viernes, 25 de septiembre de 2009

Dizzy, Cage y el silencio / de Escritos MItimaes


DIZZY, CAGE Y EL SILENCIO


Con unos meses de diferencia, el silencio final ha unido a dos maestros de la música: Dizzy Gillepsie y John Cage. De la historia de Dizzy conozco poco. Pero sé que su genio musical está detrás de muchas piezas que oigo a diario en la radio. La ausencia de los andes se llena fácilmente con la expresión vital de quienes por mucho tiempo han estado exilados de las mas mínima humanidad y sin embargo han podido, a través de una sabia mantención del sentimiento del ritmo, expresar una música plena y apasionante, que siempre se adelanta a darle respuesta a las luchas y pulsaciones de su pueblo. Si algo puede caracterizar al Jazz es el de ser una música de transformaciones. Muchos cambios se deben a Dizzy. Los que más me tocan son su encuentro con la percusión caribeña, y en especial cubana, que da origen al llamado Jazz Latino; y su colaboración con Charlie “Bird” Parker en la cual el Be Bop le da al Jazz una gran amplitud improvisacional. Influye también de una manera positiva a una serie de músicos a los cuales trata con humor, generosidad y continuidad. Un recuento de aquellos contactos sería un capítulo aparte de la historia del Jazz. El par de veces que lo vi en el Village Gate y el Central Park, se veía un anciano lleno de vitalidad y humor, que tocaba con la plenitud de alguien que había llevado la música de las márgenes de la minoría negra al centro de la cultura. Y en el centro de esa cultura ha abierto el espacio para que se manifiesten, como en una gran caja de resonancia, los espacios místicos y rituales del aporte universal africano y de otras culturas. Cosa que sucede con claridad en las márgenes orientales de Juseff Latiff, o en las andinas del Gato Barbieri, para citar sólo unos ejemplos cercanos. El Jazz es no solo la música clásica afroamericana sino también una música universal.
La trayectoria de John Cage es opuesta y complementaria a la de Dizzy: parte del centro de la música occidental y se dirige a las márgenes. Además de ser músico, el hombre era medio coreógrafo y recolector de hongos. Escribía mucho y daba entrevistas. Hay un fuerte trasfondo conceptual en su pensamiento musical y poético, que siempre daban la bienvenida a todo lo que sucediera en el próximo instante. En uno de sus tantos escritos, sostiene que la música clásica de occidente le suena toda igual, y que su trabajo consiste en corregir esa persistente monotonía. Sostiene también que la sintaxis es un mecanismo opresor y que hay desmilitarizar el lenguaje. Por eso será que considera su obra maestra una en que -no recuerdo el título- la orquesta se pasa unos cinco minutos sin hacer un ruido. Dice que le ha tomado cuatros años escribir esta pieza. Sólo la cabal comprensión de qué es lo que significa un silencio verdadero puede liberarnos de la aparente ridiculez de esta aseveración. Si se dirigió al silencio muy a tono con las enseñanzas de los maestros budistas, que tanto atraen a ciertas sensibilidades contemporáneas, no lo hizo con el ascetismo de oriente, pues su trayectoria del centro retórico de occidente a las márgenes experimentales de la música, la poesía y el pensamiento, dejó la huella de innumerables happenings, obras para instrumentos preparados, escrituras no convencionales, conferencias y libros.
Este viejo que al conocerlo cantaba con entusiasmo que la mejor forma de gobierno era la ausencia de gobierno, y que de algún modo te hacía saber que el aferramiento a cualquier tipo de lenguaje es una pérdida de tiempo, tenía mucho en común con Dizzy y muchos otros seres que nos proyectan una gran humanidad. Con el mismo espíritu creativo e irreverente, Dizzy había planeado ser presidente de Estados Unidos, llamarle Blues House a la Casa Blanca, y nombrar a Miles Davis como Director de la CIA. A todos ellos los une un gran espíritu de libertad y su vida trasciende de lejos su ausencia física.
En una muestra del cariño y agradecimiento que los neoyorquinas tienen por su artistas, el día 12 de enero, casi diez mil personas de toda raza, edad y nacionalidad, se dieron cita en la Iglesia Saint John The Divine, como homenaje póstumo a Dizzy. Si la muerte suele producirnos un profundo dolor, ciertas vidas han trasmitido tanto y de una forma tan clara, que su energía permite transformar la ausencia en una profunda tranquilidad. La música, el recuerdo de los amigos, las anécdotas cariñosas, y varias piezas tocadas desde lo más hondo de algunos de los mejores músicos de Jazz, hicieron esta despedida una celebración de la vida.
Supongo que si Dizzy andaba mirando por detrás de una de las nubes del smok neoyorquino, se hubiese sentido contento. Y supongo también que algo así paso con la despedida a John Cage, que también hizo lo suyo para llegar al silencio final con los ojos abiertos.
Pero yo que vengo de un país donde los mil ritos de la muerte producen gritos inconclusos, que se quedan vagando sin descanso en el centro del espíritu, solo sé que siempre me ha interesado la sensualidad conceptual del Jazz, su afluencia. Me han interesado también esas zonas de silencio a las que Cage alude. Zonas que van más alla de los fragmentos entrecortados que a uno le quedan al salir de un concierto o cuando uno va caminando por ahí. Porque el silencio sin la interferencia de los anclajes alienatorios del lenguaje es algo muy difícil. Creemos que hasta nuestros silabeos desafinados son preferibles a la otra margen. Entre ambas zonas siempre me ha brotado una profunda pasión por el Huayno. Para mi, en esas tres formas profundas, como en muchas otras, está entrevista una aprehensión del silencio que sustenta a la música que sustenta el silencio.

Harlem, 13 de Enero de 1993

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