miércoles, 22 de febrero de 2012

HOMENAJE A CESAREO MARTINEZ, Róger Santiváñez



HOMENAJE A CESAREO MARTINEZ

Conocí a Cesáreo Martínez en el Patio de Letras de San Marcos hacia 1975. Yo acababa de llegar de mi Piura natal y me había integrado al grupo que conformaban Luis Alberto Castillo, Mito Tumi y Cromwell Jara. Una de aquellas gloriosas tardes en la banca del Patio sita frente a la Biblioteca, Luis Alberto comentaba un poema denominado Escrito a ciegas (en tácito homenaje a Martín Adán) aparecido el domingo anterior en Variedades, suplemento de La Crónica. Su autor era Cesáreo Martínez. Yo también había leído el texto de Chacho –como él prefería que lo llamaran sus amigos- y ya cuando se acercó Mito Tumi juntos recitamos el primer verso: Y bien muchachos de oro / mañana me quito del país. En ese preciso instante Chacho se acercó a nosotros y –tras celebrar su creación- decidimos irnos al Wony en la calle Belén para tomar un par de chelas por él.
A partir de allí una gran amistad me unió a Cesáreo Martínez. El era –como lo aseguraba Mito- alumno fantasma de Literatura y moraba en la vivienda universitaria. Desde allí partía todos los días hacia cualquier lugar, pero antes, se detenía en el Patio de Letras y allí se encontraba conmigo. Nuestro único tema: la poesía. La gran poesía que él quería hacer. Poesía profunda y metafísica enraízada en la terrible experiencia de la condición humana. Hablaba con unción –por eso- de Juan Ojeda, su excelso maestro y amigo íntimo. Ya para entonces yo conocía su plaquette Migraciones editada por Danilo Sánchez Lihón en su colección Gárgola en 1974. Me habían impresionado sus versos broncos, empozados en el Ser, angustiados por el tiempo y la muerte. Sin duda estábamos ante un poeta de calidad. Y que paseaba su soledad por San Marcos, ajeno al estallido que había provocado Hora Zero unos años antes, pero que todavía se dejaba sentir en el ambiente limeño de la poesía. Pero también apartado de otros grupos, como el de la revista Hipócrita Lector de gran preminencia en esos días febriles.
Cesáreo Martínez era entonces un auténtico marginal. Su única familia parecía hallarse en el difuminado mundo de la poesía. Su único trabajo: componer versos. Fue así como en el otoño de 1976 cuando con Luis AlbertoCastillo y Mito Tumi decidimos lanzar una revista de poesía –denominada Escritura- nuestro primer invitado a publicar fue Chacho, quien gentilmente nos cedió Mediodía Mallarme excelente y oscuro texto que brilló ante nuestros ojos hacia el crepúsculo –hora en que nos reuníamos- en aquella inolvidable banca del Patio de Letras de San Marcos. Infaltable el poeta surgía viniendo desde la Vivienda a través de Electrónica y por un costado del estadio llegaba hasta nuestra banca. Aquel atardecer tenía que cerrarse –obligadamente-con un par de chelas en el Wony. Y así fue.
Pasaron los meses. En 1977 la crisis política que había generado la dictadura fascistoide del general Morales-Bermúdez –tras derrocar al general Velasco y todo su proyecto reformista- se profundizó en tal magnitud que las masas populares organizadas por primera vez –desde 1919- lograron convocar y realizar un Paro Nacional Unitario llevado a cabo el 19 de julio de ese año. Esta gran lección del pueblo peruano asustó a la burguesía y obligó a Morales-Bermudez a convocar una Asamblea Constituyente para julio de 1978 y elecciones generales para 1980. En este contexto de aguda politización y toma de conciencia fue que Cesáreo Martínez compuso su masterpiece o sea las Cinco razones puras (para comprometerse con la huelga) editado por las ediciones Quipu de Hernán Alvarado bajo el emblema Poema Coyuntural No 2. El texto causó un enorme revuelo entre los iniciados de la poesía en Lima. La fama de Chacho se extendió como un reguero de pólvora por universidades, sindicatos, barrios, agrupaciones políticas y el éxito del poema desencadenó toda una ola de poesía poítica o politizada. Yo le hice una entrevista a Chacho –para la revista Marka- y allí definió su nueva poética –a la luz de los clásicos del Marxismo- y para redondear su posición afirmó que el Poema Coyuntural No 1 era España, aparta de mí este cáliz de César Vallejo. Brillante.
Desde un cierto punto de vista podría decirse que Cesáreo Martínez se convirtió en el líder espiritual de aquel movimiento que politizó la poesía peruana, circa 1977-80. Por ejemplo el grupo en el que yo participaba La Sagrada Familia se vio fuertemente conmovido por los hechos político-sociales y su impacto en la nueva poesía, básicamente debido al logro de las Cinco razones de Chacho. Es decir, era posible escribir poesía de calidad con una clara referencia socio-política. No era necesario caer en el panfleto para ello. Esa era la gran enseñanza de Martínez. Y además en nuestra tradición teníamos ese formidable ejemplo llamado César Vallejo. Si se hiciera un rastreo de la influencia de la actitud de Chacho en la poesía de aquellos años encontraríamos textos de gente de La Sagrada Familia como Edgar O’hara, Enrique Sánchez Hernani, Luis Alberto Castillo,Dalmacia Ruiz Rosas. Y de otros sin grupo como Juan Luis Dammert, Cromwell Jara, Oscar Aragón, incluso Mario Montalbetti. O poetas de una generación anterior: Marco Martos, Hildebrando Pérez (actitud renovada para su caso). También es lícito mencionar aquí a Jorge Luis Roncal y Gonzalo Espino del taller justamente bautizado 19 de Julio.
Otro momento importante en la trayectoria de Chacho fue la publicación de su poema Entre el Wamani y la Carretilla (Homenaje a JM Arguedas) en la revista Hueso Húmero a principios de los 80. Este trabajo de fusión mítica entre el universo andino y la cotidianidad urbana de Lima desde el punto de vista de una conciencia (y subconciencia) popular colocó nuevamente a Cesáreo Martínez en un lugar de muy alta expectativa dentro de la poesía peruana de aquel instante. Posteriormente el poeta reunió su poesía en Celebración de Sara Boticelli (poemas de amor) y en El sordo cantar de Lima ya en los años 90.
Con el implacable paso del tiempo y los caminos diversos que va tomando la vida yo dejé de ver a Cesáreo Martínez. Pero siempre que de casualidad nos encontrábamos un aura de simpatía crecía entre nosotros y terminábamos platicando alrededor de una cerveza en cualquier bar. Chacho para mí, siempre significó la entrega total a la poesía y la fe en la utopía del socialismo bullendo en nuestros corazones. La última vez que lo vi fue una noche de noviembre de 1998. Yo me encontraba con el poeta Federico Torres en el Bar Sin Personalidad frente al Queirolo en Quilca. De pronto y sorpresivamente entra Cesáreo Martínez y se dirige de frente hacia mi.
-He venido sólo para encontrarme contigo –me dijo.
Inmediatamente nos trasladamos al Queirolo y empezó una ronda de cuzqueñas que no terminó sino a muy altas horas de la madrugada, cuando entre abrazos me despedí de mi inolvidable Chacho para no volver a verlo nunca más.
Cuando ya me hallaba viviendo en los Estados Unidos súbitamente me llegó la noticia de su pase a la Gloria. Una lenta tristeza me invadió y se me revelaron muchas imágenes del gran poeta. Por ejemplo Chacho en la huelga de hambre en apoyo a la lucha del SUTEP en 1979. O Chacho cantando waynos entre lágrimas cualquier noche en la bohemia del Wony en 1980. Chacho leyendo un poema en algún local politico de la Plaza 2 de Mayo. Chacho lleno de indignación cuando se rompió la Alianza Revolucionaria de Izquierda (ARI) para los comicios de 1980 que constituyera la gran esperanza frustrada de las masas populares en esa coyuntura electoral. Finalmente Chacho riendo a carcajada limpia conmigo por algún absurdo de la vida que nos causara hilaridad. Esas son mis memorias de Cesáreo Martínez. Creo que definitivamente él es el poeta más importante de la segunda mitad de los 70. Sus Cinco razones puras captaron como ningun otro texto eso que Ezra Pound llama el espíritu de la época.. Así es.

[Róger Santiváñez / enero 2012 / Philadelphia, U.S.A.]

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