónicos, de los pueblos afro-

descendientes y de todos los cholos cuyas demandas no han sido

incorporadas en la República Criolla. Transitan apenas en la tradicional

dicotomía costa-sierra que los tiene postrados en su propia miopía. «Esta

dicotomía, que desde el siglo XIX se considera una fisura en la nacionalidad

peruana; y a la que los intelectuales y políticos han culpado: desde la falta de

progreso del país hasta la derrota militar en la Guerra del Pacífico, era (hasta

1920 y 1930) una situación estanca y definida o plasmada geográficamente.

Sin embargo, la modernización del país —junto con otros efectos ya

señalados del desarrollo capitalista en el Perú— ha motivado que tal

dicotomía tenga su encuentro en la misma capital del país, manifestándose

todavía con nitidez en el aspecto cultural». Los viejos y nuevos ideólogos de

la República Criolla aún no están enterados que ningún otro país tiene, como

el Perú, tantas diferentes etnias coexistiendo desde hace varios siglos.

Tampoco se han preguntado, cómo hacer para que estos ayllus y etnias

puedan entenderse y coexistir plenamente, apreciarse, respetarse y

organizarse en un mundo mejor.

 

El hecho de que el proceso histórico seguido por el Perú haya frenado la

formación de espacios de comunicación entre las diferentes tradiciones

culturales existentes en el país es algo muy funcional para mantener las

diferencias entre sectores sociales, entre espacios territoriales y entre grupos

poblacionales. En otras palabras, la vigencia de los criterios valorativos que

emanan de la incomunicación hace mucho más difícil que el pobre o el

marginal dejen de serlo. Entonces, reproducir las diferencias da como9

resultado que el privilegiado con el statu quo obtenga ciertas garantías para

que la situación no cambie, para que las restricciones impuestas en la

conformación de la comunidad nacional continúen activas por convenir a los

poderes dominantes.

 

Existen otras aristas referidas a lo mismo. En efecto, nos reconocemos como

multiculturales, pero no hemos precisado a qué culturas nos estamos

refiriendo. En el Perú se afirma genéricamente que somos multiculturales,

pero son pocos los que afirman pertenecer a una cultura determinada. Algo

que puede ilustrar esta situación es el hecho de que no hay un movimiento

indígena, porque el eufemismo generalizado para controlar el país es asociar

lo marginal a «indio» y «campesino» y últimamente a «serrano»; y así hemos

venido transitando por el uso de categorías que nos han hecho olvidar lo

sustancial, porque, en todas ellas, no se ha tomado en cuenta la impronta

cultural que está contenida.

 

Hay pues una gran batalla cultural en el Perú, es la batalla de las naciones

por resistir los ataques de quienes se apropiaron los recursos más preciados

de los Altos Andes, es la guerra del capitalismo salvaje que (no es nada

liberal, sino todo lo contrario, salvajemente proteccionista) se enriquece

destruyendo irremediablemente el medio ambiente y sumiendo en el hambre a los hombres y mujeres mestizos así como a las naciones históricas que preceden incluso a la conformación del Perú como República. Esta es la

verdadera batalla cultural, y no los dislates y los esfuerzos de los

conservadores (hoy «liberales»), que quieren imponer sus ritos religiosos y

económicos a todo el país.

 

Cuál es la explicación para mantener esa visión conservadora, auto-

nominada hoy «liberal». Según Guillermo Nugent «La explicación debe

encontrarse en las ventajas políticas que se derivan de ignorar simplemente

la existencia de la población indígena quechua, aymara o amazónica. ¿Cuáles

serían esas ventajas? Evitar legislar, es decir, introducir criterios universales

en el espacio estatal y dejar cada región al arbitrio de los poderes locales».

Dicho de otro modo: «Diera la impresión de que en los inicios de la

República no se habría visto la necesidad práctica de constituir un Estado-

Nación… Ignorar la presencia indígena o, lo que es igual, constituir el Estado

como ‘criollo’, por un lado, significaba continuar con una representación

ficticia del mundo social peruano».

 

¿Se repite la historia?

 

Muchos recordamos que Alberto Fujimori fue sentenciado por delitos de lesa

humanidad durante su “mandato”, recordamos que fue “reelegido” en forma

fraudulenta y tuvo que renunciar por fax desde el Japón, pero olvidamos que

antes de su fuga hubo una movilización masiva que terminó con el asesinato

de muchos compatriotas en las inmediaciones de la Plaza San Martín donde

quedaba la sede principal del Banco de la Nación. Hoy se anuncia fraude,

frente a lo cual se ha convocado o auto convocado una movilización cívica

frente a las oficinas del Jurado Nacional de Elecciones, exactamente en el

parque que nos recuerda la matanza del Banco de la Nación. Ojalá no se

repita la historia.

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