Siempre seré águila de James Oscco Anamaría. Manuel Cuipa Chancahuaña

Como parte de su ciclo de Lecturas Apurimeñas Manuel Cuipa comparte su lectura de la obra narrativa del recordado poeta y narrador Jamse Oscco. Anamaría   Nótese que los conflictos reales en los andes hacen que que si bien la resolución del la trama esta en el plano mítico (siempre sere águila) no se deja de poner en cuestión la actual fetichizacion del Allin kawsay. Resena tomada de Apuntes Criticos que vale la pena visitar y estudiar 



Siempre seré águila. James Oscco Anamaría. Abancay: Center Graphic Editores, 2004, 72 pp.

 

✍️por Manuel Cuipa 

 

El presente título reúne tres relatos: “Siempre seré águila”, “Mamacha del Carmen” y “Wakcha gaviota”. Conforman una trilogía de narrativa andina ambientada en los Andes peruanos, en el contexto de la guerra interna, las desapariciones forzadas, el gamonalismo decadente y la corrupción en comunidades campesinas. Escrita con matices de castellano quechuizado [1] y términos quechuas, aborda la naturaleza, el paisaje rural, el amor, la lealtad y la traición. El racismo, clasismo y la corrupción dentro de las comunidades indígenas, también la lucha por una sociedad más justa, la identidad cultural de los pueblos y entre otras temáticas.

James Oscco Anamaría (Calcauso, 1970-Abancay, 2005) fue maestro universitario, escritor, poeta y político apurimeño, nacido en la comunidad campesina de Calcauso (Antabamba-Apurímac), cuna también del ilustre Juan Espinosa Medrano, “El Lunarejo”. En abril de 2025, una resolución ejecutiva del Gobierno Regional de Apurímac lo reconoce como personaje ilustre de la región por su trayectoria académica y cultural.

Su trágica muerte, ocurrida en octubre de 2005, conmocionó el ambiente universitario y político de la región, así como el mundo cultural y literario del país. En junio de 2006, la Revista Peruana de Literatura [2] le dedicó un homenaje póstumo; en julio del mismo año, el escritor y crítico literario Gustavo Faverón Patriau formuló la pregunta «¿Qué pasó con James Oscco?» [3]. La justicia del Estado peruano aún no ha respondido del todo.

Esta trilogía completa fue publicado en vida por el autor y prologado por el escritor Ricardo Virhuez. Esta reseña en concreto se centrará, de manera pormenorizada, en el primer texto: “Siempre seré águila”, pero en las próximas publicaciones analizaremos  los relatos “Mamacha del Carmen” y “Wakcha gaviota”, respectivamente. 

 

1. Retorno y memoria

Abel, el protagonista, vuelve a su pueblo después de muchos años. Al llegar, recuerda el canto de sus waylias, mayuras y waka-wayñus (músicas típicas de la provincia de Antabamba, Apurímac). La reminiscencia le embargaba entre llanto y tristeza: porque ya no había familiares, amigos ni pueblo; todo desapareció a causa del conflicto de la guerra interna. Junto a él está Dalia, su amada, quien le pide contarle qué pasó cuando tenía 14 años y por qué emigró de su pueblo. 

Abel responde que, cuando los militares de la Base Contrasubversiva La Quebrada enlutaron su pueblo, él escapó para sobrevivir y se enroló en un partido político. Ahora vuelve con Dalia, pero teme ser perseguido, señalado o acusado. No encuentra familia, comuneros ni pueblo: solo una fosa común con malezas y retamales. Su memoria se resume en una frase que aún se escucha en pueblos golpeados por la violencia: “Ya no hay tayta, ya no hay mama, ya no hay pueblo”.

Abel cuenta que su comunidad colindaba con Cotahuasi (Arequipa) y Parinacochas (Ayacucho). Allí desde que tuvo uso de razón conoció la granja comunal: una organización ganadera con 1.800 alpacas, 200 llamas y 120 vacunos. Creció comiendo queso y charqui de la granja, como todos los niños. Recuerda que, cuando eran dirigentes Pascual Gutiérrez Paniura, Marcos González Lupa, Sergio Paniura Guerrero y Ambrosio Chancahuaña, la granja se reorganizó y mejoró en beneficio de toda la comunidad.

 

2. Corrupción comunal

La gestión eficiente y transparente duró poco, porque llegó una directiva opuesta al bienestar colectiva: una administración venal y corrupta. Es decir, asumió como presidente don Roberto Contreras Palma, un acriollado tinterillo y charlatán, un “maula” de verbo florido. Con cariño, tragos y favores ganó la empatía de comuneros inocentes. Se jactaba de conocer políticos, periodistas y militares, y amenazaba: “Aquel que se mete conmigo se jode”. Ya en el poder, sin fiscalización ni rendición de cuentas, se emborrachaba con los recursos de la granja. A quien reclamaba lo denunciaba como terrorista, y las autoridades y policías le creían. Nadie se atrevía con él, ni los periodistas, pues compraba a la prensa, como un “Montesinos en la comunidad”, o la encarcelaba acusándola de subversivo. Así actuaba este gánster del pueblo.

El hecho más inaudito ocurrió cuando el presidente de la comunidad, influido por amigos y compadres mafiosos, presidió la Comisión de Venta de Lana de Alpacas. Contreras tenía doble cargo —presidente comunal y de la comisión—, pese a que estaba prohibido por el Estatuto de la comunidad. En una asamblea dirigida por este “Montesinos en miniatura”, todos firmaron el acta y autorizaron vender 60 quintales de lana (6.000 kg) y 18 toros de cinco años en Arequipa. El objetivo era comprar un ómnibus comunal. La gente ya se imaginaba en viajar a “Lima llaqta”, a ver el mar y a las "gringas q'alasikis". A la comisión se sumaron Mario Cuchillo, compadre de Contreras, y todos formaban ya una  cuadrilla (grupo) de comuneros.

En el trayecto, en Cotahuasi (La Unión), Contreras ordenó que los demás regresaran junto con sus machos cargueros para ahorrar gastos y sacrificios; solo viajaría con el señor Cuchillo y se llevarían toda lana de alpaca y los toros solo en camiones. El presidente comunal también les regaló como consuelo a los retornantes una arroba de caña (aguardiente). 

Una semana después, regresaron con malas noticias, aunque con sombreros y botas nuevas arequipeñas. Contreras además montado en un fino caballo de paso. La fatídica noticia según ellos: habían sido asaltados y que les habían robado todo el dinero de las ventas. Los comuneros lo creyeron, lamentaban sus pésames con chichas y tragos, otros rezaban a los apus o a la virgen del pueblo para que los rateros devuelvan la plata del pueblo. Mientras tanto, los compadres se reían por dentro.

Abel, entonces un joven de 14 años, fue el único que no les creyó. Gritó en la asamblea: “¡Es engaño, es mentira! ¡Ladrón y asaltante es el mismo presidente y su compadre, carajo!”. Solo lo creyeron su primo Zósimo Gutiérrez y su madre. La gente, atontada por el discurso de los delincuentes, reprochaba a Abel. Los compinches de Contreras y Cuchillo justificaban: “No importa, aunque sea ladrón, él hace algo y todavía nos invita un traguito”. En dos meses, la comunidad entera se olvidaba todo. Vencía y reinaba así la impunidad en el pueblo.

 

3. La rebeldía juvenil de Abel y Zósimo

Roberto Contreras sabía de los comentarios de Abel y tramó hacer fracasar la pequeña tienda de su madre. En esa precariedad, visitó al joven con saludo hipócrita y filosofía lumpen: “Abelcito, no seas cojudo, si quieres progresar”, “por eso mismo he pendejeado y cojudeado a la comunidad, y el huevón que se mete conmigo se jode. Así que cuidadito, Abelito”. Pero Abel, adolescente audaz, registró sus confesiones en una grabadora de cinta y llevó las pruebas al comunero más reclamón y correcto, don Valentín Huamán. Este lo felicitó a Abel: “Eso sí es lunarejo, macho de ciencia y memoria”. 

Huamán convocó una asamblea de emergencia e hizo oír la grabación a todos. Aun así, el pueblo no le creyó; Contreras, con apoyo del pueblo tolerante, mandó a la cárcel a Huamán acusándolo de subversivo. El comisario era su collera. No hubo justicia sino premio para los bandoleros y castigo para los honestos. Esto quiere decir, cuando el tejido social de una comunidad se corroe, allí tienen más peso los Roberto Contreras corruptos que los Valentín Huamán dignos.

Abel no se rindió. Con su primo Zósimo Gutiérrez planeó la caída del presidente ratero (Roberto Contreras) y hacer justicia con sus propios medios. Hablaron con los apus y con el río Anaro para que arrasara sus haciendas; tramaron una revuelta de las pulgas para que no durmiera las noches; instaron a sus cuyes y gallinas a fugarse. Poco a poco, la pobreza invadió la casa de Contreras y la de sus cómplices, como maldición de la Pachamama y de los hombres justos. Al verlo desgraciado, recién los comuneros se convencieron: “De verdad Roberto Contreras había robado, por eso lo está castigando papá Dios”. El río Anaro arrasado su hacienda, pero este denunció ser víctima de la naturaleza y acusó al pueblo ante un congresista amigo: “Los terroristas desviaron el río para destruir la chacrita de un presidente comunal; es un damnificado más de las huestes subversivas”, sostenía el parlamentario vendido. Con esa excusa, expropiaron terrenos comunales para dárselos a Roberto Contreras. La corrupción cuando entra al núcleo social no se puede derrotar fácil porque tiene redes y más de siete vidas. Finalmente nombraron presidente vitalicio a Contreras. Ya no había resistencia sino sumisión del pueblo y cada vez perdían más sus tierras. Los comuneros se peleaban entre ellos por las tierras de “layme”, cuando lo justo era pelear, a lado de Abel, Valentín Huamán y Zósimo Gutiérrez, contra los supay-suwas de los Roberto Contreras, los Mario Cuchillo y similares.

Todos en el departamento conocían y tenían miedo a este poderoso latifundista y mafioso; Abel y Zósimo, en cambio, no lo temían. Un día, indignados, cortaron por completo la cola del caballo de paso del presidente. El trotón se parecía una “yegüita acriollada”, tanto que los potros acholados de la comunidad se confundían. Abelcha y Sosicha fueron denunciados ante el director del colegio, amigo de tragos de Contreras, pero nunca se delataron, nunca se traicionaron. Del suceso solo sabía un profesor respetable para ellos, Gabriel Guerrero; uno de esos pocos maestros que inspiran a sus alumnos el aura de la justicia como tarea de toda la vida. Así termina la historia: un acto heroico de lucha constante de una minoría de la juventud y otros íntegros por la justicia y la verdad, contra el abuso de adultos corruptos en la comunidad.

 

4. Amores y batallas de dignidad

Dalia escuchaba así, atenta el testimonio de Abel, el recuerdo a sus 14 años. Le dio besos y abrazos, y juraron seguir su amor y su ruta justiciera. “Eres genial, mi hermoso cernícalo”, le dijo. Abel finalizaba contando que Contreras igual lo denunció, difamó y acusó de subversivo; por eso se había fugado como un sobreviviente y andaba perseguido. Al volver, no encontraba su pueblo, sus amigos ni familiares. Tampoco hallaban paz, verdad ni seguridad. En ese momento, de pronto, sobre ellos aparecen nuevamente las balas y las bombas. Los dos amantes de la vida, la justicia y la verdad, también mueren. Sin embargo, dicen que, por gracia de los apus, Abelcha se convirtió en un rebelde cernícalo y Daliacha en una hermosa torcaza.

El cernícalo y el águila ahora luchan como si pelearan de verdad en todos los valles de Apurímac; pero dicen que solo es entrenamiento para nuevos tiempos. También dicen que la torcaza está empollando pichones con sangre de cernícalo y águila. Quizá habrá un Inkarri de James o un Pachakutiq de las aves nativas contra los buitres de la injusticia. En la máxima de Abel (o del autor) reza inmortal: “Siempre seré águila, tomaré la delantera de mis hermanos, para que se atrevan a asaltar las estrellas del cielo; seré el riachuelo de nuevas correntadas, y me desbordaré para limpiar las pupilas de mi pueblo”.

 

5. Reflexión, inquietud y análisis de parte  

La narrativa de James Oscco Anamaría no es pesimista, sino desgarradora; no claudica, sino que muestra la ignominia de la injusticia para no tolerarla. Es también a contracorriente implícito de quienes romantizan las comunidades campesinas como centros del allin kawsay, con cierto halo indigenista y esencialista que no se ajusta del todo a la realidad. Porque a las comunidades oriundas también llegó, hace tiempo, la lacra de la corrupción. También las secuelas de la guerra sucia afectaron a muchos inocentes. Sin embargo, en medio de ese caos y de esa falta de horizontes claros, Oscco Anamaría, con su narrativa plantea fortalecer el espíritu comunitario y colectivo, y las “buenas” raíces culturales de los pueblos (porque a las malas hay que podarlas, “cortarlas de raíz”). La obra “Siempre seré águila” es también una metáfora de la lucha contra la corrupción, una batalla que se arraiga y prende con más fuerza en la juventud —Abel, Dalia, Zósimo— frente a los adultos que, por compadrazgo o pusilanimidad, normalizaron convivir en ese ambiente degenerado.

Esto nos lleva a recordar un dicho de las personas mayores de las comunidades campesinas: “Cuando éramos analfabetos o solo quechuahablantes, no había tanta corrupción como ahora en nuestros pueblos; pero ahora que hay más gente leída, aparecen tinterillos o incluso profesionales corruptos”. No se trata aquí de desmerecer los estudios ni de criticar a los profesionales ilustres, pero sí de insistir en que la educación amoral y el conocimiento sin ética no sirven. Por ejemplo, ¿cuántos presidentes de la República, congresistas y ministros de Estado tienen sus cartones, doctorados y estudios en el extranjero, y en su mayoría resultaron delincuentes de cuello y corbata: Montesinos, Fujimori, Toledo o Alan García? Recordemos que no eran campesinos pueblerinos ni analfabetos, sino una especie de Roberto Contreras más refinado.  Y en la actualidad, ¿cuántos alcaldes distritales son los nuevos Roberto Contreras? ¿Cuántos presidentes comunales se metamorfosean en Roberto Contreras o Mario Cuchillo?

El entramado de la vida peruana está afectado por estas patologías sociales, ya sea en las sociedades rurales o urbanas. La corrupción y violencia que son más evidentes en esta narrativa, “Siempre seré águila”, pero tienen alcance nacional y local: corrupción desde el presidente comunal hasta el presidente de la República. Es lo que el filósofo Augusto Salazar Bondy llamó como la “cultura de la dominación” [4]. Esa enajenación o alienación estructural (material) y moral (espiritual) afecta tanto a los dominantes como a los dominados, incluida la cultura andina relegada (dominada por la hegemonía occidental, citadina y criolla). Por eso, no hay que renegar de los aportes de la comunidad “ancestral” y campesina, pero sí sospechar de sus mitos y eslóganes mistificadores. Algo de esa percepción indirecta, crítica y creativa se encuentra en las lecturas de James Oscco Anamaría, sin renunciar a las utopías andinas para la transformación social dentro de la modernidad. Porque la lucha por la Verdad y la Justicia de Abel, Dalia y Zósimo tiene el mismo valor universal, tanto para los quechuas nativos de Apurímac o Huancavelica como para los ingleses y alemanes de Occidente.  Este es el asunto de fondo más importante y vigente del texto.

 

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Notas:
[1] Sobre el castellano quechuizado y la narrativa andina: ver Antonio Cornejo Polar, Escribir en el aire (1994); Martín Lienhard, La voz y su huella (1991).
[2] Revista Peruana de Literatura, n.º 5 (10 de junio de 2006). Número especial: «Literatura apurimeña. Belleza y rebeldía en homenaje a James Oscco Anamaría». 
[3] Faverón Patriau, Gustavo. En Puente Aéreo. «¿Qué pasó con James Oscco?» (30-07-2006). Autor de Toda la sangre. Antología de cuentos peruanos sobre la violencia política (2006), Rebeldes(2008), El anticuario (2010) y Vivir abajo (2018).
[4] Augusto Salazar Bondy, «La cultura de la dominación», en Perú problema (Francisco Moncloa, 1968); y Entre Escila y Caribdis. Reflexiones sobre la vida peruana, 4.ª ed. (Grupo Heraldos Editores, 2025). 


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