lunes, 11 de octubre de 2010

Calle Grande grand street 5 / Fredy Roncalla



Texto y foto por Fredy Roncalla

Tal vez en algún rincón blog, de esos que abundan por ahí, haya algo sobre Lezama Lima y Thomas Pynchon. Para mi la cosa es simple. Me perdí en ambas enredaderas geniales. Bajando por una hoja de palmera de Paradiso y entre los escombros dejados por la lluvia de bombas en Gravity’s Rainbow. Debí preguntar a Santa, que estuvo en Londres y Francia como fotógrafo del ejército, pero él sólo repetía anécdotas sin proyectil alguno. El sánguche de pavo y horseradich que me ha traído en la mañana tomando su bus desde la calle once tiene larga data. Lo había visto en tiempos del Flea de Broadway y Tower Records, donde empezaron muchos, mis vecinitas de frente, que terminaron colocando Laila Rowe’s en todo el país, las camisetas Spoo, la platería gótica de René, e incluso una joven adicta a la heroína que dejó a su japonés por Paradise, un traquetero de Trinidad, y terminó en una larga crónica del New York Times como la hooker mejor vestida de la ciudad. Ahí le traía cristales y cuentas a la muchacha de lado. Todo un Papa Noel, con su camiseta, pelo y barba blanca y su ropa roja. El Santa más Santa. Pero fue Rubén, que hasta ahora no ha dejado fumar sus baretos, y es tan pacifista que no iza ni una bandera blanca, el que consiguió una tienda para compartir y llamó a unos cuantos a Saint Mark Place, capital punk. Pre-posmodernos, mucho antes que aulas y libros académicos le dieran al bombo multicultural hasta el cansancio, los mercados ya reunían su variedad. Junto a Rubén y esposa, hippies de toda a vida, andábamos una rubia de aretones de alambre y flores, la inglesa de los sombreros, una vieja brasilera mayorista de rhine stones, el vende ropa israelita, infaltable, un par de africanos, del que Shamakí se parecía a San Martín de Porras, pero tenia un genio del diablo, y este cholo, que con sólo abrir la puerta e ir a Astor Place, consiguió músicos para hacer un grand opening con bombos y zampoñas. Todos compraban de Santa, que se aparecía a diario con cuentas y aretes hindúes antiguos que vendía con infaltable sonrisa. Había salido en infinidad de afiches y una postal donde el Santa está trotando al borde de un lago, y voltea hacia una joven desnuda con cubre todo abierto hacia él. Es el que mira la gente del barrio desde un techo del mural del antiguo Veselka, entre los que estaban un mulato de sombrero charro con un chorro de adornos de plata, y el Allen Ginsberg, su vecino de la calle diez. No sé si había conocido al vate, pero tiempo después, cuando cenábamos de la Pequeña Polonia o andábamos por ahí, contó que le había corregido unos errores a E. E. Cummings, que vivía al frente suyo, en el West Village. O era al Ferlinghetti? Gustaba reír al repetir sus historias con frescura, mientras sacaba un par de aretes del bolsillo y se lo regalaba a la mesera o encontraba un caramelo para los niños. Su pasión eran las cuentas. Lentejillas, ágatas y filigrana hindú, cristales japoneses y savarosky, plateados checos y austriacos que había comprado a precio de huevo y vendía a los traqueteros del East Village. Ya después, luego de la época dorada de los aretes peruanos, le entró por las cuentas de cerámica de Pisac, que le traía de vuelta yendo hasta el mero Valle Sagrado o en el laberinto de Polvos Azules. Le decía que el laborioso proceso de pintar llamitas, vestigios de awasqa y diseños utopoincaicos de las cuentas de Pisaq, nunca fue bien pagado, y que cansaba la saturación churrigueresca de los detalles. Pero nada, “a mi me gustan”, Santa las usaba para hacer sus aretes. Sencillos diseños celebrados con el placer por los pequeños detalles con que transitó la guerra a puro clic, la época beatnick, hippie, postmoderna y multicultural. Corazón grande de viejo ateo judío. Abuelo honorario. Viejo number one. La última vez que le traje un puñado de cuentas ya vivía en Virginia. La diabetes y un par de derrames habían hecho efecto y un día el Santa se internó en Bellevue, hospital de locos, donde se enamoró de una enfermera. Pero era mejor que viviera más abajo de la línea Maxon Dixon al cuidado de su hija, quien le sacó el mismo corazón abierto. Además, ya el Pynchon había escrito un último ladrillo sobre la afamada línea. Ahí lo visitamos el gordo Stan, Stacy, una china irlandesa del NYPD, y yo: su familia adoptiva. Valía manejar cinco horas pasando Washington para invitarle los mismos huevos revueltos en IHOP y pasear por las tiendas de un dólar donde siempre encontrábamos algo con que hacer la próxima línea exitosa de joyería. Algún heraldo de Vallejo declaró que hay un momento que a las madres les parece que sus hijos están poniéndose viejos, pero enfrentados al prosaico deterioro de los mayores los exilados globales nunca sabemos cuando será el último abrazo y retorno a las moradas baldías desde donde ya planeamos el próximo viaje apenas llegados. Son tantas las utopías del retorno. Y pensar que cuando uno iba a Chalhuanca pasando Trigo Orqo, sabía que por ahí empezaba la vuelta a Huaraqo. Lo final es cuando el péndulo se queda en un sólo lado y no sabemos qué culebra se cruzó en el camino. Cuando Santa sabía que llegaríamos miraba ansiosamente la ventana y después sólo podía estar despierto una media hora. No importa, era bueno acompañar al abuelo como me hubiese gustado hacerlo con tíos, con mi padre, que se fue donde el silbido del ichu hace la soledad más penetrante, y con Juan, poeta mayor, que andando por el otro lado del lenguaje se nos iba desde hace tiempo y se nos va a cada rato. Un febrero de carnaval de aguas sucias en Lima supe que Santa dejó este mundo. Su hija guardó sus cenizas hasta mayo cuando lo enterramos en Arlington, con honores militares para un buen hombre, cuyo epitafio oficial dice: “fotógrafo comercial y modelo de Santa”. Yo habría dicho, en tiempos convulsos, de loca sintaxis globobarroca, tuvo la valentía de ser retratado por una frase diáfana: “vivió con los ojos abiertos y fue feliz”. Que los Apus y sus doñas le reciban sus aretes de cuentas de Pisaq.

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