viernes, 19 de junio de 2009

Sobre la otredad misma

Un viejo articulo sobre el problema de la otredad, trascendido por los sucesos actuales, por el valor del pueblo y la dirigencia amazónica, y por el reconocimiento nacional y global del poblador amazónico como "hermano". Cuando lo otro deja la alteridad absoluta para converirse en lo mismo: la diversas caras y culturas del projimo (incluso de las atavicas articulaciones residuales de las cuales el discurso presidencial son un ejemplo). Aqui la realidad, mas dinámica que los conceptos supera a la teoría, que debe ser siempre un lugar de transito y no de apego infantil. Esperemos que supere también la terca, huachafa y violenta fijacion hegemónica al racismo y al temor ontologico de verse en el espejo.

Este articulo acompana el mas actual aporte de Nila Vigil acerca de la construccion del significado negativo de los otros que se ha publicado antesito que este.

SOBRE LA OTREDAD MISMA

En su reciente paso por Nueva York, Tarcila Rivera, quien tiene a cargo la dirección de Chirapaq, ha pedido una pequeña nota sobre el tema de la otredad, cuya vigencia parece alcanzar las más diversas márgenes. No es casual que el tema de la otredad, o la alteridad, sea uno cuya ardua discusión en los centros académicos eurocéntricos se lleve a cabo principalmente por intelectuales africanos, árabes, sefarditas, hindúes, vietnamitas, indios americanos y “latinoamericanos” pero, impulsados por los cuestionamientos “radicales” de pensadores occidentales afines al deconstruccionismo. Ello revela no sólo la ambigüedad creativa del intelectual postcolonial frente a las antiguas fronteras entre las metrópolis y las márgenes, sino también que la otredad es parte esencial de la definición de los centros culturales. Pero para no empalagarnos en reflexiones esotéricas, debemos decir que, según como lo entienden los intelectuales postcoloniales, la otredad, u otrificación, es la base por la cual occidente se define como fuente, motor y culminación del proceso de civilización, en oposición a todas las demás culturas, especialmente las “marginales”, como la indias y negras, que estarían más cerca al atraso y el “salvajismo”. Esta distinción básica es la que sustenta filosófica e ideológicamente una serie de atropellos e injusticias, en contra de todos aquellos pueblos que no estén a tono con las bondades teleológicas de la razón y el progreso occidentales, con su sentido de la historia. Se trata entonces, de muchas formas de discriminación y dominación que van acompañadas de una serie de discursos hegemónicos cuya elucidación sería muy larga para esta nota. Ahora bien, la tarea de los intelectuales postcolonizantes, ha sido analizar y cuestionar principalmente los fundamentos filosóficos y epistemológicos de la hegemonía occidental, de tal manera que el eurocentrismo, como retórica de dominación pueda, en última instancia, ser superado . Uno de los más interesantes cuestionamientos viene de Martin Bernal, quien en su libro Black Athena , trastoca la idea de que la cultura occidental tenga su origen en los Griegos. Según él, el llamado pensamiento griego no hubiese podido existir sin los aportes decisivos de las culturas africanas y el llamado mediano oriente. Su libro deja también entrever la posibilidad de que el Cristo Blanco del eurocentrismo haya en realidad sido un Cristo Negro, como en efecto lo es para los devotos del Señor de Los Milagros. Los aportes liberadores del pensamiento postcolonizante son necesarios, pero ello no debe dejar de lado el hecho de que las hegemonías y dominaciones reales sigan existiendo. Esto nos lleva a subrayar tres problemas básicos en esta dinámica intelectual. 1) El hecho que el grueso de la discusión sea llevado en los centros académicos eurocéntricos y que los intelectuales postcolonizantes hayan tomado muy poco de sus propias fuentes culturales ya sea escritas u orales ; 2) que la complacencia conceptual, y ciertas dosis de elitismo de los intelectuales no les permita una integración más dinámica con los procesos sociales; 3) y que el llamado pueblo no asuma la responsabilidad de su propia descolonización al suponer el discurso de los intelectuales como uno demasiado “alto” u “abstracto”, que tiene que ser relegado en favor de las retóricas coloniales y de dominación ya conocidas. En cuanto al Perú, creo que una de las dinámicas mas eficientes de la retórica de la otrificación, ha sido la de poner a los pueblos indios como representantes del atraso, la ignorancia, y la suciedad, para definir una cultura nacional que no pasa de ser una tenue periferia de los centros occidentales. Se trata de una propuesta de identidad nacional mal planteada, con un centro gris en una ciudad sin cielo, Lima, que vive al margen de los más vitales aportes indios, mestizos y de otras minorías de los pueblos selváticos, andinos y costeños. Ya en el plano de la geografía del intelecto esto lleva a cosas tan tristes como la de los antropólogos y sociólogos que, cuando se refieren a los pueblos andinos o selváticos, lo hacen como si estos estuvieran al otro lado del planeta, o como si sus habitantes fueran meros objetos o mercancías en el mercado de las ideas, los doctorados y las becas. Pero la consecuencia más grave del proceso de otrificación ha sido nuestra no aceptación del lado indio del mestizaje. Nos es un trauma. Y nos odiamos por eso. Y odiamos al que nos recuerda nuestra condición. De ahí las violencias y su ineficacia cuando no quieren calar más hondo, por temor a los propios abismos. De ahí los racismos y los resentimientos, los mundos divididos y bivalentes de Washington Delgado y Sebastián Salazar Bondy, de los toros y los cóndores, de todos nosotros. Si en los centros culturales de la metrópoli la tarea de trascender y cuestionar la retórica del otro es de algunos intelectuales, en casos como los nuestros trasciende la torpe e inútil división del trabajo entre el intelectual y el pueblo. No sólo nos conviene saber de la crítica de los fundamentos del eurocentrismo, sino también saber, a nivel concreto, cómo trascender la violenta contradicción de la otrificación dentro y alrededor nuestro. Nos queda acaso asumir sin tapujos frente a nosotros mismos y frente a occidente la igualdad en la diferencia, haciendo de esta un elemento creativo. Ello supone un nivel de claridad del que sólo tenemos atisbos, pero la labor es necesaria. Sólo después de eso podremos entender que, después de todo, la alteridad es una manera de marcar la identidad y que, como ya lo sabíamos de la tradición andina y su dualismo, la coexistencia de contrarios -armónica a veces, y otras no- constituye un principio vital básico. No esta demás recordar que Tarcila tiene razón al decir que para nosotros, los andinos, occidente es el otro. Como dice la canción:

Kay lado chimpa
waq lado chimpa
manzana wertaschallay,
piraq mayraq pallasunki
manaraq kallachkaptiy
manaraq kallachkaptiy


Harlem, 27 de setiembre de 1994

Tomado de Escritos Mitimaes

1) Hay un doble peligro en esta dinámica. El primero es el de creer que los cuestionamientos filosóficos y críticos pueden de por si generar los cambios sociales necesarios. El segundo es el de pensar que es suficiente un activismo concretista, que la mayor de las veces está destinado sólo a jugar el rol que le asigna el teatro ideológico del sistema.

2) Black Athena; The Afroasiatic Roots of Classical Civilization. Martin Bernal. Rutgers University Press, 1987

3) Falta, por ejemplo, una consideración del mito, el rito, y el acervo oral popular, como modelos cognitivos alternos que permitirían salir de la infinidad de chinganas a los que suele meterse la critica eurocéntrica.