lunes, 24 de mayo de 2010

Diario de musica / Fredy Roncalla



Diario de Musica I, II y III


Fredy A. Roncalla

I

Desde arriba un chorro de luces amarillentas abre el desierto y una súbita alegría se apodera de los pasajeros del carga cholo. Llego a tiempo de bajar por la parte trasera del avión. Pisar tierra e ir adentrándome en la densa niebla, siguiendo el olor peculiar, mezcla de humedad y basura quemada, con que nos suele recibir la vieja Lima, reina de la parranda, que mañana está de festejo. Dentro de un par de semanas la cosa será distinta. Entonces bajaremos por las nuevas mangas y nos iremos a pasar migración y aduana cono los del norte. Curioso el changarro fetichista de la colonia: lo banal y rutinario de un lado tiene un caché de la pitrimitri en el otro. En el país de las dos mil papas, la chanfainita, la morcilla, el cuy chaqtado, el toqto y el quchi qara, para los pasajeros y familiares la epifanía será subir por la escalera eléctrica y dar con un vil Mac Donalds, de esos que si los comes todos los días te desmadran el hígado. Cosa que no sucede con el camote frito, el choncholí, los tamalitos, la humita, la pollada y la pachamanca. Pero abrirán las nuevas instalaciones con bombos y platillos. Y con cholos disfrazados de incas y selváticos para hacer tono con las líneas nazca de la vitrina arreglada para la mirada del norte. Doble y jerárquico canibalismo. Tal vez lo hubiesen arreglado poniendo en la vitrina un tayta cura de Huamanga, de esos que aun creen que todos deben abrirle paso, un tablista bronceado, un burócrata, un chofer de micro, un policía, un congresista, y una mami de tanga y nalgas ubicuas importada del kilómetro 106, el lugar más triste. Pero es mucho pedir. La noche de los abrazos familiares prosigue su camino por la avenida Tomás Valle, voltea a la derecha por la Panamericana Norte, pasa detrás de palacio donde un enjambre de pirañitas despoja a un pasajero mientras los otros esperan su micro, prosigue por Puente Nuevo, donde uno puede tomar micro a cualquier lugar del mundo, sigue por la Atarjea del agua y el monumento a las víctimas de la Cantuta, y dobla a la izquierda, a Huachipa.


II

Hubo serenata a la ciudad. Cajones y parranda criolla en la plaza de armas. Ya se fue el pastor chanchos del costado de palacio, pero el criollismo prosigue tristemente colgado de la colonia. Somos un país de nostalgia atávica por las tapadas. Y afecto a presentar la música negra con bailarines que visten como en el cañaveral, con la huella del esclavismo borrada de la memoria, como si para hacer música la gente de Chincha necesitara un disfraz. Como si fueran poco Susana Baca, que estuvo grabando en Nueva York, un tal once de septiembre, cuando paró el mundo y los que subieron al carro fueron oportunistas y mercaderes de la muerte. Cajones tocados por cholos que se piensan blancos pretendiendo ser negros. Recuerdo inverso de República Dominicana donde todos son indios, y los negros están en Haití. La veo de lejos. Un cierto estancamiento persigue a los valses desde hace años, pese a Eva Ayllón, la Bartola, Cecilia Barraza, Fabiola de la Cuba, y el multicentenario director de los Quipus, que tiene un ojo maldito para encontrar morenas guapas, jóvenes, que cantan como la inicial gorda Carmen. Ninguna como la mulata Zenaida, que un dia se aparecio en un matrimonio de Zarumilla e hizo suspirar a todos los muchanchos. Casi de costumbre, porque venia de hacerle perder la cabeza al italiano Federico, creador del Topo Gigio, que pregonaba sin rubor que Humberto Eco era un bruto, los Kurdos una maravilla, y que la inalcanzable y cachacienta japonesa del Wony dejaría Nueva York hecho trizas. Pero en mi el criollismo remonta su lejanía con valses antiguos tipo Embajadores Criollos, cuyo Rómulo Varillas es tal vez el Sotil de la música, al igual que Lucha Reyes, queridos, geniales, abandonados.

III

Pero ese es otro rollo. Cavilando sobre Cavilando de Manuelcha he tratado de comprender que es la tradición y que es la modernidad en la música del ande. Qué dicen esas palabras que de tanto repetirse son amuletos del ritual de mirar al fondo del pozo y no ver pasado, presente, futuro, y tampoco la propia imagen complaciente bajo la opresiva presencia del otro fantasmal. Tiempos del imperio de lo banal y la irreverencia. Cuando en otros lugares del Mac World la tradición es caracol solipsista, casi reaccionario, aquí suele tener un fuerte olor a futuro: su rigidez apenas leve elemento. De ahí lo importante de los trabajos de Raúl R. Romero: son varios los tipos de memoria que toman parte en la mediación de la tradición. Su dinámica dialogal nunca lleva a una conclusión única, pero el aquí y ahora de la mediación se inscribe en el tiempo actual y moderno. Hinaspansi, el espejismo de la tradición como pasado. Esta se mueve a ritmos lentos en las formas ligadas al ciclo ritual y vital, y a ritmos más acelerados en las formas libres como el huayno. Intentos de darle nombre propio a la historia del género y también delimitar los elementos de su retórica musical. Buen trabajo de campo. Conceptos que una vez desligados de la etnología y el comentario antropológico, que sitúa a los pobladores del ande como un otro sobre el cual recae el comentario de la intelligentsia, sirven como cimiento para plantear la crítica estética de la música andina en un medio que se expande y renueva, pero aun atrapado en el folklorismo. Una crítica estética de la música del ande requiere de su desfolklorización. No sólo porque la intensa sedimentación colonial del habla liga a términos como “folklórico” y “chicha” a lo huachafo y risible, sino porque lo risible está más bien en la endeble lingüística del punto de enunciación: hacer de lo propio algo lejano es basar la burla en la ignorancia y la mamadera colonial. El escorpión del criollismo. La ética de la viveza y la pendejada que dejó a todos tirando cintura, con la yuca adentro, cuando el pistako japonés se largó del país dejándolos colgados, sin saber que “meter yuca”, viene de “yucay”, el engañar Quechua. Pero también porque, conceptualmente, el folklorismo no es suficiente para dar cuenta del fenómeno estético más importante, dinámico y significativo de fin de siglo y comienzos de milenio: la amplitud nacional y global de la música del ande. Un similar impulso estético une a las manifestaciones más rituales (en donde lo estético se subsume en la totalidad del gesto) y las más “artísticas” (en las formas libres que sin embargo garantizan su llegada al público y su entrada al acervo con elementos que elucidan la ritualidad) de la música del ande, cuya continuidad antecede a la llegada de los sujetos de las carabelas. Y en tiempos actuales, post postmodernos, neohegemónicos, la continuidad temporal de la música del ande se manifiesta en varias subtemporalidades plasmadas en espacios unidos por un cordón acústico que viene de la pentatonía y la repetición de patrones melódicos de recurrencia alternante acompañados en los intermedios por una gran diversidad de puentes rítmicos y arreglos. La temporalidad de la música ligada al ciclo ritual y vital de las comunidades originarias, estudiada muy bien por el Instituto de Etnomusicología Andina y también por los Hermanos Montoya, que, lamentablemente, dejan de lado la lírica bilingüe y en castellano, pero hacen una valiosa clasificación regional y temática. Las diversas temporalidades del huayno tanto en provincias como en la capital. La temporalidad de la cumbia peruana, que da paso a la chicha, que da paso a la tecnocumbia, que da paso al apogeo de arpa y voz femenina. Cada una con sus características y su área de influencia, que recorre la música popular del continente desde México a la Argentina, la de River Plate y Boca Juniors derrotados por el Cienciano, con yapa de Miami y todo. La cumbia Peruana con un diálogo interesante con la jíbara cubana, con la cumbia de Colombia, y con la guitarra del rock. Iniciada, entre otros, por un músico del purito Rimac, Enrique Delgado, cuya única canción cantada por él, es préstamo directo del huayno. Apertura de la música chicha, con la cual se cierran las posibilidades creativas de conjuntos como el Grupo Celeste y otros provenientes de la selva. Coincidente con el inicio de la oficialización de la informalidad, con la guerra, con el oportunismo. Inicio del uso de lo “chicha” como categoría moral y estética perteneciente al mismo saco de lo huachafo y lo folklórico, estética canalizada burda y huachafamente por el aprismo, con el cual se inicia en el Perú el largo descenso del discurso político al horror vacui de la acumulación de significantes vacíos, medias verdades, medias mentiras, efectos de verdad y mentiras flagrantes. Visiones circenses que pululan en el centro del escenario de la puta modernidad a la que tanto se alude. Reducción de un campo semántico muy amplio y variado a la estrechés de la burla, sin saber que hay miles de chichas, desde la norteña, que se toma en poto, la del guiñapo y el fermento de saliva de anciana peqa kiru, la de molle y la de mani, hasta la del Valle Sagrado, que no se toma después de un día, mejor si es a media tarde, al lado del un fogón, con cututos paseándose por los pies, rayos de sol filtrándose por las rendijas, vuelta al origen, con una chola que con un par de movimientos es capaz de darle vuelta al sol, la luna, los luceros, los Apus, la tarukas y las yerbas silvestres. Llegada de la tecnocumbia y su rápido fracaso al oficializarse y cantarle fiestas de cumpleaños a un dictador que bailaba como muñeco de palo. Apertura de la música del arpa. Fenómenos de asistencia masiva, que coinciden en popularidad con los más jóvenes del huayno, que desde los Gaitán Castro jalan multitudes. La temporalidad de los jóvenes y viejos maestros de Manuelcha Prado, los Humala y Daniel Kirwayo a Máximo Damián, Jaime Guardia y Raúl García Zarate. Y en el espacio regional y mundial, con la hermandad de Bolivia, y un poco de Ecuador y Argentina, mas su yapa Chile, la música pan andina, que recorre el planeta postmoderno y neohegemonico con bombos, cajón criollo y zampoñas, pero llegando a un punto de agotamiento a partir del milenio y la globalizacion, que hace a muchos regresar a la fuente, y a los otavalenos tocar los beatles en zampoña hasta el hastío.

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